en Canción

Rafael Berrio o el sentimiento trágico

Morder el polvo mientras declinamos. Sentir el peso del mundo. Cantarle a la soledad, como si la soledad fuera a escucharnos. Cantar, desesperadamente, algo que nos enseñó Jacques Brel. Llorar una canción, nombrando la existencia como un cansancio eterno. El disco rescatado en este viernes de primavera y confinamiento se titula 1971 y lo grabó Rafael Berrio para quien abril ha sido indudablemente el mes más cruel al que se refería T.S Eliot.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos cantó un tal Pavese de nombre Cesare. Algunos aprendimos muy temprano los versos del poeta italiano. También nos cobijamos en la inmediatez de las alegrías instantáneas, en un sonoro carpe diem, renegando de los existencialistas. Por poco tiempo. Berrio canta en 1971: “Yo me moriré un día borracho junto a una tapia/ y mis pupilas reflejarán la última luz de esa mañana…”.  Con el equipaje liviano o ligero de las despedidas lamenta perder a las mujeres amadas, deseos de sábanas blancas en noches infinitas. “Yo me moriré de pulmonía…”. Canta Berrio en “Las mujeres de este mundo” en la que comparecen perros aulladores en la madrugada.

Vuelvo a 1971 y vuelvo a Unamuno y a su obra Del sentimiento trágico de la vida que leía en la juventud primera cuando uno no tenía porque tener ningún sentimiento trágico sobre la vida. Leo a Unamuno y escucho a Berrio citando a un poeta persa que comparaba el amor con el vino. Me acuerdo de Omar Khayyam cantado por Camarón. Viejo mundo de amores carnales cobijados en la boca florecida en el beso perpetuo. ¿Será el amor una cosa rara?

Cante Berrio en esta tarde de sol el sonsonete de su plegaría. Cante Berrio citando a Miguel Hernández, al rayo que no cesa y al mayo imposible. Y vueltos los ojos a Unamuno y al hombre que al nacer lleva la muerte fijada en la pupila. He aquí la vida que sucede a medida que sucede. Que todo es o parece paradoja en el existir cotidiano, en el folio en blanco, en la imprecisión de las esperas.

Ahora es tarde -canta Berrio- en “Simulacro”. Poeta malherido que dona la canción como reflejo. Sigo leyendo a Unamuno que dice: “Hagamos que la nada, si es que nos está reservada, sea una injusticia; peleemos contra el destino, y aún sin esperanza de victoria; peleemos contra él quijotescamente”.

Berrio entre dandis y jacobinos, con amigos de versos modernistas que duermen con Baroja en el colchón. Berrio caminando hacia el abismo, quemando naves, huyendo del rock de la noche de verano para dibujar canciones como sacudidas. Dice Unamuno que el dolor es el camino de la conciencia y es por él cómo los seres vivos llegan a tener conciencia de sí: “La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación. Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber y sentir hasta dónde soy, es saber dónde acabo de ser, desde dónde no soy”. Más de Unamuno: «Uno solo vuelve a sí mismo en el dolor. Cuando se goza uno se olvida de sí mismo, de que existe, como si pasase a lo ajeno».

Berrio se mira en el dolor, ósea la conciencia de sí mismo, y recompone su álbum de fotos familiar de la memoria propia en una de las mejores canciones de 1971, la que titula “Este álbum”.  “Papá en bermudas, mamá a su lado sonriendo en bañador…”. Toda esa vida que fluye en las fotografías, a veces como nostalgia, otras como desgarro. “¿A quién importa quienes fuimos? ¿Todo esto para qué? Ay las preguntas que duelen.

El álbum familiar o el sentimiento trágico de la vida. Y esa verdad desnuda, belleza sin habla, que asoma finalmente en la amada infinita. Claridades y cuerdas musicales en medio de la oscuridad cotidiana. “Mientras te desnudas la elocuencia habla”. Y el tiempo dentro, el tiempo habitado de los amantes, el deseo destruyendo al abismo enamorado, por una vez. «La vida canta un réquiem, la muerte una nana».