François Truffaut

Truffaut

Luis García Gil recuerda en el epílogo de este ensayo unas palabras de Miguel de Unamuno – a propósito de Flaubert- que le sirven para sintetizar la clave en la que se sustenta el cine de François Truffaut: “Sólo en obras de autores mediocres no se nota la personalidad de ellos, pero es porque no la tienen. El que la tiene la pone dondequiera que ponga la mano y acaso más cuanto más quiera velarse”. Esta condición de cineasta para el que sus películas son una prolongación necesaria de su biografía es clave en el retrato que el autor hace de Truffaut.

La reflexión va más allá de las directas referencias autobiográficas que Truffaut tejió en el personaje de Antoine Doinel –trasunto cinematográfico a medias del director y a medias de su protegido y doppelgänger, Jean Pierre Léaud- a lo largo de cuatro películas, empezando por su propio debut (Los cuatrocientos golpes, 1959) y durante dos décadas (hasta llegar a El amor en fuga, 1979). A Truffaut también se le entrevela en sus otras películas, incluso cuando adapta a Ray Bradbury (Fahrenheit 451), 1966), William Irish (La novia vestía de negro, 1967); La sirena del Mississipi, 1969) o Henri-Pierre Roché (Las dos inglesas y el amor, 1971). Hasta cuando más criticado era por algunos compañeros de profesión –empezando por su antes gran amigo Jean Luc Godard- que le acusaban de hacer el mismo tipo de cine “prefabricado” y sentimental que tanto había criticado en sus tiempos de “joven turco” de Cahiers du Cinémá, fue capaz de realizar un filme tan personal (y poco comprendido) como La habitación verde (1978).

Uno de los capítulos más interesantes de este libro (que repasa la trayectoria vital del director y analiza sus películas una por una) es el referido a las cintas que Truffaut pretendió hacer y no pudo. Entre ellas están algunas que acabaron pasando a otras manos como Bonnie y Clyde, que le fue ofrecida en primera instancia a sugerencia de los guionistas Robert Benton y David Newman, grandes admiradores suyos; sólo cuando Truffaut (quien no quería que una estrella distrajese al público de la historia) se desligó del proyecto al ser elegido Warren Beatty como protagonista, la dirección pasó a manos de Arthur Penn. Pero, por supuesto, hay muchas películas que Truffaut pudo haber hecho de las que jamás sabremos nada por culpa del cáncer que le apagó el motor de su cámara a los cincuenta y dos años.

Manuel Muñiz Menéndez. ABC Cultural.

 

François Truffaut era un hombre de cine por encima de todas las cosas. Vida y cine son inseparables en su semblanza. Un realizador moral y sentimental. La declarada devoción por el cineasta parisino exhibida por el poeta gaditano Luis García Gil, el lirismo y la emoción que respiran sus líneas, no es humo que ciegue sus ojos. Matrimonia entusiasmo y penetración en esta monografía que busca desentrañar las claves de su obra y reafirmar su personalidad. Una defensa a ultranza de su cine debido a su elogio de la ternura, la pedagogía, la emoción y el placer.

Ramón Freixas. Dirigido Por.

 

Actualmente el cine de François Truffaut sigue ocupando un lugar de preferencia entre los cinéfilos y las ansias por revisar su filmografía se mantiene vigente entre sus numerosos admiradores. En este sentido, baste recordar una reciente proyección de La noche americana (1973) en la Filmoteca catalana con un público absolutamente entregado a ese espíritu tan rematadamente romántico de un cine hecho desde el amor más profundo. Este veterano interés y el paulatino descubrimiento de nuevas generaciones, provocan la publicación de obras analíticas como este recomendable libro escrito por el gaditano Luis García Gil, y editado por Cátedra dentro de su colección Signo e Imagen / Cineastas.

El autor lleva a cabo un interesante estudio alrededor de la obra y figura del apasionado realizador galo, destacando las influencias de una infancia especialmente complicada, su legendario amor cinematográfico, la etapa como crítico de Arts y muy especialmente de Cahiers du Cinema —en cuyas páginas aprovechaba para ensalzar reiteradamente a cineastas como Howard Hawks y Sir Alfred Hitchock y reivindicar obras maestras como L’ atalante (1934) o Lola Montes (1955), entre muchas otras—, el impacto de la irrupción de la Nouvelle Vague y su huella fundamental, así como capítulos individuales de sus películas. García Gil incorpora elocuentes extractos de otras obras y monográficos acerca de Truffaut para introducir una parte significativa de su propio análisis, ofreciendo una lectura amena, agradable y llena de una pasión muy acorde a la del insigne cineasta.

Resulta fundamental el estudio acerca de la figura esencial del crítico y teórico André Bazin, auténtico padre de Truffaut, quien le instruyó y sirvió de infinita inspiración, corrigiendo y asesorando sus escritos en Cahiers du Cinéma —de la En una serie de films de su obra aparece el personaje de Antoine Doinel (Jean-Pierre Leaud), el alter ego del propio Truffaut.cual fue uno de sus creadores— e inculcando su teoría acerca de los postulados cinematográficos. Junto a Bazin, el célebre Roberto Rossellini, protagonizó la otra gran fuente de inspiración del cine de Truffaut; de hecho, el descubrimiento e impacto de Germania, anno zero (1948) ejerció una fuerza tan descomunal en el joven cinéfilo que sirvió para sentar las bases de su convicción como futuro realizador. El cineasta parisino siempre reconoció una auténtica devoción hacia el cine del maestro italiano del neorrealismo, pero es el trato de la infancia que aparece en la citada pieza dirigida por Rossellini, la delicadez y cuidado con la que presenta a los niños en un entorno devastado, lo que acaba imponiéndose en la percepción como espectador de François Truffaut.

A pesar de un tono general de marcado estilo informativo, García Gil se permite llegar a ciertas e interesantes conclusiones, como abrir la hipótesis de que La chambre verte sea su gran obra maestra. El libro ahonda en las cinco películas de la serie de Antoine Doinel, destaca la definitiva vinculación literaria de su cine — recordando que Truffaut amaba la literatura casi tanto como el Séptimo Arte— y considera a las dos adaptaciones de Henri-Pierre Roché —Jules y Jim (1961) y Las dos inglesas y el amor (1971)— entre lo mejor de su filmografía. La enorme pasión hacia sus dos artes favoritos le hicieron crear una ilusión consistente en ver tres películas al día y leer tres libros a la semana. Asimismo, García Gil reivindica la última etapa de su filmografía, a menudo ninguneada y víctima de una lamentable distribución en nuestro país.

Si bien resulta esencial su decidida admiración y el reconocimiento casi exclusivo de su obra como realizador, el autor no pasa por alto la limitada y esporádica condición como intérprete en tres de sus películas —El pequeño salvaje (1969), La noche americana y La chambre verte (1977)—, cuestionado su habilidad delante las cámaras pero al mismo tiempo defensando la tesis de la lógica por la gran personalidad de los personajes a quien dio vida: el profesor Jean Itard, el director de cine Ferrand y el necrofílico Julien Davenne tenían que ser interpretados por el propio Truffaut. Los parelalismos con su verdadera personalidad así lo requerían y los resultados finales ahondan en el acierto y valentía del realizador ante semejante reto.

Resulta igualmente interesante el análisis acerca de la rivalidad Truffaut-Jean-Luc Godard, o más concretamente sobre el desprecio con el que el realizador de Banda aparte (1964) infr"La historia de Adele H." se corresponde con la ultima etapa de Truffaut, que en su monografia Garcia Gil reivindica con especial entusiasmo.avaloró el talento de su antaño amigo y compañero, atacando su forma de hacer cine y acusándolo de no inventar historias y de su participación como actor en producciones norteamericanas. El carácter frío de Godard y sus particulares reglas de entender el cine chocaron con el espíritu apasionado de Truffaut y su deseo de hacer siempre la película que más le apetecía.

Entre las curiosidades se significa especialmente divertida y entrañable la que vivió el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante cuando conoció a Truffaut coincidiendo con su tardía presencia en una multitudinaria sesión y su inesperado incidente tras sentarse en su butaca y caerse al suelo, desde donde continuó disfrutando de la proyección como si nada hubiera sucedido. Asimismo, resulta ciertamente interesante la recopilación de algunas declaraciones del propio cineasta galo en las que reconoce su desmesurada pasión hacia el cine y las consecuencias que conllevaba, como cuando reconoce que podía ver una misma película numerosas veces pero que se veía incapaz de contar su argumento de forma correcta a causa de su obsesiva atención hacia algún detalle en particular.

En definitiva, un libro indispensable para los numerosos incondicionales truffautianos pero también muy interesante para neófitos. Ambos lectores devorarán un libro tan apasionado como ese mismo gran cineasta que nos dejó muy temprano pero de cuya filmografía seguimos disfrutando incesantemente. Con el paso del tiempo, la cuestión «truffautiana» de la importancia del cine con respecto a la vida sigue aumentado su interés.

Albert Galera.