en Canción

Mediterráneo da Capo en Sevilla

Los más viejos del lugar se acordarían de la Glorieta de los Lotos, de la primera presentación en Sevilla de Joan Manuel Serrat con el disco de Antonio Machado recién alumbrado. Otra primavera, lejana en el tiempo, la de 1969. Casi medio siglo después Serrat persiste en el oficio de cantar, necesita del escenario y del público para encontrar cobijo, para alejarse de los fantasmas de la vejez, para seguir construyendo un relato musical irreprochable, aunque las musas ya no estén de su parte.

Serrat sublima el mar que le vio nacer, se encomienda a Charles Trenet, regresa al origen, al pie infantil sobre la arena primera del recuerdo, al primer oleaje y a uno de sus discos legendarios, Mediterráneo, rubricado en el verano de 1971 en Calella de Palafrugell donde Josep Pla encontrara también su paraíso. El cantautor ha llamado Mediterráneo da capo a esta gira homérica que como basamento usa esta frase de Aristóteles: “Existen tres clases de personas: los muertos, los vivos y los que van por mar”. Y Serrat pertenece a esta última estirpe. Lo leemos en el programa de mano donde algo tiene que ver Joan Ollé, el tipo que no apareció -ni se excusó por ello- en la presentación barcelonesa de Jacques Brel, una canción desesperada, cuando estaba anunciado. Cómo olvidarlo…

Serrat regresaba a la primavera sevillana con su canícula y su huerto claro donde madura el limonero y su calle del Aire donde mi padre, en otro tiempo, buscaba la huella del desterrado Cernuda. La patria es la canción, el infinito mar, el camino, el sueño quijotesco, el amor que se canta y no se olvida. El cancionero de Serrat ha sido siempre límpido, bilingüe, intenso, palpitante, al margen de hacedores de patrias e intolerantes. Y las canciones de Mediterráneo conservan una asombrosa vigencia. Nacieron maduras, sabias, con su añoranza, melancolía y poesía perpetua. Parecieran como recién compuestas con su lirismo despojado de artificio, su expresividad, su riqueza melódica.

Uno de los atractivos de esta gira es precisamente escuchar el disco completo porque Mediterráneo, al margen de sus clásicos reiteradamente cantados por el cantautor en sus recitales, tiene también sus canciones menos transitadas o recordadas. ¿Hace cuanto que no le escuchábamos Vencidos, Vagabundear, La mujer que yo quiero, Tío Alberto o Qué va a ser de ti? No han sido canciones ni de antologías desordenadas ni de peticiones del oyente en el crepúsculo de los conciertos. Por eso resulta interesante volverlas a escuchar en la voz de su creador. Y sentir cómo Vencidos o Vagabundear siguen ondeando su bandera de libertad al vent, que tanto valía para el tardofranquismo como para este tiempo confuso de procés y presos políticos de nuevo cuño. Los insultadores de ayer cambian hoy de cara pero vienen a ser los mismos que antaño porque los intolerantes suelen parecerse y mucho.

Serrat sigue en plena forma. Para algunos su conservadurismo musical le delata, pero ya Serrat se reinventó admirablemente en los ochenta, arriesgó y ganó cuando fue preciso, y no se puede ser sublime sin interrupción. Lo que no cabe duda es que sigue siendo un placer escucharle, dejarse llevar por su propuesta, sabiendo que estamos cerca de ese final de trayecto que en cada recital la canción Fiesta parece anunciarnos con un carácter cada vez más simbólico. Podemos reprocharle que en esta tournée, una vez más, el repertorio escogido nos remita al Serrat de los años setenta, atendiendo en mucha menor medida al de las décadas posteriores. La canción más reciente que interpretó Serrat en Sevilla data de 1984. Me refiero a la bellísima Plany al mar. No hubiese costado nada, dado la temática acuática y marina, haber recuperado El hombre y el agua de Utopía, más que nada por compensar décadas y repertorios. O Mis gaviotas, como primera experiencia preñada de mar. O la extraordinaria Cuando me vaya, tan olvidada, tratándose de una de las grandes canciones de su obra, y Serrat sin saberlo: “Y las olas/ sembrarán caracolas/ arena y algas entre tus pies/ Los besarán y se irán después/ hacia otra playa/ Cuando me vaya. 

Pero en eso, en ir más allá de los clásicos populares, el Serrat de los últimos tiempos no ha sido muy dado. Lo suyo es complacer a un público que quiere escuchar una y otra vez Penélope, Cantares y La Saeta. Al menos tuvimos una maravillosa Menos tu vientre y la siempre enorme Romance de Curro el Palmo que escuchada al lado de Tatuaje refrenda hasta que punto Serrat podía haberse marcado un disco de coplas para rematar su discografía, abandonada de un tiempo a esta parte, y como un regreso al origen, a la fuente materna, a la señora Ángeles. Serrat, coplas da capo, con la Piquer muy presente. No estaría mal esa idea dado que las musas andan de vacaciones desde los tiempos de Hijo de la luz y de la sombra, su segundo disco dedicado a Miguel Hernández.

Pero al margen de reproches puntuales Serrat sigue siendo un artista que habita el escenario como pocos, capaz además de ofrecer un espectáculo en el que todos los detalles cuentan, incluido el espacio escénico que imaginara el recordado Fabià Puigserver. Serrat atesora un cancionero imbatible, que por más que lo interprete, no se agota. A ello sumar el magnífico plantel de músicos que le acompaña: la dupla Miralles- Kitflus – piano y teclados- a los que añadir David Palau a las guitarras, Tomás Merlo al contrabajo, Vicente Climent a la batería y la novedosa presencia de Uixi Amargos a la viola. La apoteosis sevillana en el colmado auditorio de Fibes acabó con La saeta, estallante, machadiana y primaveral. Como no podía ser de otro modo.