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Una hawaiana con un ukelele

Presentación de Luis García Gil del libro de Tito Muñoz Una hawaiana con un ukelele. Delegación Provincial de Cultura de Cádiz. 3 de febrero de 2006.


Tito Muñoz lleva el verso tatuado en el alma y en los ojos. En su equipaje, donde siempre hay un billete de avión que mira al Sur, viajan caricias y canciones, funámbulos e insomnes, soleas que le echan el pulso a las madrugadas, musas a las que convida a un dry martiny, amores por los que merece la pena jugarse la vida, tramontanas que traen en su latido el recuerdo de la infancia y de la adolescencia en la barcelonesa Calle Borrell, a la que también llegó el progreso para talar el decorado de su infancia. Todo aquel mundo sensitivo que puede respirarse leyendo algunos poemas de Una hawaiana con un ukelele o de Metralla , como esa noche de Reyes de todas las infancias en la que a Tito, buen culé como su primo el Nano, le trajeron toda la equipación completa de guardameta, incluido el calzón corto y el jubón para que pudiera emular al mítico portero del Barsa Ramallets en partidos que se ganaban o perdían en plena calle, entre el asfalto y la acera.

La poesía de Tito es una poesía cotidiana, una poesía que sucede a cada instante, que brota con naturalidad de su alma inquieta y se detiene en los hechos de cada día, en las rutinas insolentes de los “domingos carcelarios” – como él gusta llamarlos- en los amores que dejan huella en el corazón pero que lejos de tumbarlo le dejan siempre, como respuesta, un verso juglaresco e irónico para quedarse a salvo de los demonios de la soledad no deseada que siempre anda descerrajando la frágil condición de los poetas. En la poesía de Tito está la memoria de su ciudad y también la memoria delicada de los viandantes que la cruzan, de los perdedores, de los que se juegan la vida y la pierden de manera irremediable. Porque de los que pierden es el reino de la poesía y también de Bukowski, de Charlie Parker, de Tom Waits, de Ángel González, héroes literarios y musicales que aparecen por las páginas de sus libros. Tito mira de frente al desconsuelo, al naufragio, a la derrota pero siempre le salva el humor y puede encabezar una parte de 30 de febrero, uno de sus libros de poemas, con una frase genial de los Monty Python -“el asesino es un suicida extrovertido”- o dedicarle un poema en su último libro a la Barbie que acaba de suicidarse “introvertidamente” con una dosis extra de cápsulas rosadas, pobre Kent. Todo esto y mucho más puede encontrarse en la poesía de Tito Muñoz, una poesía que juega con el lenguaje, que se mira en el espejo de las metáforas y en el verso mecido y exacto porque el poeta asume también la tradición y a veces un hexasílabo basta para pintar el mundo. En Una hawaiana con un ukelele a Tito le bastan tres versos para plantar el ideario de su poesía y establecer inmediatamente con el lector una rápida y relampagueante complicidad: “Te lo aviso: / tengo un alma/ y está cargada” . Y contraviniendo a Celaya el Tito afirma que la poesía es “un alma cargada de futuro”. Nada de armas, que ya sabemos que las carga el diablo y George Bush. Tito persigue, además del amor de una hawaiana absorta en la melodía de un ukelele, a la hermosa y escurridiza utopía – que a veces tiene la piel anhelada de una mujer- y con su poesía directa, coloquial establece con el lector una comunicación inmediata. Tito se mira en el espejo de sí mismo, dibuja la rutina, el escepticismo, los amores que van y que vienen y que siempre se terminan quedando detenidos en la memoria del verso encajado en la espuma de los días, que diría Boris Vian. Tito va desplegando en cada uno de sus poemas su particular atlas sentimental, un atlas desplegado a los cuatro vientos en donde el ingenio, el hallazgo verbal y la ironía se cruzan de una manera espléndida.

Mi primer contacto con Tito fue a través de un queridísimo amigo común, el poeta cartagenero Antonio Marín Albalate que me proporcionó su dirección de correo electrónico. Mi idea era que Tito colaborara en mi libro sobre Joan Manuel Serrat que entonces estaba gestando, cosa que hizo de inmediato con un texto generoso en el que explicaba su estrechísima relación con el cantautor catalán. A partir de ese momento sumamos muchas complicidades en la distancia, proyectos de ida y vuelta, epístolas y poemas que nos íbamos cruzando. Hasta que el pasado mes de julio vino a Cádiz y nos encontramos. Y aunque no hubo bautizo caletero- que ya lo habrá- ni nos cruzamos con ningún cantaor del barrio de Santa María al que sugerir la posibilidad de cantar los poemas flamencos de Tito- que también llegará- lo que sí hubo fue la confirmación de lo que uno ya intuía en esa larga singladura de misivas electrónicas, que Tito es un tipo que merece la pena tratar, de esas personas que te dejan una huella imborrable.

Aquel día caluroso del mes de julio Tito y yo hicimos una primera parada en una cafetería de la Plaza de la Catedral. Traía bajo el brazo los poemas que conforman Una hawaiana con un ukelele . Tito me iba explicando de manera apasionada – como deben explicarse las cosas que nacen de lo más profundo- algunos de los poemas que conformaban la columna vertebral de su libro, poemas que tenían una extraordinaria coherencia con lo anteriormente publicado por Tito desde su primer libro Sirenas en conserva hasta 30 de febrero pasando por Metralla , el libro con el que muchos lo descubrimos y que le prologara Serrat. Aquel día de julio en el que conocí a Tito pensé inmediatamente en estos versos de un poeta común que admiramos: “Pasan lentos los días/ y muchas veces estuvimos solos/ pero luego hay momentos felices/ para dejarse ser en amistad”.

A Tito Muñoz, como él mismo afirma en uno de los poemas de Metralla, se le olvidó crecer. Mientras desgastaba el pigmento de sus indios de plástico se encontró de pronto con alguien barbudo y tatuado que le desafiaba en el espejo cada mañana. “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde” – vuelta a Gil de Biedma- y Tito se había hecho mayor, sin apenas darse cuenta, pero seguía instalado en el paraíso inagotable de la infancia. En su cama dormía una pelirroja que, según confiesa en uno de sus poemas, era toda una experta en la preparación del puchero andaluz, una pelirroja que forma parte de esas muchas mujeres que aparecen dibujadas en sus poemas. Yo creo que en el fondo Tito sigue siendo un niño que se negó a crecer, un Peter Pan de largas patillas, el bandolero tiernísimo que regalaba cometas a su hija Triana, el lector sensible al que se le encienden los ojos cuando habla con emoción de la poesía completa de Borges o de las novelas de Enrique Vila Matas. Cuando últimamente escucho la canción “Un enfant ” de Jacques Brel – siempre el abate Brel cruzando con su voz la tiranía de las noches solitarias- pienso en Tito Muñoz porque Brel y Tito convergen en no prescindir jamás de ese eterno paraíso de la niñez del que, como cantaba Miguel Hernández, nadie debería despertar. “Desperté de ser niño/ nunca despiertes/ tierno llevo la boca/ ríete siempre: Como cantaba Brel:

Un niño

Escucha al mirlo

Que deposita sus perlas

En el pentagrama del viento

Un niño

Es el último poeta

De un mundo que se empecina

En querer ser mayor

Y pregunta si las nubes tienen alas

Y se inquieta por la nieve caída

Y cree que somos fieles

Y sospecha que ya no hay hadas.

Tito Muñoz es también ese amigo fiel que celebramos, que tiene “ojos de niño” y “pluma" o más bien "párker de poeta”, en medio de un mundo hostil que se empecina en querer ser mayor, un mundo que Tito habita con su ternura, con su generosidad, con esa poesía necesaria que alcanza en Una hawaiana con un ukelele un nuevo y apasionado capítulo. Para mí es un placer estar aquí esta noche presentándolo junto a Juan José Téllez. Nada más. Gracias, Tito, por tus poemas y por tu amistad.



 

 

 Luis García Gil. 2005