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Muerte de un poeta

Carlos-Sahagún

Murió Carlos Sahagún, el poeta alicantino, y yo recordé que lo leí por primera vez en una antología indispensable titulada Poesía última que editara Taurus en 1975. En aquella selección de poetas también estaban Eladio Cabañero, Ángel González, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. Casi nada.

Sahagún supuso para mí un descubrimiento. Lo leí en esas edades de formación como lector de poesía que te marcan para siempre. Ya entonces el poeta estaba al margen de los circuitos oficiales de la poesía. Por eso quizá no publicó nunca en Visor. Su poesía había sido arrinconada como la de tantos otros poetas. Y a él tampoco le importaba mucho esa omisión. Había huido de los fastos del poeta oficial, condecorado. Y eso que en 1980 fue Premio Nacional de Literatura con Primer y último oficio. 

El poema nace de una excitación -llegó a escribir-: «Si el nacimiento del poema es un acto inconsciente e involuntario, para la concreción del mismo tendrá que intervenir de una manera u otra, la voluntad y la conciencia». El poeta veía el poema como un trozo de vida cuya esencia debía ser la autenticidad: «En poesía lo esencial no es sólo lo que se dice, sino el cómo se dice. En la vida, lo esencial, no es ni lo uno ni lo otro, sino nuestros actos». 

Carlos Sahagún fue un poeta solidario y profundo, cercano a su tierra y a sus gentes, nunca ajeno al sufrimiento de los otros. Le cantó al agua profética, a la dura posguerra y al río de la vida. «Yo era un río naciente/ un hombre naciente con la tristeza abierta…». Le cantó a un porvenir de muchachas, igual que su paisano Miguel Hernández a quien dedicara un poema titulado «El preso». Su poema «Aula de química» es excelente, rememoración del maestro que enseña y de la vida que empuja en ese territorio virgen de ensonación adolescente. «Y os juro que la vida se hallaba con nosotros». 

Nombró a Dios en sus versos y al otoño incesante que vertió sobre la hoja amarilla del tiempo. Como si hubiera muerto un niño (1961) es su poemario más intenso. Vuelvo a leer su poema «Fotografía de niño» y vuelvo a estremecerme: «Cuando un niño nos mira serio/ y en pie desde el retrato/ no queremos saber que ha sido/ dueño de nuestros años (…)». Murió el poeta, lejos del temblor de aquellos poemas que dejó escritos, que fueron compañeros míos en tardes de lluvia.