en Viajero que huye

París en 25 estampas

IMG_51221. La ciudad que no se acaba nunca. Uno no se baña dos veces en el mismo Sena ni contempla de igual modo la Torre Eiffel, inevitable postal que Truffaut siempre filmó en sus películas. Ir a París y quedarse de algún modo en la memoria eterna de sus calles. Mirar a la persona amada y sentir que la vida merece vivirse por estos instantes de plenitud sonora.

2. El taxista que escucha a Melody Gardot y que nos lleva por el Boulevard de Montmartre, la primavera parisina y Joan Manuel Serrat derramando su cancionero en el mítico Olympia ante una audiencia entregada. Todo aquello que nos lleva hasta esta ciudad que amamos, que sentimos nuestra, de la que tanto hemos leído. Sentarse en un café y leer algunas páginas de El peatón de París de Léon- Paul Fargue.

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3. Perderse por el barrio de Marais, soñar el poema que nunca escribiremos.

4. Colocarse frente a Notre-Dame o frente a la iglesia de Saint Séverin y ser clamorosa arquitectura gótica, estallante vidriera, gárgola por un instante, gárgola vertiginosa, monstruosa, frente al espectáculo callejero de cada día, no menos monstruoso.

5. Comprarse libros, posibilidades de futuro, libros que se amontonan en los puestos situados a orillas del Sena,  como el de Pierre Saka dedicado a la canción francesa o el de Edith Piaf de Monique Lange.

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6. Recordar el laberinto de palabras mágicas de Rayuela, pensar en Cortázar y en su máquina de escribir mientras nos adentramos en la rue de la Huchette y un vagabundo nos susurra al oído:

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas (…)

7. Librerías de París que no cierran a la caída de la tarde, que aún permanecen abiertas cuando la noche irrumpe en el escenario cotidiano. Librerías míticas como la Shakespeare and company atestada de turistas. Leer apasionadamente en un café de París una novela de Balzac mientras esperamos la aparición fantasmal de Antoine Doinel.

8. Las fotografías que nos hacemos, que ya son nostalgia en el momento en el que nos retratamos, en el que sentimos lo fugitivo del rostro sonriente que mira a cámara y sueña con volver a aterrizar en el aeropuerto Charles de Gaulle.

9. Permanecer en el bistrot que acoge nuestra sed de paseantes, en la brizna de hierba que el viento parisino acaricia, en la fina lluvia que de pronto nos moja el cabello y nos hace pensar en César Vallejo.

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10. Pensar en nuestra hija que algún día viajará a París, que algún día descubrirá París con ojos de mujer y con toda la vida por delante.

11. Los cien años de Edith Piaf, la impresionante exposición que acoge la Biblioteca Nacional, los recortes de prensa reflejando el nacimiento del mito, la estatura artística de quien era menuda como un soplo. Habitar las canciones que amamos, el viejo elepé del gorrión de París que escucharon nuestros abuelos. Todo aquí resumido: el negro traje con el que salía escena, los guantes de boxeo de su amado Marcel Cerdan, su amistad con Cocteau que contó Bernard Lonjon en un libro y todos sus encuentros y desencuentros, los momentos de esparcimiento, de almuerzos en la hierba y de recitales multitudinarios y también los excesos y las fotos de su multitudinario entierro. Eterna Piaf.

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12. Ver París desde las alturas de un café de la Galería Printemps. Encontrarse con amigos en la ciudad de la luz. Sentirse vivo, ajeno al peso del mundo en las palabras.

13. Cantar para ahuyentar el día en el que el futuro no sea una promesa abierta, un vals rozando la piel de la madrugada.

14. Nuestro pequeño hotel de la rue Trevise, tan viejo y tan incómodo, pero que pasado el tiempo recordaremos como parte de un viaje inolvidable.

15. Serrat cantándole a Machado en el Boulevard des Capucines. Golpe a golpe, verso a verso. Quien le iba a decir al poeta exilado, golpeado por la guerra furibunda, que sus versos sonarían tan rotundos y unánimes en París y que una multitud los corearía con tanta fuerza como sentido. Una de las muchas cosas que la poesía le debe a Serrat, poeta en sí mismo.

16. Acordarse de Brel en el Olympia cantando o más bien sufriendo cada verso de “Ne me quitte pas”.

17. Adentrarse en la Cinemateca donde hay una exposición dedicada a Blow up de Antonioni. ¿Cómo filmaría el cineasta de El desierto rojo este París de ahora, esta canción que prende de los labios, que agoniza en los labios, que capitula en los labios?

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18. Ser viajero, eterno viajero, sin más idea ni concepto que viajar y anotarlo todo en un bloc que al final de la vida arrojaremos al fuego de la tarde.

19. Seguir las huellas de Owen Wilson en Midnight in París de Woody Allen. Escrutar los rincones que hizo suyos el cineasta de Manhattan.

20. Hacerse una foto con la figura de cera de Charles Aznavour en el Museo Grévin. Sentarse a charlar un rato con Hemingway y con Sartre y con Jean Gabin, inolvidable rostro cinético. Y volver a ser niño mientras contemplamos atónitos el rostro de Juana de Arco a punto de ser aniquilada por el fuego inquisidor.

21. Volver al poema que jamás escribiremos. Soñar que estamos en París y despertar en París.

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22. Buscar las huellas de Jean Eustache o de Jean Pierre Léaud o de Charles Trenet, cantor de rincones parisinos. Detenerse en la rue Rivoli y contemplar el infinito. Tomar el metro y recorrer la ciudad por dentro para salir a la luz y encontrar el verso tumultuoso, la hoja fugitiva de un otoño que ya no existe. Y ser paseante de los Campos Elíseos, imagen misma del instante que ya no es, rostro cambiante por la inmensa avenida de la vida.

23. Escapar de la España enconada, ser de ningún lado por un momento, sous le ciel de París.

24. Despedirse de la ciudad que amamos, extender el pañuelo, sentir que la memoria es frágil y el tiempo escaso, convertir en palabras el oleaje dulce de la travesía cierta.

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25. Ser paisaje impresionista, pincelada diletante en un rincón de Montmartre, comprarse un libro de Bob Dylan en francés y de Rimbaud en inglés y glosar tu cuerpo enredado a las sábanas, palabras enraizadas en la penumbra de un cuarto de hotel en el que dejamos algo de nosotros mismos.

  1. Una delicia de relato, que lo fuerza a uno a acompañarlo y revivir la propia experiencia del París eterno…

  2. Gracias Luis por hacerme viajar de nuevo, una segunda vez, a esta hermosa ciudad y recorrerla una vez más, guiada por algunas estampas que yo no supe o no fui capaz de descubrir .

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