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El espía que surgió del frío

el-espia-que-surgio-del-frioDe vez en cuando se vuelve a determinadas películas que a su modo conforman la historia de un cine que se extingue, un cine en blanco y negro que las nuevas generaciones ignoran o directamente desprecian. Volver sobre El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965) supone revivir emociones muy particulares, emociones que me remiten al espectador adolescente que fui, insomne habitante de ciclos televisivos cuando la televisión servía para algo y no incitaba al aletargamiento colectivo.

Ahí está impasible y desolado Richard Burton en uno de sus grandes papeles de espía nada heroico, de espía a la deriva. Y también el gran e inolvidable Oskar Werner al que había disfrutado en la grandiosa Jules y Jim de Truffaut. Ritt, un rebelde del Hollywood delator, adapta ejemplarmente la novela homónima de John Le Carré y narra huyendo de efectismos con una mirada áspera y rotunda que sigue plenamente vigente. Aquel mundo marcado por la Guerra Fría no es tan ajeno al presente que vivimos marcado por otras tensiones ideológicas y donde lo humano se olvida muchas veces dando paso a la famosa sentencia de Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre, así en la tierra como en las redes sociales.

Seguimos la peripecia del espía Leamas- Burton con sumo interés en un paisaje cada vez más intrincado en el que las ideas terminan desbancando a las personas. Lo amoroso irrumpe en la vida de un personaje solitario y marca su destino. El espía que surgió del frío es un filme tan amargo como inolvidable. Nada que ver con la imagen idílica del espía que eternizó la saga Bond. Película veraz, de diálogos que fluyen al compás de la trama, cine verdadero, eterno, necesario.

Ahora que Spielberg estrena El puente de los espías no está de más volver a una película que el Rey Midas de Hollywood considera imprescindible. Y volver a sentir como un manotazo su final lacerante que hunde cualquier expectativa de felicidad para los protagonistas del relato.