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La noche gaditana de Juan Marsé

 En un Cádiz lejano, a comienzos de los años sesenta, coincidieron mi padre y Juan Marsé. El escritor barcelonés que ya proyectaba Últimas tardes con Teresa, su obra consagratoria, andaba preparando un libro viajero que iba a titularse Viaje al sur, obra inédita que dejará de serlo a partir del mes de septiembre. Mi padre, referente cultural de la ciudad, sirvió de cicerone a Marsé que buscaba en el barrio de la Viña o en Santa María lugares donde fijar la mirada prosística. Ese Cádiz aletargado, provinciano, en la perpetua añoranza del esplendor perdido, podía ser un buen lugar para pintar la miseria de la baja Andalucía, tan festera como amarga. Y ahí en esa amargura de poeta provinciano, presionado por el franquismo, aparece mi padre mucho antes de fundar un colegio con nombre de rey tartésico, su gran obra, que le sobrevivirá.

Ese encuentro de mi padre y Marsé lo contó Josep Maria Cuenca en el vibrante acercamiento biográfico que dedicó al escritor barcelonés, Mientras llega la felicidad, no citado como se debiera entre tanto obituario. Si alguien quiere profundizar en la vida y obra de Marsé haría bien en asomarse a estas páginas que ofrecen un fresco preciso del escritor, perfectamente documentado. Otra cosa es la imagen injusta, apresurada, prostibularia, que ahí vertió Marsé sobre mi padre, “joven pálido, nervioso, de facciones casi orientales”, dibujado con la soledad del intelectual de provincias condenado al ostracismo, entre poemas celestiales garabateados en cafés y busconas con las que aliviar la desazón cotidiana. Aquel pudo ser mi padre antes de serlo en el retrato inmisericorde de una noche, pero después de aquello la vida prosiguió su curso. Mi padre encontró en la docencia una senda propicia y absolutamente vocacional. Fundó un colegio y una familia y fue ese otro José Manuel García Gómez que Marsé, con su gloria literaria, no conoció ni intuyó en ese trajín gaditano.

Recordé, inevitablemente, al enterarme de la muerte de Marsé de aquella vez de mi padre y el autor de Si te dicen que caí por un Cádiz provinciano, frente a un mar susurrante y legendario. No faltó en la hoja de ruta del escritor acodar el brazo y la prosa juvenil en la barra del cabaret Pay-Pay donde corría el champagne y el deseo en los proscritos escotes.

Ese Cádiz de esencias flamencas y repique de campanas catedralicias respiró Marsé, mientras mi padre se despidió de él para buscar el sueño y la almohada confortadora en su casa de la calle Cervantes. No creo que volvieran a verse. Algunos años más tarde, en una librería gaditana, mi padre se compraría un ejemplar de Últimas tardes con Teresa en cuya portada lucía esplendorosa la modelo danesa Susan Holmquist, fotografiada en un automóvil blanco por Oriol Maspons. Corría el año 1966. Mi padre ya estaba casado con mi madre. No era aquel soltero pálido, nervioso y enjuto que le había recibido en su viaje gaditano y le había mostrado los estudios de Radio Juventud donde tantas veces había soltado al aire un espacio titulado Versos a medianoche en compañía de otros locutores gaditanos.

Mi padre y Marsé ya están en esa región indefinible a donde la muerte nos lleva. El rescate de Viaje al sur me hará rebuscar en la memoria de aquel encuentro fugaz a la búsqueda de alguna fotografía donde ambos pudieran posar juntos. Al fin y al cabo la literatura de Marsé ha marcado mi vida lectora, libro a libro, párrafo a párrafo. Siempre vuelvo a las páginas de Si te dicen que caí, a su poderosa construcción, a esa palpitante Barcelona de posguerra que Marsé inmortalizó como nadie con la memoria de las aventis, con la caligrafía de los sueños y de los cines perdidos de la memoria cinéfila. Un escritor sin más patria que su escritura, alejado de nacionalistas recalcitrantes que siempre lo miraron con recelo por charnego y por mestizo.

Hoy quise rememorar a mi padre y a Marsé paseando por Cádiz como si la muerte nunca fuera a alcanzarles. Y me recordé leyendo Últimas tardes con Teresa en algún verano de mi adolescencia perdida, siguiendo el rastro del Pijoaparte por una noche de San Juan de 1956. “Se amaban sobre el rumor de las olas” subrayé en mi vieja edición de Mundo Actual Ediciones y portada irresistiblemente kitsch. Y también me vino a la memoria Patxi Andión en su casa toledana recordando el rodaje de Libertad provisional dirigida por su amigo Roberto Bodegas, en donde él encarnó a una especie de Pijoaparte y en la que Marsé, autor del guión,  hacía un curioso cameo dentro de un furgón policial. Aquella película también regreso a mi memoria entre la abundancia de necrológicas dedicadas a Marsé, donde alguno siempre aprovecha para demoler el mito. Pero Marsé ya estaba mucho antes de morir en la historia de nuestra literatura. No solo por Últimas tardes con Teresa o Si te dicen que caí sino por obras más recientes como Caligrafía de los sueños o Rabos de lagartija.