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Fahrenheit 451

 

    Alguien lee en un café. Se toma su tiempo. Distraído del mundo. Con su lápiz subraya un párrafo que considera indeleble. Cada vez es más difícil hallar a ese alguien que lee en un café. Cada vez ese acto de leer, de ser ese libro que uno lleva consigo, parece más osado, más alejado de este mundo apresurado. Alguien lee en un café. Pudiera ser un ejemplar ajado de Fahrenheit 451 con encabezamiento juanramoniano. Pudiera ser un acto de rebeldía frente al mundo ágrafo o frente a esa nueva especie que crece de los escritores que no leen.

Leer Fahrenheit 451 y acordarse de Ray Bradbury y del libro que José Luis Garci le dedicara en los albores de los setenta, Ray Bradbury, humanista del futuro, ejemplar cotizado en librerías de viejo, libro que ahora acaba de reeditarse. Acordarse de Bradbury y de François Truffaut que lo llevó al cine y de la novela gráfica de Tim Hamilton o del libro de Antonio Santos en Cátedra sobre Distopía y cine, pese a que el autor obvie mi libro dedicado a Truffaut también en Cátedra. En el libro de Santos hay un capítulo sustancioso dedicado a Fahrenheit 451, novela publicada en 1953 por la editorial neoyorkina Ballantine, en el contexto de la caza de brujas del macartismo.  La primera novela de Bradbury la inspiró un cuento suyo publicado dos años antes, The fireman.

Ray Bradbury y François Truffaut cruzaron sus mundos en los años sesenta. El cineasta parisino encontró en Fahrenheit 451 la distopía que buscaba, en torno a un mundo en el que los libros eran perseguidos y convertidos en ceniza. El gesto cotidiano de abrir una página y entregarse a la lectura desterrado por un régimen totalitario que quiere ciudadanos manipulables, ágrafos. De aquella película se publicó hasta un diario de rodaje o journal de tournage que arrancaba en Londres un 10 de enero de 1966.

Fahrenheit 451 supuso la única incursión de Truffaut en la ciencia ficción, un género aparentemente ajeno al cineasta parisino. Pero Fahrenheit 451 conllevaba una defensa de la literatura y funcionaba como parábola filosófica. En los años sesenta Truffaut fue a cruzarse con Bradbury y escogió a Oskar Werner (el bombero Montag) y a Julie Christie para los papeles principales. Una cuasi exangüe Christie venía de rodar Doctor Zhivago y Werner ya había trabajado con Truffaut en uno de los grandes logros del cine de los sesenta: Jules y Jim.

Fahrenheit 451 no goza del consenso de otras obras de su filmografía, pero es una obra personalísima de Truffaut al reforzar su amor a los libros, a la literatura impresa, que es tan importante como su cinefilia.

La primera idea de Truffaut respecto al casting tuvo que ver con el personaje de Montag, que debía interpretarlo Paul Newman a quien el cineasta había conocido en Mar del Plata. Bradbury y Truffaut se citan en Nueva York. Conversan. Helen Scott, asistente del cineasta, hace de intérprete. A Bradbury no le entusiasma que Truffaut quiera llevar al cine Fahrenheit y prefiere que se fije en uno de los relatos de Crónicas marcianas. Truffaut insiste en Fahrenheit y Bradbury acepta, pero no se involucra en el guion. Les Films de Carrose compra los derechos de la novela distópica. Y Truffaut abandona la idea de contratar a Paul Newman y piensa ahora en Jean Paul Belmondo para encarnar a Montag. Las películas suelen avanzar como trenes en la noche, pero también surcan caminos intrincados hasta encontrar la luz, la senda propicia. Belmondo se cae del proyecto, en parte por su agenda apretada, en parte por su exagerado caché.

El guion de Fahrenheit pasa por varias manos hasta que llega a Jean-Louis Richard, antigua pareja de Jeanne Moreau. Richard y Truffaut se entienden y darán por bueno una versión definitiva. La película está cerca. Pero ¿Quién será Montag? Charles Aznavour entra en liza. Truffaut mantiene informado a Bradbury por carta de todos los pormenores y de algunas dificultades que retrasan el rodaje. Se cae Aznavour. Y no hay quien financie el proyecto que Truffaut retoma con otro guionista, Claude de Givray a quien conoce muy bien.

Fahrenheit tiene visos de convertirse en un proyecto maldito que coincide en el tiempo con los prolegómenos del libro de conversaciones que Truffaut quiere dedicar a Alfred Hitchcock que se convertirá en una obra maestra de la bibliografía cinematográfica. Mientras Fahrenheit se aplaza Truffaut rueda La piel suave y renuncia a Bonnie and Clyde que terminará dirigiendo Arthur Penn. Pero el proyecto de adaptar Fahrenheit vuelve a rondarle la cabeza y encuentra el impulso de dos jóvenes productores americanos: Eùgene Archer y Lewis Allen. Ellos compran los derechos del libro de Bradbury a Les Films du Carrosse y Truffaut se entusiasma con la que pudiera ser su primera película americana. Vuelve a posicionarse Paul Newman en primer plano como posible Montag. La protagonista femenina sería Jean Seberg. Newman se caerá definitivamente del proyecto, pero ahora quien entra con fuerza es Terence Stamp que tiene que rodar antes El coleccionista con William Wyler. Tras barajar varias localizaciones surge la posibilidad de que Fahrenheit se ruede en Londres. Y el tupido bosque se va aclarando cuando Truffaut piensa en Oskar Werner como el capitán de los bomberos. Para los papeles femeninos se piensa en Jane Fonda y en Julie Christie. Los roles principales parecen claros. También la banda sonora que recae en Bernard Hermann, ligado per secula seculorum a las películas de Alfred Hitchcock.

Habrá más contratiempos, pero finalmente Fahrenheit 451 va a rodarse en los estudios Pinewood de Londres. Se afina el casting, pensándose en Julie Christie para los dos personajes femeninos (Linda y Clarisse). Truffaut conoce a Christie en Madrid donde la actriz está rodando Doctor Zhivago. Se puede hablar de flechazo, de complicidad al instante. Terence Stamp se cae del reparto porque no acaba de ver claro su status en la película. En ese momento Truffaut piensa en Werner como Montag y no imagina las dificultades a las que tendrá que hacer frente por culpa de la actitud poco colaboradora del actor austriaco.

Fahrenheit suponía para Truffaut un fardo pesaroso antes de empezar a filmar. El rodaje arranca por fin en Londres en los albores de 1966. Truffaut asume su exilio londinense. Se acompaña de sus dos ayudantes personales: Helen Scott y Suzanne Schiffman. El casting se cierra con Cyril Cusak como jefe de los bomberos. Como operador jefe actúa Nicholas Roeg, el futuro cineasta que dará a luz obras tan redondas como Amenaza en la sombra.

No será fácil para Truffaut encontrar facilidades en aquel contexto de parafernalia técnica. Fahrenheit revela esas dificultades de Truffaut por encontrar el tono. Pese a los aciertos puntuales de determinadas escenas y al poso libresco, ese que revela la personalidad lectora del cineasta parisino. En Fahrenheit los libros que arden tienen un significado especial para Truffaut. No son libros escogidos azarosamente. Por eso está Proust, Cocteau o Audiberti (Marie Dubois) o Genet (Diario de un ladrón) o Henry Miller (Sexus) o Twain o Dickens. También arden libros o revistas de cine como un ejemplar de Cahiers du cinema con una imagen de Al final de la escapada en la portada, antes de que Godard la tomara con Truffaut. También adquieren relevancia los libros que recitan de memoria los hombres-libro, fragmentos de obras maestras de la literatura universal.

De este modo Fahrenheit avanza, casi a trompicones. Y Truffaut lo cuenta en su diario, dejando señales de su cansancio creativo, de las dificultades con Werner que le rebate permanentemente con un ego excesivo e incontrolable.

Finalmente Truffaut dio por terminado el rodaje de Fahrenheit y la película entra en sala de montaje. Su deseo de adaptar el libro de Bradbury es una realidad, pero no la realidad que Truffaut probablemente deseaba. Rodar en inglés le había supuesto un hándicap. Pero la película tendrá un recorrido sustancioso y gustará al propio Ray Bradbury tal como escribirá en un telegrama fechado un 31 de agosto de 1966: “Truffaut me ha regalado una nueva forma artística de mi obra preservando el espíritu del original. Le estoy profundamente agradecido”.

Algunos críticos mostrarán sus reticencias, sobre todo en Francia. A su paso por el Festival de Venecia la recepción será más cálida. Más allá de sus defectos Fahrenheit decía mucho de Truffaut, de su persistencia fílmica, de su amor por la literatura que le había llevado hasta Bradbury y Fahrenheit, hasta la distopía de los hombres-libro, portadores de memoria libresca frente al totalitarismo ruín, que la historia nos enseña que puede ser de izquierda o derecha, que las ideologías generan monstruos. Esa metáfora de los hombres-libro conmovía a Truffaut que el día del preestreno parisino de Fahrenheit regaló a cada espectador un ejemplar de la novela de Bradbury.

Leer Fahrenheit en un café y luego visionar la película de Truffaut. Acordarse también del Bradbury poeta, de La última vez que florecieron los elefantes en el jardín, y de su cinefilia que nació en el cine local de Waukegan y que le llevó hasta John Huston y Moby Dick. Cine y literatura, alguien que lee, un libro que arde como si ardiese la memoria misma, la hoja subrayada, el rastro vital del lector ensimismado. Cada cual porta su novela y su verso febril. Alguien lee Fahrenheit 451. Y se acuerda de Bradbury y de Truffaut escribiéndose cartas, de la cita juanramoniana, de la lectura que nos salva mientras temerosos imaginamos un mundo sin libros, poblado de escritores que no leen, que solo se leen a sí mismos.

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