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San Diego Armando Maradona

Aurea mediocritas. Suelo conducirme siempre con esta expresión latina. En la muerte de Diego Armando Maradona, mito balompédico, también pensé en ella. Porque están los fanáticos de patrias, ideologías, religiones o héroes populares que no permiten cuestionamientos a su pensamiento único. Pero también están los otros, los que a la muerte de cualquier mito que no comprenden suelen mezclar churras y merinas.

Quieren que los héroes sean solo y exclusivamente los creadores de vacunas o los que investigan contra el cáncer y les parece grosero que lamentemos una determinada muerte porque parece que con esto no lamentamos a quienes se mueren de hambre todos los días o se ahogan en el mar buscando un destino mejor.

Esto invalida que lamentemos casi cualquier muerte de escritor, cineasta, músico, actor o deportista porque, en esa luz y sombra que todo ser humano comporta, no reúne esa consideración ética que algunos pretenden marcar desde, en el caso de Maradona, una evidente aversión futbolística, muy intelectual por otra parte, y muy poco dada a comprender los sentimientos populares, sin menoscabo que en toda multitud que despide a un ídolo no haya ese fanatismo ciego que desde luego rechazo.

Maradona generó toda una literatura, de Eduardo Galeano en su clásico El fútbol a sol y sombra hasta Manuel Vázquez Montalbán. Uno de los que mejor supo explicarlo en vida, con un retrato no precisamente complaciente, fue el escritor mexicano Juan Villoro en un texto que aparece en su libro Dios es redondo: «Vida, muerte y resurrección de Diego Armando Maradona», interesante leerlo en contraste con los salmos desproporcionados o el ridículo tweet del vicepresidente del gobierno Iglesias Turrión y de todos aquellos que pretenden dibujar en Maradona una especie de referente de la izquierda o de la política a través de la metáfora de su zurda.

Tenía doce años cuando Maradona deslumbró al mundo en el Mundial de México, trampa incluida o mano de Dios incluida, aunque Maradona fuera siempre más humano  que divino, desde la conciencia de clase de quien venía de la pobreza más extrema y encontró en el balón una salvación muy particular. Rey de Nápoles y de la albiceleste Maradona fue en México 86 ese crack, que driblaba ingleses e hizo de una jugada la jugada por antonomasia.

Cualquiera que le guste este deporte, que no esconde ni corrupciones ni oscuros entresijos, debe admirar lo que Maradona era capaz de hacer en una cancha, el territorio, el parnaso verde donde fue realmente feliz. Mientras Mágico González, genio balompédico indolente, fue grande contra el Racing de Santander, Maradona lo era en un Mundial, lo digo porque algún cadista recalcitrante cree que Mágico González fue mejor que Maradona.

Maradona fue el astro de toda una época  futbolística antes de la caricatura. Reconozco que de todos los grandes siempre tuve predilección por Cruyff y aquella Holanda del Mundial 74, año en el que nací. Quizá porque Cruyff representaba una estética y una rebeldía que no fue nunca caricatura ni exceso altisonante. Pero Maradona era ese crack que marcó mi adolescencia en aquel Estadio Azteca de los sueños argentinos de Santa Evita y San Gardel.

Maradona y la finta infinita, Maradona y el gol, Maradona y el fantasma de la droga, Maradona y la camorra. Todos los Maradonas en un solo Maradona. Y cada cual con el suyo como aquellos y aquellas que pretenden incluso decirnos que en el fondo Maradona era un feminista pero no lo sabía. Todo ello para justificar sus vicios o sus actos menos edificantes que lejos de convertirlo en un dios sucio- Galeano- lo convierten en un ser humano con sus profundas debilidades cuya fama y dinero no le restaron un ápice de su fragilidad, de su carácter más bien depresivo y dependiente de sustancias con las que se alejaba del mundo y de la vida. Desde luego no fue modelo para la juventud pero tampoco pretendió serlo.

En el fondo Maradona en su endiosamiento quería volver a ser aquel muchacho enamorado de una pelota, dueño del barrizal convertido en improvisado campo de juego que terminó siendo muchos tangos, melodía del arrabal o cuesta abajo o alguno de los que acariciaba aquel genio llamado Anibal Troilo cuya música podemos escoger, mientras visionamos algunas de las obras de arte que el Diego firmó con el balón atado al pie antes de convertirse en una especie de Garrincha cantado por Zitarrosa:

¿Quién se llevó de pronto la multitud?

¿Quién le robó de pronto la juventud?

¿Quién le quitó de un golpe el hechizo mágico del balón?

¿Quién le enredó en la sombra la pierna, el flanco y el corazón?

¿Quién le llenó su copa en la soledad?

¿Quién lo empujó de golpe a la realidad?