en Cine

El cine según Monsieur Hitchcock

En su libro recopilatorio Crónicas de cine el crítico cinematográfico uruguayo Homero Alsina Thevenet escribía, a propósito de Marnie la ladrona de Alfred Hitchcock, una reseña en la que remarcaba la decadencia del cineasta y terminaba diciendo que si seguía así no le iba a quedar ni siquiera la adhesión del grupito de críticos franceses que le adoran.

No deja de ser curioso que el cineasta tuviera que bregar en vida con este tipo de desconsideraciones críticas, incluso viniendo de alguien tan curtido en cine como era Alsina Thevenet cuya bibliografía le revela como uno de los grandes escritores de cine en lengua castellana.

Hoy casi nadie se atrevería a discutir a Hitchcock ni su trascendencia en el arte cinematográfico. A cuarenta años de su muerte asomarse a su filmografía, desde sus primeras huellas en el cine silente hasta La trama, sigue resultando un ejercicio apasionante. Encadenados, La soga, Vértigo, Con la muerte en los talones, Psicósis son obras maestras a las que siempre se regresa. Son obras que han superado la prueba del tiempo y siguen siendo profundamente modernas.

Releer a Hitchcock, revisarlo, es constatar una evidencia. Su legado es inmenso y todo aquel que ha intentado imitarle ha fracasado estrepitosamente. Hay alguna excepción, como Fascinación de Brian de Palma que me pareció siempre una hermosa relectura hitchconiana, no del todo valorada.

A Hitchcock lo reivindicaron los críticos franceses, cuando casi nadie solía hacerlo. El mérito de aquellos escritores cinematográficos es haberlo entendido en su tiempo, en su momento, elevar su arte popular de la misma manera que se hacía con otros cineastas más intelectualizados. Hitchcock debía ocupar en esa historia del cine que se iba escribiendo el mismo lugar que Bergman o Fellini y parecida consideración autoral.

“¿Por qué los críticos de Cahiers du cinéma toman en serio a Hitchcock?” Esto le preguntaron a un desconcertado Truffaut un grupo de periodistas en Nueva York durante las presentaciones de Jules y Jim, una de sus obras maestras. Hitchcock no debía ser cosa seria para cierta corriente crítica y miope, y con objeto de refutar aquellos comentarios Truffaut dejó para la posteridad su libro de conversaciones con el cineasta que se convirtió desde su publicación en clásico instantáneo de la bibliografía cinéfila. La primera edición de El cine según Hitchcock la puso en circulación Robert Laffont en 1966.

En todo el proceso de esa obra, llamada por el propio Truffaut el Hitchbook, fue clave la implicación de Helen Scott. Helen fue la amiga y traductora americana de Truffaut, responsable de las relaciones con la prensa del French Film Office. Puede vérsela, como presencia fugaz, en una de las películas del cineasta parisino, Domicilio conyugal. Aquella amistad a lo largo nace durante el primer viaje de Truffaut a Estados Unidos, cuando Los cuatrocientos golpes recibe el premio a la mejor película extranjera por parte de los críticos neoyorkinos. En aquella primera experiencia neoyorkina para Truffaut Helen Scott, cinéfila y francófona, ejerce de intérprete y guía. Ambos personajes congenian de inmediato. Ella tendrá para Truffaut, dada la diferencia de edad, algo de protectora madre judía. El cine les acerca, les aproxima. No tanto la cuestión ideológica. El activismo de Helen Scott no concordaba en demasía con el pensamiento de Truffaut que nunca fue un cineasta político. Pero las cartas que Scott y Truffaut cruzan en los años sesenta tratan asuntos profesionales, pero también vitales y sentimentales. Hay confidencias parisinas y neoyorkinas que harán decir al cineasta: “Todo lo que me escribe es importante para mí. La quiero tanto como a mí mismo, lo que no es, ¡qué demonios! poco decir”.

A partir de su primer encuentro toda película de Truffaut contará en Estados Unidos con la promoción y sensibilidad de Helen Scott. La relación se tornará más profunda y cotidiana en la preparación de El cine según Hitchcock que no supondrá solo una obra para comprender a Hitchcock, sino para entender las motivaciones artísticas del propio Truffaut.

Para la cinefilia francesa el reverenciado Hitchcock era Monsieur Hitchcock. Ya en los años cincuenta en Cahiers du cinéma hace fortuna el vocablo hitchcocko-hawksiens como forma de reivindicar como autores a Hawks y a Hitchcock a los que se les desconsideraba como meros artesanos, sin valorarlos en su justa medida. Truffaut no solo va a ser, con Chabrol, un defensor apasionado del cine de Hitchcock, sino que en su cine de los años sesenta esa influencia va a estar presente en películas como La piel suave, Fahrenheit 451, La novia vestía de negro o La sirena del Mississippi. Todas ellas asumieron connotaciones hitchconianas e incluso para Fahrenheit y para La novia vestía de negro el cineasta parisino contó con Bernard Hermann para la banda sonora.

Es cierto que la influencia de Hitchcock en Truffaut fue más formal que temática y eso que ambos se fijaron en la novela negra de William Irish que inspiraría La ventana indiscreta y La novia vestía de negro. Sobre la primera Truffaut escribiría en Arts: “Se trata de la postura moral de un autor que contempla el mundo con la severidad excesiva de un puritano obsesionado”. Mucha de esa fascinación del cineasta parisino por Hitchcock se puede leer en esos textos tempranos de Truffaut en Arts donde podía comentar un día Atrapa a un ladrón y otro explayarse en sus consideraciones sobre El hombre que sabía demasiado.

A finales de 1954 Truffaut y Chabrol entrevistaron a Hitchcock en los estudios Saint-Maurice en los que el cineasta estaba ultimando Atrapa un ladrón. Fruto del nerviosismo de la espera en el bar de los estudios, por ese encuentro inminente, los dos jóvenes críticos terminaron cayéndose en la fuente helada que había en el patio de los estudios, circunstancia que obligó a posponer la entrevista a la noche. Truffaut le recordaría a Hitchcock aquel chapuzón inesperado cuando le propone en una larga carta hacer un libro de entrevistas que será mucho más que eso.

Todavía en 1980 Truffaut escribe en una retrospectiva romana dedicada a Hitchcock:

«Todo se aprende, pero no todo se adquiere, y si bien los discípulos pueden pretender, algún día llegar a igualar la virtuosidad del maestro, siempre les faltará la emotividad del artista. A pesar de que su estado de salud no le permitirá rodar su quincuagésimo cuarta película, Alfred Hitchcock continúa siendo todavía hoy, en 1980, no solo el hombre que sabe más, sino también el cineasta que más nos conmueve».

Cuarenta años después de su muerte El cine según Hitchcock de François Truffaut sigue siendo la mejor llave para penetrar en la fortaleza misteriosa del mago del suspense. Un libro inagotable e infinito que propició un documental magnífico dirigido por Kent Jones con la presencia fundamental en el guión de Serge Toubiana a quien seguimos debiendo el mejor libro que se ha escrito sobre Truffaut y que compartió con Antoine de Baecque. Queda claro que nada hubiera sido posible sin la intermediación de Helen Scott, traductora de aquellas  treinta horas de charlas que un magnetofón registró para la posteridad. Después de tantos años de aquellos encuentros la obra de Hitchcock y Truffaut sigue viviendo, citando a Jean Cocteau, como los relojes de pulsera de los soldados muertos.