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Miscelánea



PALABRAS PARA JULIO MARISCAL

I

Tu silencioso café de media tarde,

la sombra del recuerdo que agrieta

las mejillas, la palabra partida,

la luna que murmura en la ventana,

los silbos perdidos, la tierra amada,

corrales de muertos sobre el mundo,

tu verso es alto y estalla y ruge

al amor perseguido, destronado,

se adentra en las alamedas, tiene

una fragancia turbia, un resquemor

inveterado, un inasible temblor

de secretos manchando las sabanas.

 

Tu ausencia escrita, caligrafiada,

la nada del viento posando el filo

de un cuchillo en tus ojos abiertos,

tu lengua arañando el espacio,

de tu pueblo encumbrado, barranco

poderoso que reza al infinito,

bañado en ocres, preñado de

ascensiones, de riscos y ternuras

que el paisaje te descubre, donde

es urgente el poema que eterniza

el ramal y el vuelo apresurado

del ave hacia lo alto y la novia

perdida en la desierta plaza

con la mirada ausente, volada

del mapa luminoso de los ojos.

 

 

II

Tu pueblo de espigas florecidas

y riscos aguerridos, barroco

en su forma de extenderse,

de abrir las manos hacia la tierra,

que te abre su aurora entre los dedos,

tu pueblo cantado por tus versos,

rompiendo la mudez nocturna

de la sierra, la ebriedad silente

de los montes con la luz encendida

del poeta, inmóvil en su rincón,

escribiendo, conjugando palabras,

abriendose, sangrando en derredor,

buscando el sentido de las cosas,

en medio de la lluvia, en medio

de la queja, en medio de todos

los olvidos y todas las derrotas.

 

 

III

Las estrellas desatadas que se enredan

al clamor de tu garganta malherida,

tu silueta de pájaro al acecho, de pájaro

sin trino, de pájaro sin cielo, llorando

la costumbre de verte en las palabras

que duelen, que se escapan de la risa,

de la fiesta, del canto desahogado.

 

Porque sangrabas amapolas y dejabas

tu cansancio antiguo sobre los campos,

y te derramabas en las azarosas cuestas

de tus calles, dejando ir tu paso

de equilibrista lentamente, con un

suspiro leve y un lamento terso

que enjuagaba su verdad en la fuente.

 

 

IV

Sabías del eco campesino, de la tarde

que convoca sonidos, que recupera

el corazón de los amantes, que acaricia

las plazas y acumula adjetivos.

 

Y nunca quisiste una ciudad agónica,

de tráfago, de humo, de cláxones

ardiendo y hombres empujándose

en el metro, más bien quisiste el aire

detenido de tu pueblo, el sol que

florecía en tus pestañas, tu verso

repartido en el perfil del viento.

 

Aunque otros te apuntaran con el dedo

y te dijeran cosas que no comprendías,

aunque sórdidos los alcahuetes implacables

te injuriaran desde su moral maldiciente.

aunque a veces tu café de media tarde

tuviera mucho de carcoma interminable,

de ojos clandestinos acusándote,

de amores que no sueltan amarras

cuando deben, que se callan y remuerden

la conciencia y marginan los besos,

aquellos besos que el recuerdo evocara

en medio de brisas juveniles, de hojas

otoñales, dulcemente caídas en la tierra.

 

 

V

Hoy evoco la niebla de tu puerto,

la última soleá de tu madrugada,

tu último café de media tarde,

tus últimos apuntes en la hoja,

hoy evoco tu despedida de la vida.

 

Hoy busco el barco de juguete

de tu infancia, las estaciones, los hilos

de la vida, los restos de tu amor

en los azules del día, y no quiero

pensar en la tragedia de los hombres.

 

Hoy tu verso retorna como savia,

y está tan lejana tu muerte y la última

tonada de las campanas, y lejano el jardín

del sueño profundo en el que habitas.

y más lejano el hombre perseguido, maniatado.

 

Hoy está cerca tu escritura, tu poema alado,

y puedo sentir tu verso alargándose

en la hoja con las manos abiertas a la vida.

 

 

 

 

 

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 Luis García Gil. 2005