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Miscelánea
I Tu silencioso café de media tarde, la sombra del recuerdo que agrieta las mejillas, la palabra partida, la luna que murmura en la ventana, los silbos perdidos, la tierra amada, corrales de muertos sobre el mundo, tu verso es alto y estalla y ruge al amor perseguido, destronado, se adentra en las alamedas, tiene una fragancia turbia, un resquemor inveterado, un inasible temblor de secretos manchando las sabanas.
Tu ausencia escrita, caligrafiada, la nada del viento posando el filo de un cuchillo en tus ojos abiertos, tu lengua arañando el espacio, de tu pueblo encumbrado, barranco poderoso que reza al infinito, bañado en ocres, preñado de ascensiones, de riscos y ternuras que el paisaje te descubre, donde es urgente el poema que eterniza el ramal y el vuelo apresurado del ave hacia lo alto y la novia perdida en la desierta plaza con la mirada ausente, volada del mapa luminoso de los ojos.
II Tu pueblo de espigas florecidas y riscos aguerridos, barroco en su forma de extenderse, de abrir las manos hacia la tierra, que te abre su aurora entre los dedos, tu pueblo cantado por tus versos, rompiendo la mudez nocturna de la sierra, la ebriedad silente de los montes con la luz encendida del poeta, inmóvil en su rincón, escribiendo, conjugando palabras, abriendose, sangrando en derredor, buscando el sentido de las cosas, en medio de la lluvia, en medio de la queja, en medio de todos los olvidos y todas las derrotas.
III Las estrellas desatadas que se enredan al clamor de tu garganta malherida, tu silueta de pájaro al acecho, de pájaro sin trino, de pájaro sin cielo, llorando la costumbre de verte en las palabras que duelen, que se escapan de la risa, de la fiesta, del canto desahogado.
Porque sangrabas amapolas y dejabas tu cansancio antiguo sobre los campos, y te derramabas en las azarosas cuestas de tus calles, dejando ir tu paso de equilibrista lentamente, con un suspiro leve y un lamento terso que enjuagaba su verdad en la fuente.
IV Sabías del eco campesino, de la tarde que convoca sonidos, que recupera el corazón de los amantes, que acaricia las plazas y acumula adjetivos.
Y nunca quisiste una ciudad agónica, de tráfago, de humo, de cláxones ardiendo y hombres empujándose en el metro, más bien quisiste el aire detenido de tu pueblo, el sol que florecía en tus pestañas, tu verso repartido en el perfil del viento.
Aunque otros te apuntaran con el dedo y te dijeran cosas que no comprendías, aunque sórdidos los alcahuetes implacables te injuriaran desde su moral maldiciente. aunque a veces tu café de media tarde tuviera mucho de carcoma interminable, de ojos clandestinos acusándote, de amores que no sueltan amarras cuando deben, que se callan y remuerden la conciencia y marginan los besos, aquellos besos que el recuerdo evocara en medio de brisas juveniles, de hojas otoñales, dulcemente caídas en la tierra.
V Hoy evoco la niebla de tu puerto, la última soleá de tu madrugada, tu último café de media tarde, tus últimos apuntes en la hoja, hoy evoco tu despedida de la vida.
Hoy busco el barco de juguete de tu infancia, las estaciones, los hilos de la vida, los restos de tu amor en los azules del día, y no quiero pensar en la tragedia de los hombres.
Hoy tu verso retorna como savia, y está tan lejana tu muerte y la última tonada de las campanas, y lejano el jardín del sueño profundo en el que habitas. y más lejano el hombre perseguido, maniatado.
Hoy está cerca tu escritura, tu poema alado, y puedo sentir tu verso alargándose en la hoja con las manos abiertas a la vida.
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| Luis García Gil. 2005 |