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El reverendo de Paul Schrader

 EN EL AÑO BERGMAN podría ser un ejercicio fascinante revisar Los comulgantes, película de los sesenta del sueco, tras visionar El reverendo (First reformed), una obra maestra del siempre interesante Paul Schrader. La sombra de Bergman es alargada pero Schrader es un cineasta que funciona más allá de influencias asumidas, las mismas que le llevaron a escribir un ensayo sobre el estilo trascendental de Ozu, Dreyer y Bresson. “En el mejor de los casos -escribía- el arte transcendental es un proceso de autodestrucción”. 

Todo ese universo de trascendencia y autodestrucción está en El reverendo, en la figura de ese hombre de Dios atormentado que es el sacerdote protestante Ernst Toller al que encarna con enorme contención expresiva Ethan Hawke. El cine es un arte cuando de pronto se dan las circunstancias creativas para ello. De pronto despunta alguna película que nos zarandea y El reverendo es una de ellas. Perturbadora, existencialista, llena de recovecos Schrader nos entrega una de sus mejores obras, tan despojada de artificios, tan desnuda, tan llena de vida interior pese a esa desesperación invernal que la recorre. ¿Se acuerdan de la cruda nieve de Aflicción, otro filme invernal de Schrader?

Toller y sus feligreses, Toller y el hijo muerto en contienda bélica, Toller y su diario íntimo, Toller y el alcohol, Toller y el cáncer, Toller y el cambio climático, Toller y el silencio de Dios, Toller y el místico Thomas Merton que me hizo evocar al poeta sevillano Manuel Mantero que ya le citaba como referencia de activismo cristiano en los años sesenta.

El reverendo es fruto de uno de los cineastas norteamericanos más interesantes, guionista de la legendaria Taxi driver y cineasta con alguna joya no suficientemente citada como Hardcore, un mundo oculto que José Luis Guarner ponía en sintonía con la fordiana Centauros del desierto.  Calvinista y bressoniano la obra de Schrader –incluidas sus aportaciones al cine Scorsese- merece la mayor de las atenciones. El reverendo es culminación de muchos de sus logros. Toller encontrará la redención en el amor, cuando todo parezca perdido y la única carta a jugar sea la del nihilismo. En cierto modo esa caída en desgracia tendrá una tabla de salvación en la feligresa encarnada por Amanda Seyfried.

Pero antes hemos entrado en un territorio escarpado de honduras vitales y espirituales con planos magistrales con el del hallazgo del cadáver de Michael (Philip Ettinger), el marido de Amanda, por parte de Toller. El suicidio de este personaje afecta al reverendo, le guía más profundamente hacia Amanda pero también le sacude espiritualmente. Toda esa profundidad está en esta película que como toda gran obra nos persigue tras verla y nos invita a seguir dialogando sobre ella.

  1. Un análisis profundo y sutil, sin duda. Excelente, como siempre, amigo Luis.

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