en El cine habitado

Picnic en Hanging Rock (1975)

 En 1967 la australiana Joan Lindsay publicaba Picnic en Hanging Rock, novela que en nuestro país editó Impedimenta en 2010 con introducción de Miguel Cane y traducción de Pilar Adón. La novela transcurre en febrero de 1900 cuando un grupo de alumnas de un colegio selecto para señoritas va a disfrutar de una jornada campestre de picnic con motivo del día de San Valentín. El destino será Hanging Rock, “seductoramente oculta tras una intrincada cortina de altísimos árboles”.   El cineasta australiano Peter Weir lee el libro de Lindsay con pasión y a mediados de los años setenta lo lleva al cine. Picnic en Hanging Rock se convertirá con los años en una película de culto.

Antes de entrar en la maquinaria de Hollywood y de rodar Único testigo, El club de los poetas muertos o Master and commander, Weir ofreció toda una lección estética en la que sería la segunda de sus películas, Picnic en Hanging Rock, una obra a la que hay que entregarse con el placer de la mirada (le plaisir des yeux) al que se refería François Truffaut. Fijemos la atención en Miranda, una de las colegialas, descrita por Lindsay con el tranquilo rostro ovalado y el pelo liso, del dorado color del maíz. Miranda es comparada con un ángel de Botticelli, con algo de inocencia a punto de evaporarse, porque algo hay de final de la inocencia en Picnic en Hanging Rock.

“All that we see or seem/ is but a dream within a dream” dejó escrito Edgar Allan Poe en un poema que se hizo célebre y que Miranda recita al principio mismo de la película: “Lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño un sueño dentro de un sueño”. Entran entonces las subyugadoras flautas de Pan tocadas por el compositor rumano Gheorghe Zamfir. Desde el primer fotograma Picnic en Hanging Rock se nos revela como lo que es, un poema en imágenes, fuera de tiempo y de lugar, inaprensible, sobrenatural, mistérico.

Las pendientes empinadas de Hanging Rock, las muchachas excursionistas con el deseo a flor de piel, el sexo y la naturaleza, la enunciación del horror a plena luz del día. Peter Weir conduce el relato con maestría. Atiende a los detalles como cineasta minucioso con una mirada fundida a la naturaleza, al inquietante paisaje. Escuchamos el sonido del viento. Contemplamos columnas de hormigas voraces filmadas en primer plano o pájaros en bandadas sobresaltándose. Nos dejamos seducir por la cámara en movimiento que se desplaza poéticamente. Observamos el almuerzo campestre, las colegialas tendidas en la hierba mientras quema el sol. La tragedia está cerca y se anuncia antes de que llegue en la propia inquietud de los caballos o en el reloj detenido del cochero a las dos en punto. La utilización de la música es importante. De nuevo la flauta de Pan y la institutriz francesa Madame de Portier (Helen Morse) que constata la evidencia, mientras mira un libro con pinturas de Botticelli: “Ahora lo sé. Ahora sé que Miranda es un ángel de Boticelli”.

Picnic en Hanging Rock aúna encuadres prodigiosos con la iluminación suavizada de Russell Boyd. El modo en el que Weir filma a las colegialas tiene mucho de himno o de canto a la belleza efímera, de hipnótico deleite, entre encadenados e imágenes ralentizadas. “Todo tiene un principio y es exactamente el momento preciso” dice Miranda antes de que el grupo de alumnas, ya dispersas del resto, caigan en un extraño estado de extenuación. Entonces los planos inquietantes de la montaña que da nombre a la película nos indican que algo terrible va a suceder.

En el enigma de la desaparición de las alumnas interviene la obsesión de un muchacho, enamorado de una de ellas, que las busca con denuedo en la montaña. No habrá desciframiento de enigmas en Picnic en Hanging Rock. Lo acontecido no tendrá explicación. Como apuntara Roger Ebert nos hallamos ante una obra libre de argumento, carente de cualquier explicación al final, que existe como experiencia. No es preciso entrar en las conjeturas sobre las desaparecidas. O con las preguntas que despierta la alumna intocada por la maleza que sí apareció una semana después. Todo es intrigante y así debe serlo.  Influye lo milenario frente a la sexualidad reprimida de las jóvenes victorianas que de pronto se dejan seducir por un paisaje vivo. Como contó Weir se trabajó mucho en crear un ritmo alucinatorio e hipnótico para que el espectador se dejara llevara por él y no le preocupara la solución del enigma.

Película bella e impenetrable de espíritu decimonónico. Una obra cinematográfica de apabullante belleza que resume la silueta de Miranda entre la vegetación como si fuera una pintura de John William Waterhouse, imagen misma del espejismo en los ojos del joven Michael encarnado por el actor Dominic Guard.