en Poesía

Memorias de Rafael Montesinos

Para Rafael Roblas

Sobre mi mesa de trabajo El libro de las cosas perdidas y De la niebla y sus nombres. El primero editado por Halcón, colección de poesía, Valladolid, 1946. Se va a cantar en este libro lo que se ha perdido. La cita machadiana es el pórtico.  El poeta Montesisos posa melancólico en una fotografía del interior de la obra, antes de entrar en materia poética. Le vemos huidizo, sin mirar a cámara. Traje de chaqueta. En una mano el sombrero. En la otra una gabardina. Luce bigote y corbata. El ejemplar está dedicado a mi padre: “Al poeta José Manuel García Gómez, este viejo libro mío, con el mejor abrazo de Rafael”. La dedicatoria se fecha en Madrid en noviembre de 1958. Tiempo aún de posguerras, de exilios interiores. El poeta empieza su libro de este modo, aferrándose al fluir de la cuaderna vía: “Con mi pereza antigua de andaluz olvidado/ sin darme cuenta, un día, me quedaré dormido/ Meterán en diez tablas mi sueño fracasado/ y empezará la historia pequeña de mi olvido…”. A cien años de su nacimiento a Montesinos hay que rescatarle de ese olvido. Yo le busco en sus libros primeros y en los últimos. En su elegía a un retrato de su infancia, citando la Sevilla amarga de su historia, encomendándose a Bécquer, una y otra vez.

Del Montesinos de las cosas perdidas al De la niebla y sus nombres que publicó Hiperión. El poeta ahora es fotografiado para este poemario con barba y un cigarro entre los dedos. Rehúye nuevamente la mirada frontal, pero ahora el poeta maduro busca una mayor informalidad que en aquella foto de juventud. De la niebla y sus nombres es un poemario hermosísimo. Melancólico y nostálgico con el tiempo dentro. Vuelve el bardo a invocar el olvido: “Oh grato olvido, quién te poseyera/ porque al fin eres vida y en la nada no hay nadie…”. El poeta nombra la felicidad en una tarde de estío con golondrinas. Forja con precisión y hondura sus endecasílabos. Evoca la niñez, la honda pena del tiempo entre las cosas. Le canta al hijo un 14 de agosto de 1980. Y también dialoga con la muerte como en la “Balada de la dama de negro” o en el estremecedor “A un amigo” donde retumba la Guerra civil de todos los demonios: “Éramos niños en aquella guerra/ que nuestros padres inventaron”.

Montesinos le canta a todas las nieblas. También las de su ciudad, las de la Sevilla eterna, la de la luz perpetua y la Semana Santa del tambor resonante. “El rito y la regla” resume admirablemente, en un puñado de versos, esa tradición que pasa de padres a hijos. Tiene un comienzo y un final deslumbrantes: “En el patio, mi padre, con su túnica/ negra, en la madrugada más profunda/ de la clarísima ciudad, se ha puesto/ solemnemente el negro capirote… El rito no aprendido que desemboca en los dos versos finales, lapidarios: “Hoy la memoria escoge/ el camino más corto para herirme”. En esa misma línea Montesinos escribe su poema “Madrugada del destierro”. Y el logro es similar. “Ya duele el azahar en la memoria” -escribe- y termina cantando: “Donde nací una vez moriré siempre”.

Dudo mucho que Montesinos tenga el lugar que merece en la poesía andaluza. Pertenece a una generación casi perdida. José Manuel Caballero Bonald le trató con evidente displicencia en sus memorias, llamándole “macilento lírico becqueriano”.  Mi padre cruzó muchas cartas con el poeta sevillano. Cartas con aroma a confidencia que Montesinos enviara con el membrete de la Asociación Cultural Iberoamericana o desde su domicilio en la madrileña calle Valderribas. Montesinos le cuenta, por ejemplo, su Premio Nacional de Literatura por El tiempo en nuestros brazos y le desea un feliz año 1959. Hay una amistad a lo largo que las cartas corroboran. Se cruzan nombres de poetas sevillanos, proyectos, futuros encuentros en torno a la poesía. Montesinos le hace a ver a mi padre que Manuel García Viñó quiere publicar en su colección Ixbiliah el ensayo que ha escrito sobre su poesía. De intermediaria ha actuado la poeta sevillana María de los Reyes Fuentes a la que casi nadie hoy cita o recuerda. Pero de esa posibilidad editorial Montesinos pasa al apunte amoroso. ¿Ha roto mi padre con su novia francesa llamada Fafá? ¿Quién era aquella cursillista francesa, memoria femenina de los Cursos de Verano que la Universidad de Sevilla organizaba en Cádiz?  “Como no me cuentas nada, hemos supuesto -a través de la conversación de un amigo- que ya no eres novio de Fafá- oh inconstantes poetas- y que te dedicas de una manera apasionada a que te presenten a las chicas guapas que acuden a tus conferencias”.

Vidas desplegándose en cartas amarillas, cotidianas, sinceras, afectuosas. En una carta Montesinos evoca una estancia en Cádiz. Verano gaditano de 1958. Hay referencias gastronómicas, a las almejas a la plancha del Bar La Caleta, y al trolebús de San Severiano, y a los tranvías. “El verano es un trozo de vida que no vuelve”. Lo escribe Montesinos y pareciera uno de sus versos. En otra carta Montesinos espera la llegada de mi padre a Madrid, a la estación de Atocha. Pero mi padre no llega. Aducirá una enfermedad, pero la cosa suena a excusa. Montesinos tampoco podría haberlo recibido en la estación. Está postrado en la cama por una gripe. No será posible ese encuentro madrileño. Mi padre iba a ser atendido por la familia de Marisa, mujer de Montesinos.

La amistad va y viene como la vida. Montesinos manda versos para la revista Caleta. Dedica a mi padre un ejemplar de Los años irreparables: “A mi fraternal José Manuel García Gómez, en recuerdo y agradecimiento del verano gaditano de 1958. Con mi mejor abrazo”. A veces la comunicación se interrumpe porque mi padre no responde. Montesinos regresará a Cádiz. Buscará a mi padre en su casa de la calle Cervantes. Le dicen que se ha casado con la que será tu madre. Montesinos le reprocha no haberse enterado de su boda en otra carta.

Cartas y más cartas. Los buzones del tiempo y la memoria. Montesinos añorando el mar gaditano. Mi padre disertando sobre su poesía.Yo mismo encontrándome con el hijo del poeta muchos años más tarde en la Gran Vía de Madrid. Montesinos y las vidas del poema a cien años de su nacimiento. Noventa del nacimiento de mi padre. Correspondencias sutiles y líricas entre Sevilla y Cádiz. Sobre mi mesa el viejo ejemplar de El libro de las cosas perdidas dialogando secretamente con De la niebla y sus nombres. ¿Quién citará hoy a Rafael Montesinos mientras cae la tarde de marzo y la memoria escoge el camino más corto para herirnos?