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La Saeta de Serrat

Puede que La saeta de Serrat sea una precisa y preciosa paradoja empapada de agnosticismo y heterodoxia. Un poema de Antonio Machado, de Campos de Castilla, que valiéndose de la estética indudable de la Semana Santa de Sevilla articula un discurso crítico hacia ella. “¡Oh, la saeta al cantar, al Cristo de los gitanos/ siempre con sangre en las manos/ siempre por desenclavar…”. Machado rechaza cantarle al Jesús del madero, al Cristo barroco muerto en la cruz de todas las primaveras, con corona de espinas y sangre abundantemente derramada. Prefiere, en cambio, cantarle al que anduvo en la mar. No hay aquí, como analizara Antonio Sánchez Barbudo, actitud irreligiosa, sino todo lo contrario. Machado parece tantear a Dios entre la niebla, influido por Unamuno. Y eterniza esa imagen de Jesús sobre las aguas, la misma que Leonard Cohen plasmó en «Suzanne» cuando evoca a Jesús como marinero caminando sobre las aguas.

El poema “La saeta”, mínimo, conciso, relampagueante, da vueltas y más vueltas en Serrat. Lo toma y lo deja. Le persigue. Es el fogonazo que necesita en su disco machadiano que le peleó a la discográfica Zafiro que no le veía rédito. Hasta que “La saeta” se convierte en canción y la música, a partir de los años ochenta, en uno de los himnos de la Semana Santa, corneta y tambor al unísono por las calles de Andalucía y no solo de Andalucía.

“La Saeta” ha quedado como marcha y ya lo que suena, lo que se toca, no es el poema de Machado sino la partitura de Serrat, pasada al resonante estruendo de las cornetas y los tambores, enfilando la suspirante madrugada de Dios en la ciudad. Y ese es el milagro que a Serrat le revela la primavera y ese milagro le estremece como compositor. Esa música que rompe la madrugada y que es suya y puede acompañar al Cachorro trianero, gitano moribundo, según reza la leyenda, exhalando su último suspiro por arte del genio barroco del imaginero Francisco Ruiz Gijón.

La atmósfera original de la saeta serratiana debe mucho a Ricard Miralles, su arreglista, que supo imprimirle los sonidos de la Semana Santa de Jaén, los de su propia memoria familiar y sentimental. A Miralles no le eran, por tanto, nada ajenos, los sonidos de la Semana Santa andaluza y eso se nota en su arreglo.

Serrat ha llevado “La Saeta” con la misma respuesta popular al Teatro Lope de Vega de Sevilla que al Gran Rex de Buenos Aires. La eligió, además, para aquel recital antológico de regreso a Televisión Española del año 1974 con el que se le levantaba el veto televisivo que sufría desde aquella renuncia eurovisiva. Aquello ocurrió en Barcelona, en el escenario del Teatro de la Alianza del Poble Nou. Serrat filmado en un poderoso blanco y negro en la plenitud de sus treinta años recién estrenados. “¡Cantar de la tierra mía/ que echa flores/ al Jesús de la agonía/ y es la fe de mis mayores!”.

La saeta, grabada en un estudio de Milán, tocada por músicos italianos, versionada en los años setenta por una jovencísima Lolita. Compartida por Serrat con el brasileño Raimundo Fagner o con Camarón de la Isla. Poema de Machado que anduvo por mil caminos desde que Serrat lo cantara. Esa Saeta que escucho ahora instrumental de la mano del sevillano Francisco Javier Torres en una espléndida recreación jazzística. Esa Saeta que sufre este Jueves Santo pena de confinamiento. “¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero/ sino al que anduvo en la mar”.

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