en Cine

Mule

En estos tiempos extraños, de dudosos prescriptores, uno echa en falta críticos de cine como José Luis Guarner o Ángel Fernández Santos cuya cinefilia desbordante creó indudable escuela. A ellos debemos una revalorización del cine de Eastwood antes de que Sin Perdón convirtiera a los más escépticos en seguidores de su cine. Esa hipocresía que convertía al cineasta «fascista» de los años setenta en un maestro del celuloide dos décadas más tarde.

Pero Eastwood siempre estuvo ahí, desde aquella ópera prima titulada Play misty for me, osada e inquietante. Y luego en aquel western malsano y fascinante que fue Infierno de cobardes o en esa rareza reivindicable titulada Breezy, acá rebautizada por caprichos del distribuidor como Primavera en otoño. Primeras películas de un cineasta que ya poseía una mirada propia más allá de de sus mentores Sergio Leone y Don Siegel.

El milagro es que ese cineasta, que vapuleara Pauline Kael, sigue dejándonos muestras de su talento. Cercano a cumplir noventa años Mule es su nueva película, una obra quizá imperfecta, pero absolutamente disfrutable para los que creemos que hay pocos cineastas que narren como narra Eastwood, que sean capaces de dominar el lenguaje cinematográfico como él lo hace, sin aspavientos, despojándose de cualquier artificio o pomposidad para ofrecer otra obra rotunda y veraz, más amable que descarnada pero con esas constantes que fluyen como un río armonioso en su cine.

Gran Torino parecía su despedida como actor y director. Pero el personaje de Earl Stone en Mule estaba hecho a su medida, antítesis del recordado Walt Kowalski, y con una bondad cuasi machadiana que lo distingue con su dedicación a las plantas y ese saberse fuera de este mundo de avances tecnológicos, móviles e Internet. Stone asume su nostalgia de ex combatiente en Corea y trata de redimirse a través de su nieta que es la única que parece comprenderle.

En Mule laten constantes del cine de Eastwood: el tono crepuscular, el relato de redención, la importancia de la familia a partir del retrato de un personaje que la ha descuidado profundamente. Esto estaba presente hasta en películas que priorizaban otros temas, como Poder absoluto o Ejecución inminente. Y El fuera de la ley o Bronco Billy nos enseñan que en las vidas itinerantes pueden existir diversos tipos de familia y que la mirada de Eastwood en este aspecto ha sido siempre abierta y rica.

Eastwood filma en los últimos tiempos historias basadas en hechos reales. Ha ido componiendo, a su modo, un fresco de la América reciente como otras veces ha ofrecido meditaciones sobre el pasado. En Mule tiende a autorretratarse a través de su cine. Ha cuestionado muchas veces su propia imagen y su propia mitología. Y aquí sitúa a su propia hija Alison como manera de ahondar en esos conflictos familiares que no dejan de preocuparle como individuo.

Mule cabalga sin impurezas, siguiendo las distintas entregas de droga del viejo Earl.  Es otra demostración de que Eastwood filma westerns encubiertos. La mitología del género no deja de estar presente en muchas de sus obras. Después está la impecable banda sonora que acompaña las entregas del personaje de Eastwood desde El Paso hasta Chicago. Música diegética tarareada por el propio Clint desde Dean Martin (“Ain’t that a kick in the head) a Roger Miller (“Dang me”) pasando por Willie Nelson («On the road again») o Nellie Lutcher (“Cool water”). Toda buena película de Eastwood que se precie es musical. Y Mule cumple también las expectativas en este sentido, en la manera de integrar canciones en la trama.

Todo gira en Mule en torno al carisma de Eastwood que en su porte hace revivir a James Stewart al que se le rinde oportuno homenaje. En torno a Eastwood hay secundarios notabilísimos como Bradley Cooper o Andy García. Mención especial ha de merecer la gran Dianne Wiest que encarna a la ex mujer de Stone.

No hay forzamientos sentimentales en Mule. Todo camina con concisión y maestría.  Demuestra la serenidad enorme de quien filma con la sabiduría de los grandes maestros que sólo han de competir con su propia leyenda. Disfrútenla, sin someterla a odiosas comparaciones con las grandes obras de Eastwood.