Resuena en A duras penas, primer disco del granadino Carlos Cano, sello GONG, 1976, una Andalucía que no es la del tópico, que parecía salir del ostracismo, para revelarse con otros tonos, entre el franquismo agonizante, la posibilidad de un tiempo nuevo, el anhelo democrático y el andalucismo renaciente, con la paleta pictórica de Francisco Cortijo y el sobado ejemplar de Andalucía Tercer Mundode Antonio Burgos que además escribía en Triunfo, diez años antes de la postal marítima de las “Habaneras de Cádiz”.
En la revista Ozono, tan emblemática en aquellos años de transición, Carlos Cano tenía su lugar en el número fechado en el mes de marzo de 1976 en cuya portada salía Raimon. José María Esteban Pérez escribía en aquel número un reportaje titulado Andalucía: algo más que flamenco y canción de consumo en el que sobre Carlos Cano se le citaba como la máxima realidad de la canción andaluza.
Todo ello concretiza en un álbum como A duras penas que agrupaba amargura, emigración, un tal Salustiano, fina ironía y dentellada con el cantautor granadino rebelándose y revelándose a través de una copla moderna y ya mestiza, de nuevo cuño, expresiva, honda, flamenca y hasta progresiva, entre Enrique Morente y Led Zeppelin con mucho París cantado y andado.
Tenía entonces Carlos Cano toda la canción por delante, entrando en la treintena, es decir ya con una experiencia vital dentro de su guitarra, y quedaban aún lejos otras habaneras, las neoyorquinas del corazón herido. De los ecos de Manifiesto Canción del Sur, de la Nueva Canción como concepto, catalana o chilena, sale Carlos Cano bebiendo de muchas fuentes distintas. En “Verde, blanca y verde” edifica un himno de andalucismo esperanzado, reviviendo a su modo el espíritu de Blas Infante.
Lo sorprendente de este primer trabajo es la expresividad, la fuerza y la osadía de todo cuanto acontece en él, la manera en la que Carlos Cano ya muestra una voz absolutamente propia, muy distintiva, desde luego única dentro de aquel identitario Manifiesto Canción del Sur del que partía del que también formaba parte Antonio Mata que en A duras penas tiene también su lugar, concretamente en “Aleluya” que parece guiñarle un ojo al Raimon de “Jo vinc d’ un silenci”.
Entre el advenimiento de Triana y de Lole y Manuel, rock andaluz y nuevo flamenco, irrumpe en escena Carlos Cano que es un andaluz hacia dentro, rebosante de ternura, con un deje melancólico y una vibración especial. La primera de sus canciones, “La miseria”, es parte también de este primer disco, que atraviesa la Andalucía del éxodo y del llanto, la de la emigración, las noches al raso, el hambre y el eco sufriente de los jornaleros.
En la portada del disco una composición en primer plano del rostro de Carlos Cano, en blanco y negro, con la boca abierta y los ojos cerrados como si exhalara un grito a la manera de un cantaor flamenco. No tan lejos de El grito de Munch, aunque es un cuadro de otro pintor, Francisco Cortijo, el que ilustraba el disco, una vez se abría, concretamente “Vivan las cadenas”, óleo sobre madera de 1974, alusión a otro grito, esta vez popular, con el que fue recibido en España el regreso de Fernando VII y con él del absolutismo. Del pintor sevillano -me permito este apunte personal, no exactamente digresivo-se conserva en casa de mi madre uno de sus cuadros, “El loco”, comprado por mi padre, que siempre estaba atento a la pintura y solía perderse en anticuarios y exposiciones en busca de algo que pudiera interesarle.
Además de Cortijo, pintor de resistencia y compromiso, Carlos Cano contó para A duras penas con las palabras de otro sevillano, el periodista Antonio Burgos que recibe al granadino, como lo que era, la voz emergente de la nueva sentimentalidad andaluza, un coplero modernísimo, «quitando penas y quitando hambres» cuyas canciones suponían una contribución solidaria a esa lucha colectiva que Andalucía ha emprendido por su liberación. Todo esto se percibe en los poetas reivindicados en “De cómo Antonio Machado resucita y limpia la casa de las sombras”, en donde se daban cita de Pablo Neruda a Federico García Lorca, como si viajásemos de las alturas de Machu Pichu a la vega granadina.
Entre lo que es tradición y lo que es vanguardia Carlos Cano compone un fresco que es a su vez candente e histórico, crónica y desgarro, quejío y atmósfera. Todo ello venía a recorrer otras estampas del disco como “El baile del abejorro”, “Aleluya” o “La hoguera”, en la que denunciaba la situación de ese sur andaluz «con mucho sol y poca luz».
La dirección musical y los arreglos llevaban la firma de Alberto Gambino, nacido en la Córdoba argentina, que formaba pareja artística con Claudina, natural de Santa Fe, también en Argentina. Ambos habían aterrizado en España a mediados de los años setenta y grabaron algunos discos, como el dedicado a George Brassens. A duras penas brillaba en las letras, pero también en las músicas, en un hermoso equilibrio lírico y sonoro con un acompañamiento instrumental que incluía contrabajo y violonchelo, con nombre y apellido, el de Jorge Sarraute y Eduardo Gattinoni.
El disco tensiona entre lo que es la fuente y raíz y lo que es ruptura, entre los ecos del andalucismo sonoro y la influencia de músicas foráneas con ecos del rock progresivo. Todo el magma de los setenta vibra en A duras penas, con ese retrato del emigrado tan rotundo y elocuente que es “Salustiano” o ese otro que configura esa carta, a veces desgarrada, a veces desahogada, que lleva por título “Viva la grasia”, la canción más larga del disco, la que lo culminaba, por otra parte, de título ya muy explicativo, y en donde se funden el Carlos Cano de la ironía más certera con aquel que no puede ocultar la amargura.
Su experiencia en un calabozo se traduce en “Anochece” que cerraba la cara A del disco, lamento con aire de desmedida soleá, en el que suena la voz de su paisano Enrique Morente, que un año después graba un disco clave dentro de esta óptica andalucista, Despegando, con un corte titulado “Defender Andalucía”.
Entre guitarras y percusiones, sin desdeñar lo que una canción debía tener de arreglo, de instrumentación, A duras penas dejaba indudable poso en el oyente con canciones como “Que es lo que pasa” que encaminaban el disco hacia su final.
La España de 1976 es una España de expectativa, pero también de incertidumbre, de tomar la calle, de abrirse paso, pero también cruzada por la rabia de un franquismo que no se iba a extinguir de la noche a la mañana. Hay varios directos emblemáticos como los de Raimon en Madrid o Pi de la Serra y Lluis Llach en Barcelona, este último de enero del 76, de los que quedó testimonio discográfico.
En ese momento histórico Carlos Cano enarbola la bandera blanca y verde de su canción. En la revista Ozono -ya citada- y en Triunfo se le presta la debida atención. Burgos le entrevistaba en Triunfo, en octubre de ese año, y el titular era claro: Carlos Cano o la recuperación de la copla andaluza. A duras penas era el principio de un camino, de una andadura y la posibilidad de una Andalucía distinta que iba a habitar en su voz, lejos del cliché, pero también atenta a su esencia.
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