Las ha dejado en la mesilla de noche
antes de entregarse al sueño.
Sobre el escritorio han quedado
las anotaciones del último guión
y una necrológica para Bergman,
que no volverá a ver la luz de Faro.
Él no sabe que alguien ha vuelto
a romper las gafas de su estatua en Oviedo.
Ahora duerme. Sueña con el niño
que le rompía las gafas de pequeño,
y lo dejaba indefenso, desprotegido.
En algún local neoyorkino suena
la Rapsodia in blue y alguien piensa
en el comienzo de Manhattan.
“Capítulo primero: Adoraba Nueva York
Era su ciudad y lo sería siempre…”
Las gafas de Allen han quedado en la mesilla.
Son el símbolo del creador. Por ellas
ha mirado el mundo y se ha salvado,
porque si no escribiera se sentiría miserable,
porque escribir le salva del naufragio.