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Manuel Ríos Ruíz

¿Quién leerá este otoño a Manuel Ríos Ruiz? Leerle aunque sólo fuera como modo de homenajearle. No he visto a demasiados poetas citarle, homenajearle, lamentar su adiós. Me sumerjo en la biblioteca de mi padre con quien compartiera años de amistad literaria. Encuentro rastros del poeta jerezano. Por ejemplo, La búsqueda, poemario publicado en 1963 que Manuel Ríos dedica a mi padre: “A José Manuel, con mi amistad y mi abrazo, 6/3/63”. El poeta dedicaba su libro a su madre, perenne azahar de ternura y se encomendaba a una cita de Lorca: “Vengo a buscar lo que busco, mi alegría y mi persona”. Leo aquellos versos de La búsqueda esta noche de octubre. Ahora son otros los poetas que marcan tendencia. ¿Sabrá Marwan quien es Manuel Ríos Ruiz? ¿Sabrá dónde muere el verso proclamado en la orilla del recuerdo? ¿En qué hoja en blanco se vació el poeta antes de entregarse al olvido?

Anoto dos títulos: Poema de todo lo vencido y Elegía íntima, títulos que dan medida de la búsqueda del poeta: “He perdido el ayer, en esa vuelta/ rodada que se pega por el viento/ he perdido el ayer, como se quiebra/ el eco de una voz entre los cerros”. La palabra cerro que tan bien sonaba en la voz de Atahualpa Yupanqui. Qué pronto canta el poeta lo perdido. Qué pronta la nostalgia abrazada al tenue verso. Qué rápida la añoranza, la cuita, el dolor de habitar lo perdido. Manuel Ríos Ruíz revela como poeta su condición de hombre apegado al flamenco, estudioso de todos los suspiros del cante más genuino. El poeta le canta en un soneto a la soledad. Se confiesa, divaga, cita a Martí y cuenta las estaciones del hombre, de la primavera al invierno. También expone su andalucismo en otro de los sonetos: “Soy andaluz. Miradme por la frente/ este juego de luna con arena/ la carne que condeno y me condena/ este perfil de paz inexistente…”.

En La búsqueda Manuel Ríos Ruiz dedicaba Semblanza del alma a mi padre y a Alberto Barosaín. Tiempos de dedicatorias y afanes literarios en forma de revista. A Caleta de José Manuel García Gómez le sucedió La Venencia que nació en Jerez impulsada por el Grupo Atalaya de Poesía. “La venencia se emplea en las bodegas jerezanas para sacar vino de las vasijas de roble, y verterlo directamente en las copas. Al caer el jerez, desde cierta altura, se mezcla con el aire, y su aroma se aprecia mejor”.

Repaso algunos de aquellos números venencianos. El primero con Antonio Hernández, Victoriano Cremer, Enrique Badosa, Leopoldo de Luis, Carlos Murciano, María de los Reyes Fuentes, Leonardo Rosa Hita, Antonio Luis Baena, Juan Ruíz Peña o Ángel García López. La portada la firmaba el pintor Gutiérrez Montiel. Hay un latido cómplice en esos números de La Venencia, revista sutilmente conducida por Manuel Ríos Ruiz en cuya colección de libros apareció Tierra de secanos de Julio Mariscal, La valija de Diego Jesús Jiménez y el citado La búsqueda de Manuel Ríos Ruíz.

En el número 2 de La Venencia se dejaba ver Gloria Fuertes y en el 3 se citaba a Luis Jiménez Martos pidiendo que retornen a España los restos de Antonio Machado. Repaso también el número 4 dedicado a Garcilaso de la Vega con esa lengua de los poetas que va por donde el dolor las guía. En el cinco de La Venencia asoma en portada Vicente Aleixandre –año de En un vasto dominio, 1962,  y aparece entre los colaboradores José-Miguel Ullán con su Estampa dolida, propia de un apunte de posguerra. En este número pueden leerse los comentarios críticos de actualidad literaria de Manuel Ríos Ruíz.  Cruzo La Venencia con Flamenco, Cuadernos de la Cátedra de Flamencología y Estudios Folclóricos Andaluces. Se editaba en Jerez con la dirección de Juan de la Plata. En esa primera entrega la portada llevaba un dibujo de Manuel Ríos Ruíz que en la tercera entrega le dedicaba un poema al flamencólogo Anselmo González Climent. Son tiempos en los que mi padre conferenciaba también sobre flamenco, estrechaba la mano de Juan de la Plata y despachaba bolos con Chiquito de Cai. Lo más hondamente popular no podía serle ajeno.

Todo eso he rastreado estos días pensando en Manuel Ríos Ruíz, en La búsqueda, en La Venencia, en la vida y la literatura por vivir que fue repartiéndose en pliegos, en recitales, en fugaces revistas y en libros de tirada reducida de los que hoy casi nadie se acuerda.

A la par que se marchaba Ríos Ruíz se fue otro poeta, el almeriense Julio Alfredo Egea, que también cruzara cartas y sintonías con mi padre. Abro un libro curioso y nada desdeñable: Desventurada vida y muerte de María Sánchez, Premio Angaro y Premio Ciudad de Palma, 1973. Se lo dedica a mi padre desde Granada donde vivía: “A José Manuel García Gómez en el recuerdo y la amistad, 1974. En ese libro de Egea hay poemas que nos conducen a una época muy concreta. Léase, por ejemplo, Pasan los hippies, para constatarlo, o La negra donde se mezcla la Coca Cola con el L.S.D. ¿Quién leerá a Julio Alfredo Egea mientras la luna de octubre derrama su blancura en la arena solitaria de la playa?

Los poetas del tiempo de mi padre se van muriendo todos. Los revivo en un dietario que va y viene con esa inconstancia de la que uno no puede escapar del todo. “No sabemos/ si has sido asesinada o redimida/ María Sánchez, niña que te quedas/ tan sólo por mi llanto…”. Murieron Julio Alfredo Egea y Manuel Ríos Ruíz. En el olvido cierto de los poetas que hoy seguramente son tendencia. Yo me tuve que acordar de aquel temblor en el verso, de la poesía urgente y necesaria de aquel tiempo, de aquella generación de poetas andaluces que no siempre se citan o se traen a la memoria.