en Miscelánea

MEMORIAS DE SUSAN HOLMQUIST

En las noches de Bocaccio las vidas que se juntaban conspiraban, a su modo, contra el franquismo crepuscular y espeluznante. Había algo de resistencia hedonista, de ligereza noctambula y de fresco apasionante de aquella Barcelona vivísima con un maestro de ceremonias muy particular, el gran Oriol Regàs. Para saberlo mejor léanse sus memorias Los años divinos. En ese contexto que posibilitaba Regàs cruzaba sus piernas de modelo danesa Susan Holmquist en la barra y hora bocacciana de todos los suspiros.

 Joan Manuel Serrat ya era ídolo pop derramando en la arena de una playa su poema de amor, rendido a la belleza nórdica de Susan Holmquist. Con ella se le vio en Cannes, cuando actuó en el Midem, año 1969, apareciendo en escena con un pantalón de smoking, chaqueta de terciopelo negro y colgante en el pecho que le regaló Susan antes que el amor se desdibujara y Serrat tuviera que llorarlo con ironía y charlestón en la extraordinaria Conillet de vellut que formaría parte del memorable elepé titulado Serrat 4 aparecido en 1970.

Todo eso evoqué cuando me enteré de la muerte de Susan Holmquist, brisa nórdica, Miss Naciones Unidas 1966 y eco también de aquella inquieta Escuela de Barcelona. Porque Susan se dejaba ver, por ejemplo, en Dante no es únicamente severo en la que su rostro era sometido a una terrible operación de cataratas. Esa película la dirigió Jacinto Esteva, uno de los cineastas de aquel movimiento, ejemplarmente estudiado por Esteve Riambau y Casimiro Torreiro.

Susan Holmquist se trasladó a Barcelona por razones sentimentales y su primera aparición cinematográfica fue en una película comercial, Vivir al sol de Germán Lorente, nacida en el contexto aparentemente luminoso del desarrollismo y del boom turístico.

La modelo danesa estaba también en la portada original de Últimas tardes con Teresa, la célebre novela de Juan Marsé. Miraba al lector y al objetivo de Oriol Maspons desde su descapotable blanco en una excelente fotografía aérea llena de sugerencias para aquella España oficial, meapilas y cínica, que venía de los veinticinco años de paz.

Aquel libro mítico se publicó en abril de 1966, impreso en los talleres de Seix Barral de la calle Provenza de Barcelona. ¿Cuántas veces no habré retornado a ese libro y no me habré detenido en la mirada de Susan Holmquist, en la conillet de vellut serratiana que se escapaba detrás de cualquier objetivo? Ajado ejemplar de Últimas tardes con Teresa, leído en estaciones de tren, en autobuses, en ruidosos cafés, en lánguidas habitaciones de colegio mayor, en lugares recónditos, a media luz o en parques iluminados por el sol. Memoria de lápiz subrayador y Pijoaparte, de anotaciones al margen,  y memoria de Susan y de su descapotable.

Ahora queda la música de los instantes, los flashes evaporados por la ceniza, el final de viaje, la muerte cobijada en la pupila de la otrora maniquí. La canción Conillet de vellut nos dibuja no solo una desafección sentimental, sino un tiempo vaporoso de gauche divine y vértigo. Descanse en paz Susan Holmquist.