en El cine habitado

Río rojo (1948)

Una obra maestra del western. John Wayne a caballo conduciendo ganado. El polvo, el viento, la niebla y sus nombres. Los años cuarenta del dorado cine y Howard Hawks firmando el primero de sus ríos. He aquí los comienzos de la carrera cinematográfica de Montgomery Clift. Clift interpretando a Matt en Río Rojo, el hijo adoptivo de Thomas Dunson, el ranchero empecinado interpretado por The Duke.

Red river proyectada en los cines de antaño. Quintaesencia del género. Algo de épica individual, de melodrama, pero sobre todo una impronta documental que convierte a este western en una pieza diferente. Esos paisajes infinitos modélicamente encuadrados y esos cielos borrascosos. Esa transparencia y clasicismo de Hawks en la manera de hacer avanzar su relato.

Un hombre viejo y otro joven. La aventura del pionero, del hombre hecho a sí mismo (self-made men) al que guía la obsesión individualista de formar un imperio. Como tercer personaje clave, el viejo y leal Groot (inmenso Walter Brennan) absolutamente memorable, que es el más sabio de todos.

Despedir el amor mientras tiembla el paisaje árido. Caravanas de sueños, de noches temerosas, de acechanzas y espuelas. Las praderas, el ganado, el primer ferrocarril como imagen del progreso por venir. La odisea colectiva y luego la concentración del relato en los sentimientos encontrados de Dunson. Wayne no es aquí un héroe, sino más bien un ser atormentado, muestra de las complejidades de Río rojo, del fatalismo que encierra esta historia de paisajes y hombres fotografiada con maestría por Russell Harlan y con música del ucraniano Dimitri Tiomkin.

Western despojado de épica y tragedia clásica a un mismo tiempo, solo refutada al final, con un hijo que quiere matar al padre -al menos simbólicamente- y un padre que desea encontrar en el hijo futuro un modo de supervivencia. La actriz Joanne Dru -bellísimo destello en medio de la acometida india- es como una aparición en Río rojo, clave en el propio desenlace del relato, happy end cuestionado por más de un crítico, pero que rompe con el fatalismo de la cinta y confirma el valor de las heroínas de Hawks y su talante a la hora de comprender a sus personajes.

Red river es una película rica en contrastes. Cine en estado puro, anímico y profundo, expresivo y vibrante. John Wayne y Montgomery Clift son como dos mundos actorales antagónicos que se cruzan de manera brillantísima. “El hijo de puta sabe actuar”, cuenta la leyenda que dijo John Ford de Wayne al ver la película de su colega Hawks que logró con Río rojo uno de los westerns visualmente más llamativos, como así supo verlo Robin Wood en la obra que dedicara al cineasta.

Las estampidas del ganado, los ceremoniales de la muerte a plena luz del día, las noches inquietantes de sueño interrumpido. El sudor, el miedo, el cansancio, el letargo. La hora de las pistolas y de la sangre. Todo transcurre al aire libre. “Río rojo -apuntó Wood- ancla sus raíces en la historia americana, en el establecimiento de una civilización”.

El viejo blanco y negro. El aura del gran cine. Esa elipsis poderosa al comienzo de la historia que nos advierte del paso del tiempo, muy palpable en las fisuras del rostro notablemente envejecido de Wayne que ensaya aquí sus futuros personajes crepusculares. Río rojo y la escritura de Borden Chase que escribiera la mayoría de los westerns de Anthony Mann. El polvo, el viento, la niebla y sus nombres. La dentadura postiza de Walter Brennan, el brazalete de piel de serpiente que termina cayendo en manos de Joanne Dru, las montañas y llanuras de Arizona donde tuvo lugar la mayor parte del rodaje. La misma esencia del western.

Red river homenajeada por Peter Bogdanovich en La última película. Película de género, palpitante y vertiginosa que queda en la memoria cinéfila. Hito de Hawks y del cine de los años cuarenta