en Ruedo ibérico

Forges

Nos desayunábamos con sus viñetas. El café, la media tostada y Forges como intérprete de las Españas, también la carpetovetónica, la que se resiste a desaparecer, la del tardofranquismo y luego la de la transición y la de la democracia con sus luces y sus sombras. Una mirada lúcida a través del lápiz  febril que nos deja huérfanos porque qué vamos a hacer sin Forges para entender lo que pasa y lo que nos pasó, para esa risa de primera hora de la mañana que nos reflejaba en el espejo taciturno y cotidiano.

Me acordé de un libro de entrevistas de Diego Galán titulado ¿Reírse en España?, publicado en 1974, en el que se exponía el auge del humor grafico cuando el franquismo agonizaba y la risa era el reverso necesario contra la infamia del régimen. Entre los entrevistados de aquel libro se encontraba Forges con su inconfundible estilo.

Hermano Lobo, memorias de Anacleto o de Blasillo, Mariano y Concha, ecos de Forgesound (ay Aute), del bengador justiciero y su pastelera madre. Forges discográfico y cinéfilo defendiendo en 1974 el pensamiento libre contra los meapilas de turno, contra la eterna España vociferante y hueca. En esta España de ahora hay cosas que lamentablemente no han cambiado. Extremistas de un lado y de otro en el barrizal cotidiano autorretratando sus miserias con el vocinglero dios-tweet de su lado.

Forges era otra cosa. Golpeaba con elegancia, avec elegance que cantaba Jacques Brel. Y nos desayunábamos el café con leche, la media tostada matinal y su viñeta.  Solía situarse fuera de foco, no gustaba de las multitudes y sabía sabiamente que el escepticismo  es la mejor manera de caminar por el mundo, sin esas certezas de los ideológicamente muy puros, de los que lo ven todo blanco y negro sin atender a los matices, sin cuestionarse ellos mismos sus sospechosas certezas.

En el libro de Diego Galán, Forges abrazaba un cierto individualismo liberal. “Con esto del humor –decía- se nos ha echado encima a los humoristas una responsabilidad crítica y de renovación o reforma de estructuras que me parece una exageración”. Lo forgiano como lo borgiano era una marca de estilo. Hacedor a su modo, cuentista también a través del microrrelato de la viñeta sugeridora, Forges y Borges hoy se encuentran en un imaginario parnaso de sapiencia compartida, de libros y viñetas. Compárese  la inteligencia de Forges con el humor burdo que algunos ensalzan, incluso con el bastinazo chirigotero del que Fernando Quiñones -otro hacedor del ingenio relampagueante- renegó al final de sus días. Temible es el gracioso con carné, decía Quiñones en un memorable artículo.

Forges no se daba demasiada importancia. Pero dignificó su oficio como pocos. En una viñeta sale Blasillo con su amigo que le dice “Se van los pájaros”. Y Blasillo responde “No todos”. Todo aquello que entonces se dijo tiene hoy absolutamente vigencia. Los pájaros de mal agüero, los pájaros de las corruptelas y la indecencia siguen sobrevolando el cielo hispánico. Pájaros y pájaras de este río revuelto llamado España.

Forges se ha ido. Blasillo ha ido a llevarle unas flores. Blasillo llora lágrimas de viñeta estremecida. Y mañana será otro día y nos desayunaremos más solos. La media tostada, el café y el periódico con un gran rectángulo vacío y una ausencia que no sabremos cómo cubrir.