Brel

BREL

De las canciones que nacen de lo más profundo,
de la doliente voz que se desata en los inviernos
parisinos, en la neblina poderosa de los puertos.
País del norte hacia donde vuelves la vista,
burgueses melancólicos, mujeres carcomidas,
beatas arrastrando su soledad por los templos,
desesperados que preparan su salto al vacío,
infancias luminosas, nostalgias de otra edad,
soledades vividas, compartidas,  bombones
y flores, garras invisibles, espejos demoledores,
borrachos, taciturnos,  prostitutas ajadas,
antiguas soledades vistiendo los ojos
de los amantes, besando los huecos de la sombra.
Hijos del tedio, del miedo, apátridas sin nombre,
que van de un sitio a otro, indefinidos y solos,
sin Dios que los acoja, sin oraciones ni estelas,
hijos de las tardes plomizas, de los vientos
que crucifican, de la maleza creciente y oscura,
de la niñez sin rastro, de los ojos sumidos en pozos.
Ausencias galopando, caballos de cartón
en caminos errados, carruseles de humo,
pájaros enlutados cruzando la alameda,
árboles deshojados y caricias muertas
sobre los mapas solitarios de la vida.
Todo lo que cabe en una canción, tres minutos
para descifrar el mundo, para dibujar la sorda
travesía del hombre, el corazón que rompe,
la luna que baja hasta el sendero, el paisaje
que evoca un tiempo desmedido, el turbio
desaliento, la mirada del prófugo, del desertor
que esconde su verdad en su equipaje íntimo.
Y el amor que cae o el amor que perdura,
la lluvia cayendo delicada sobre un París otoñal,
el azote del tiempo, la vejez que aniquila,
el cáncer que termina deshaciendo los huesos.
Y esas lágrimas que dejas para Fernand o para Jojó,
dulces amistades que se fueron antes de tiempo,
porque todos vamos detrás de cada muerto
que nos llama y que nos toca,  para un día cualquiera
ir delante, en el viaje postrero donde todo se pierde.
Y el aeropuerto de Orly donde las despedidas
del amor siguen doliendo, siguen dejando esa espina
que deja su huella profunda en las pupilas.
Y la Fanette imposible paseando su cuerpo
sobre las playas heridas, sobre las noches oscuras,
y las calles varadas y las sombras del aire,
y el mar que en su retirada lleva antiguas
esperanzas y los labios del recuerdo
floreciendo sobre las aguas crepusculares del Sena.
Y finalmente el amor que acompaña, tu hija Isabel
que acuna en su prisa los reflejos de la tarde,
los tiovivos que endulzan las palabras,
y también esa parte del porvenir que nos amenaza:
la escarcha del otoño o el nudo de la muerte,
o el grito del funámbulo al que se le acabó el crédito
y perdió su equilibrio en el último instante.
Las canciones que queman, que se quedan,
que descorren cortinas, que atraviesan senderos,
que son como la vida, que nos atañen porque
su verdad es nuestra y también su mentira.
Y la voz que se parte y la voz que nos llena,
el antiguo clamor de los últimos aplausos,
el aliento definitivo de la última nota cayendo
sobre la tardes resquebrajadas mientras queda
el eco de una onda Marsenet y un violín
marca el paso de las cansadas estaciones.