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Miscelánea



ZITARROSA

Su voz de sombra que supo del exilio,

de la milonga ausente, del olvido,

su voz sigue traspasando umbrales,

deteniéndose, creciendo, alumbrando

soledades, vibrando como un rayo,

como un seco zarpazo de palabras

que se afilan, que conmueven.

 

En Montevideo se escucha el rumor

de su canto, en la brisa, en el perfume

en la sacudida del invierno, su canto

persigue la vida y se adentra en el mar.

su voz de sombra, su milonga traspasada,

vivificada, su anhelo, su verso, su quiebro,

su adiós que todavía se escucha, que todavía

murmulla, estación de palabras que azuzan,

que riegan la tarde de esencias, de asombros.

 

Pasea su voz por boliches nocturnos, por

muchachas ajadas rodando por pasillos

de hotel con los labios marcados

y un furtivo lamento en los parpados,

su voz cobijada en la muchedumbre

que arriba a los puertos, marginados

que ahogan su fracaso en esquinas

perdidas, melancolía de copas bebidas

en largos naufragios, de muertes

calladas que alargan su mano,

de calles oscuras de roncos faroles

por donde se cruzan los miedos,

las dudas, los rostros vencidos,

el aire indeciso de un tiempo perdido.

 

Su voz de infancias retornadas, de recreos,

de juegos, de adolescencias idas, azules

como el cielo, de amores primerizos,

su voz que es suburbio y es jazmín,

y es caricia aliviando el llanto,

y es copa transida de alcohol y de rabia,

violin del Becho entregando el misterioso

acento de una melodía triste, rota,

que parece deshacerse de pura levedad,,

su voz arrimada al corazon cansado,

que tiembla con su memoria dulce,

con el largo recuerdo de una piel

vecina, de una larga melena cruzando

el océano de la noche, espejo de la vida.

 

Y el Loco Antonio que repite su historia,

y Montevideo que es un susurro herido,

un viento que emerge y devuelve

su aliento, una voz que se arrastra,

que remansa el bullicio de las sombras.

 

Voz que gira, que se exilia, que se rompe,

voz de un cantor rasgando las cuerdas

de la guitarra plantada en medio de la vida,

voz que llega desde algún lado,

como un eco triste, como un relente

extraño, dejándonos su poso, su huella,

su albor, su cadencia, su trino, su estrella

 

 

 

 


 

 

 

 

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 Luis García Gil. 2005