Jacques Brel, una canción desesperada

Jacques Brel, una canción desesperada

Afrontar la biografía de un artista que vivió en otro tiempo y otro lugar demanda la aportación de pluses para compensar ese distanciamiento. Luis García Gil no es belga ni francés, sino gaditano, y cuando murió Jacques Brel, en 1978, tenía 4 años. El suyo no es, por tanto, un relato de proximidad, que exhume memorias genuinas o un trato personal con el artista, pero compensa esas trabas irremediables con una mirada sesuda al personaje y, sobre todo, a su obra: un material creativo siempre descifrable por una sensibilidad laboriosa. La de García Gil lo es, como demuestra este repaso hondo, quizás "desesperado", a la trayectoria de Brel desde su prehistoria hasta su influencia internacional: de Scott Walker a Jarvis Cocker.

El prólogo de Gabriel Sopeña acentúa uno de los atractivos del libro, la lectura breliana en clave española, con alusiones a su concierto en Barcelona en 1960 (en la desaparecida sala Emporium), comparaciones con poetas como Jaime Gil de Biedma o Vicente Aleixandre, y un repaso a espectáculos, recitales de homenaje y versiones del autor de "Ne me quitte pas" prodigados al sur de los Pirineos durante cinco décadas. El autor, avezado a las misiones complejas (hace tres años ya se las tuvo con otro gigante extemporáneo, Atahualpa Yupanqui), examina textos, modos, estados de ánimo y decisiones tácticas de Brel con un lenguaje intenso, implicándose en la aventura. No sería justo pedir más.

Jordi Bianciotto, Rockdelux, febrero de 2010.

Aléjense de este libro los lectores que esperen encontrar una biografía al uso del cantante belga. Si algún pero se le puede poner al ingente trabajo realizado por Luis García Gil sería precisamente el no haberse detenido algo más en las sin dudas jugosas entrañas de la vida personal de Brel. Hasta ahí los reproches, ya que la obra musical de este belga universal -lo realmente trascendente- es analizada con una profundidad y rigurosidad poco común en este tipo de escritos, primando siempre el análisis concienzudo y milimétrico de cada tema o grabación, evitando caer en fanatismos parciales de admirador irredento, tentación ésta realmente difícil de combatir, siendo como es Brel artista que despierta amores y odios tan viscerales como sus interpretaciones.

Arrancando desde sus primeros contactos con la interpretación en su Bruselas natal, García Gil nos va desgajando los peldaños fundamentales sobre los que edificó su particular escalera hasta el estrellato: la fundamental decisión de abandonar el hogar paterno para trasladarse a París y dedicarse exclusivamente a la canción, su crecimiento cualitativo como letrista, el crucial punto de inflexión que supuso su encuentro con François Rauber y Gérard Jouannest, arreglista y pianista con los que colaboró hasta el fin de su carrera, o su polémica y valiente decisión de retirarse de los escenarios en la cima de su carrera. Muy destacable es el análisis de la crónica social dibujada por Brel, auténtico azote de burgueses bienpensantes y meapilas ultracatólicos que poblaban El País Llano, como él llamaba a su tierra natal, con la que mantuvo una relacíón de amor/odio que le granjeó no pocas críticas. Imposible pasar por alto su inimitable expresividad corporal, sus letras cantando amores imposibles, así como la profunda influencia que su obra dejó en varias generaciones de cantautores -muy significativa en la Nova Cançó- y en intérpretes tan variopintos como Scott Walker o Marc Almond, huella que sin duda sería más profunda de haberse expresado en el idioma de Shakespeare

Manuel Borrero. Ruta 66, octubre de 2010