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Ferias del Libro

feria_libro_0Retornan las Ferias de los demasiados libros que dijera Gabriel Zaid. Se lee poco en este país, se difunde poco la lectura, en los colegios se sigue leyendo mal y los profesores tampoco leen, pero eso sí aquí escribe todo el mundo, se tenga o no base, se haya leído mucho o poco, aquí el más pintado va y te saca un libro, autoeditado o no. Hay quien plantó el árbol, tuvo el hijo y sintió la necesidad de parir el libro. Da igual que el libro no pase de ser leído por los allegados: por el primo, la prima, el abuelo o la abuela o el amigo que sólo comprará el libro del amigo. Hay que escribir sí o sí, hay que sumarse a los demasiados libros y si es posible pasearse cual Muñoz Molina por las Ferias del Libro, que “yo soy escritor, cuidado conmigo”, cosa para la que no se exige currículo alguno, sencillamente uno es escritor o poeta porque el mundo me hizo así y no hay ningún sitio donde te den ese título ni se sepa los merecimientos que hay que obtener para ostentarlo.

En esa estamos, en el delirio de los demasiados libros y de los demasiados escritores. Y uno que piensa que hay que leer más y escribir menos. Eso sí que cada cual haga lo que le dé la gana. En Cádiz das una patada y te salen poetas y escritores, por todos lados. Escritores de novela negra o histórica, costumbristas, gastrónomos, cofrades, carnavaleros y un largo etcétera que los hay de toda condición, que en Cádiz hay mucho arte. Pero claro todos no pueden ser buenos. Pero todos se sienten escritores, salen en el Diario y se sientan en los cafés y respiran hondos y quieren escribir Rayuela de Cortázar si es que han leído Rayuela de Cortázar. A lo mejor toca admirar ante tanta multiplicación de escribidores impostados al escritor que guarda silencio, al que calla, al que se dice a sí mismo que preferiría no hacerlo, a los escritores sin libro.

Que no se me malinterprete pero a estas alturas uno es escéptico. En la cuarentena elijo la palabra escepticismo como animal de compañía. Y también soy romántico, eso nunca lo perdí, como el Truffaut de Las dos inglesas y el amor. Me gustan los que se juegan la vida en el verso o en la escritura. Como Julio Ramón Ribeyro tentado eternamente por el fracaso. Y de estos en la ciudad de los tres mil años encuentro pocos. Demasiada mostración y ego y mala memoria. Por eso los actos literarios están vacíos. Y yo con veinte años no me perdía un acto literario y no iba para dejarme ver, precisamente, que es lo que hacen algunos, dejarse ver. Pues nada, que ustedes las disfruten bien, la Feria del Libro y la otra, la de las sevillanas y los farolillos y la noria que da vueltas y más vueltas.

Pero lean, por favor, ante todo lean y no se dejen tentar por la mesa de novedades, por los escaparates. Miren más allá donde brilla la leyenda del libro escrito sin artimañas comerciales. Elijan un buen rincón, un lugar apacible y entréguense a la lectura, al margen de las ofensas de la vida. Somos lo que leemos. Claro que sí y lo que no leemos también. Demasiados libros y pocos, muy pocos lectores, que en España ya no hay analfabetos, anda que no. Demasiados libros y demasiados escritores que salen en televisión y demasiados premios dados de antemano a esos escritores que salen en televisión. ¿Carme Chaparro o Fernando Quiñones? Usted mismo. “Oye, que Guelbenzu recomienda en hermoso fajín la novela de Chaparro…”. Claro, claro, usted mismo.

Le saluda atentamente un tipo que ha escrito demasiados libros.

 

  1. Qué razón tienes, Luis. El pasado jueves, en la tertulia de Onda Cádiz radio, hablamos de lo mismo. Pero es una tendencia difícil de enmendar, por ahora. La literatura se ha separado del comercio editorial.

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