en Cádiz

Diario de Cádiz, 150 años contando la ciudad

Mi padre lee Diario de Cádiz en algún rincón del pasado. Deben ser los años ochenta. Debe ser otoño por esa lluvia inaugural que empapa el cristal. Debe ser otoño por ese poema que mi padre acaba de pulir en la cuartilla. Mi padre lee el Diario a secas, el rotativo de los Joly. Las notas locales portan consigo el olor a imprenta de la calle Ceballos, el viejo oficio del periodista de guardia que fuma y fuma incansablemente, mientras escribe sin apenas reposo sobre un suceso recién acontecido.

En otro tiempo mi padre fue parte de la historia del periódico, aunque hoy casi nadie se acuerde de ello. José Manuel García Gómez dejando su huella, su artículo, su poema, su canción melancólica. Mi padre y el hambre de cultura, mi padre y la poesía dominical, mi padre y el Diario bajo el brazo, mientras su figura se pierde en la noche camino de La cueva del pájaro azul. El mismo diario bajo el brazo que anunciaría su muerte algunas décadas más tarde.

Todo eso sigue estando ahí cuando abres el Diario, cuando celebras a tu modo sus 150 años de café y periódico matinal. Diario de luces y de sombras reveladas, diario del Cádiz luminoso y del Cádiz indolente, Diario del Cádiz cosmopolita y del Cádiz chabacano. Diario en el que me vi orgulloso la primera vez que un libro mío mereció atención periodística de la mano memorable de Enrique Alcina. Serrat, canción a canción a toda página al lado de los inefables Andy y Lucas. Decíamos ayer. Yo todavía me creía muchacho rozando la treintena con la escritura por delante.

El Diario de Cádiz cuya historia centenaria contó José Antonio Pérez- Rioja. ¿Alguien se acordó de esto? La memoria es corta y profundo el olvido. Linotipias del tiempo, batallitas del abuelo, memorias de los kioscos que se llevó el progreso. Fernando Quiñones con su carta desde Madrid, Paco Perea con sus crónicas del Cortijo de los Rosales o siguiendo el rastro del coplero Paco Alba en su mayor cansancio de ser hombre, vituperado por el respetable irrespetuoso.

Demasiadas historias para contar, para abrirse las venas, para evocar las ruinas del pasado: que si la guerra, que si la posguerra, que si la explosión, que si la democracia. Diario decimonónico y luego diario del siglo veinte, problemático y febril. Y ahora del  siglo veintiuno, tecnológico y febril. En veranos playeros de casetas alineadas o inviernos inclementes en barras de bares o en peluquerías o en casas de citas mientras se aguarda el turno. Oír el latir del mundo leyendo la prensa diaria, el rumor, la noticia, el resonar del tiempo.

¿Quienes somos o fuimos? Lectores, sin duda, lectores del Diario de Cádiz. Donde vimos a Mágico González vestido de torero y al Nazareno bajando por Jabonería todos los Jueves Santos de nuestra existencia. Y la vida y la muerte bordadas en el papel que nos manchó los dedos de tinta. Diarios de la infancia que se llevó el viento apilados en las estanterías. Mi padre los sigue leyendo en algún rincón del pasado bajo una lluvia fina que moja los cristales de un otoño incipiente.

  1. Fantástico, Luis. Ni siquiera tengo que cerrar los ojos para ver a tu padre con el periódico, el que era como una sábana, doblado en cuatro partes y soltando tinta, porque nunca dejaba de manchar. Veo a tu padre y ni que decir tengo que veo al mío, para el que la lectura del Diario era el pistoletazo de inicio del día. Y los martes con mayor interés, pues era el día de su columna y siempre la repasaba con mucha atención por si acaso al transcribirlo se habían comido alguna letra, alguna palabra, alguna coma. Cuando así era, ya sabíamos que ese día papá no estaría para bromas. Y precisamente ahí, durante su primera juventud, fueron compañeros nuestros padres, forjando una amistad y una vinculación entre nuestras familias que afortunadamente todavía hoy perdura. No hay más que ver (esto es una chanza) que hasta tu boda y mi cumpleaños coinciden en el calendario. Hoy en día ya ninguno de los dos está con nosotros, de manera física. Afortunadamente, las letras que nos dejaron, poéticas las del ‘Dire’ y periodísticas las de mi padre, los mantienen vivos y así seguirá siendo mientras estemos nosotros para evitar que caigan en el olvido, como muchos pretenden de forma ignominiosa y con una ignorancia absoluta de la historia de la segunda mitad del siglo XX en nuestra ciudad. Pero en fin, eso ya es arena de otro percal. Me uno a ti en la felicitación al Diario.

    • Recibe mi abrazo querido Oscar y el recuerdo siempre presente de tu padre, Evaristogenes, memoria periodística de la ciudad.

Los comentarios están cerrados.