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LA PARED ÍNTIMA

(Servicio de publicaciones de la Diputación de Cádiz, 2007)


TEXTO DEL POETA Y ESCRITOR GADITANO RAFAEL RAMÍREZ ESCOTO SOBRE LA PARED ÍNTIMA


Ahora, en este momento, me pregunto: ¿es Luis García Gil consciente de lo que está haciendo? ¿Conoce Luis la gravedad del paso que está dando? ¿Ha reparado en lo que se esconde detrás de esta puerta que está abriendo para siempre y que ya nunca podrá volver a cerrar? No sé si él sabe que el libro que tiene entre sus manos, La Pared Íntima, significa la muerte. Pero antes de seguir avanzando con este tono trascendente y riguroso, casi amenazador, quiero explicarme. La poesía, a diferencia de otros géneros literarios, confiere a sus adeptos, a los neófitos que se acercan a ella en busca de verdad y eternidad, un carisma, una impronta que los marca para toda la vida, lo quieran ellos o no. Es por eso que te digo, Luis, que este libro es muerte y a la vez renacimiento, es el sello indeleble con el que serás reconocido en esa sociedad secreta, esa hermandad casi religiosa, sí, incluso con sus ortodoxos y sus heterodoxos, sus santos y sus demonios, que la constituyen esos misteriosos alucinados que son los poetas.

Muerte, te digo, porque con los versos que hay impresos en estas páginas has matado el silencio de años, la callada entrega a una pasión que, recuerda, te procede de ese territorio mágico y lejano que es la infancia, y has renacido en voz alta, entregando al mundo tu luz interior hecha con la llama de tu dolor, de tu soledad, mas también con el fuego del amor y del gozo, de tu entrega a la belleza de un mundo al que preguntamos incesantemente sin que apenas podamos acertar a entenderlo. Comprende que éste es, pues, tu ritual de iniciación; quizá la liturgia sea sobria, pero la devoción y la energía, el ánimo y la ilusión con que se realiza sean fuerzas superiores que por si solas logran el sortilegio de tu acceso a un universo de fantasía y delirio.

Yo sé cierto que este libro no es la flor de un día, no es un puñado de versos que ha surgido así como de la nada. Quiero recordar ahora que en el año 97 Luis obtuvo el Premio de Creación Literaria de la Universidad de Cádiz con su obra El Itinerario del Olvido. Posteriormente, en el 2000 consigue el segundo premio en el Certamen Nacional Fernando Quiñones con una obra titulada La Pared Íntima, el germen del libro que ahora es una realidad. Con La Caricia del Alba logra el Premio de Poesía Ramón Grosso, otorgado por el Ateneo de Cádiz en el año 2002. Asimismo, el Ateneo de Sanlúcar decide concederle ese mismo año el Premio de Poesía Rincón Poético, por la obra titulada Las Alas Partidas. Y otra vez en el 2002 consigue una Mención Honorífica en el Premio de Poesía Alcaraván, convocado por el Ayuntamiento de Arcos de la Frontera.

Tampoco es La Pared Íntima tu primera publicación. De hecho, podemos ver en las mesas y los escaparates de prestigiosas librerías, por ejemplo, tu soberbio Serrat, Canción a Canción , y hace unos pocos días ha visto la luz tu Yupanqui: Coplas del Payador Perseguido . Canción y poesía siempre de la mano, como una de tus claves creativas.

Pero La Pared Íntima es tu primer libro de poemas, y creo, de veras, que sabes lo que eso significa: el primer libro es la prueba de fuego, el riesgo que todo aquel que quiera dedicarse a este fascinante oficio debe asumir; y creo que lo sabes, porque he vislumbrado en tus poemas, en tu personal ejercicio de la literatura, esa consciencia de saber estar ante el verso, el respeto inmenso que le tienes a la palabra. A Luis, al contrario que a otros jóvenes, no le ha podido la impaciencia por publicar; ha sabido resistir el deslumbramiento cegador de la página impresa, ha sabido retirarse del “mundanal ruido” para así, en su retiro solitario, escribir, madurar, pulir y depurar sus versos. Y si Luis ha sabido esperar, si ha gustado de los frutos de su huerto y ha conocido cuándo estaban en sazón, es porque su formación como lector ha sido inteligente y sólida.

En los poemas de La Pared Íntima se aprecian las huellas de sus maestros: Francisco de Quevedo, Antonio Machado, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Jaime Gil de Biedma, entre otros que nos quedan más cercanos como puede ser la figura del arcense Julio Mariscal. Mas Luis, guardando el necesario respeto a sus maestros, marca su territorio e impone la distancia de su juventud y su afán. Su poesía es absolutamente personal, la poesía de un hombre que concibe la palabra cantada, el verso, como un modo de resistencia ante los embates de la vida. Sus poemas son mensajes celosamente encerrados en botellas de cristal que un náufrago arroja desde una perdida costa allende los mares infinitos. Son mensajes que son cantos a la esperanza, el deseo por que su voz alcance la otra ribera donde un náufrago lector hará entonces suyos esos textos forjados con llamas de alma y hierro de coraje.

Mas no sólo es resistencia el poema. También, conocimiento, indagación, exploración del yo. En deuda, tal vez con los poetas del 50, Luis se adentra por las honduras del poema en una labor de búsqueda personal; el poema se resuelve entonces memoria, registro de la emoción de un instante perdido, ubi sunt; placer por la evocación del segundo infinito de felicidad, carpe diem; y, como siempre, llanto por ese fluido que se nos va de las manos, tempus fugit. Desde luego, Luis ofrece a su lector un libro maduro, donde lo personal se aúna con la tradición, con un lenguaje rico en imágenes, algunas incluso herederas de un surrealismo que todavía sentimos cercano, ¿tal vez Alberti o Lorca? Con ese sentido de la inmediatez, recibimos el poema. Luis no es un retórico, no se afana en resolver el poema con complejas metáforas ni esplendores de la lengua ni prolijas enumeraciones caóticas tan del gusto de Borges; su poema, ya lo he dicho, es una botella al mar, en ocasiones, un disparo, un ráfaga de cristal y sueño que quiere herir, acaso desgarrar el tejido de los sentimientos.

Es de todos conocidos que la lírica, en sus orígenes, era un género oral; la palabra escrita vino mucho después. Luis, fiel a esa memoria genética del verso, conserva ese gusto por la palabra dicha a media voz, sus poemas tienen esa cadencia propia de lo que se susurra o se canta, más de los que se escribe. Hay mucho de canción en estos poemas, hay, en el fondo de ellos, música de guitarra al atardecer, de piano desconsolado; leo los poemas de Luis y es como si a lo lejos escuchara a Brel, a Brassens, a Leó Ferré, a Serrat, a Aute, incluso Leonard Cohen, esos trovadores contemporáneos que han heredado el compromiso de aquellos aristócratas y guerreros provenzales del siglo XII que cantaban a un amor secreto. Y, por supuesto, el cine, la otra gran pasión de Luis; ahí rinde homenaje a su querido Truffaut; y cómo no, a su musa —y mía también, he de confesarlo—, esa chica de cabellos rubios y voz tierna, allá en el París de los años cincuenta, adorable Jeanne Moreau. Por todo esto y más que se me queda en el tintero, puedo decir que veo a Luis como un cantor cierto de la soledad, de la memoria, del desamparo; poeta con ojos de esperanza que descubre cada día la palabra como un ser nuevo y radiante, una palabra acrisolada que, a veces rumor, otras grito, despliega sus alas y alza el vuelo hacia horizontes inquietantes, un vuelo hecho de versos exentos de edulcorantes, ajenos a las destilaciones que se perpetran en los alambiques del laboratorio retórico. Luis es poeta de verbo suficiente, ritmo seguro y verso definitivo al que le basta la propia energía y la música de su voz para contener y cantar tras La Pared Íntima todo un universo de ansiedad y belleza.


(Texto leído por Rafael Ramírez Escoto en la presentación de La Pared Íntima en el marco de la Feria del Libro de Cádiz)


 Luis García Gil. 2005