Comentario del poeta salvadoreño André Cruchaga al poemario de Luis García Gil Memorias de uno mismo..
El poeta gaditano Luis García Gil, me ha hecho partícipe, comenzado este mes de julio, de otro de sus tantos periplos poéticos: MEMORIAS DE UNO MISMO que, además, se apresta a editar muy pronto. El libro, en principio, nos conduce por ese hilo unitivo y genealógico en palabras del poeta Gonzalo Rojas, de la poesía y su hermanación con otras voces; pero también con ciertos elementos del entorno que la memoria justamente rescata de esos ríos entrañables de lo recóndito.
El poeta es un pájaro mirando hacia atrás, hacia un viento donde palpitan todos los ardores de su Cadiz quebrando alas como molinos de viento. El poeta evoca. Y lo hace como un barco que se apresta a navegar por la vendimia fermentada de poetas mayores: Dn. Antonio Machado -ese maestro de Campos de Castilla y Los Proverbios-se deja ver de Luis con su horizonte envejecido, cuando éste -poeta joven y audaz-le visita en su tumba.
La poesía, decía reiteradamente ese otro poeta de la genialidad: Isidoro Duchasse, es un río majestuoso y fértil. La gran poesía, tal es la contenida en MEMORIAS DE UNO MISMO, viene del alma y, consecuentemente de la razón. El poeta Luis García tiene ese DON con mayúculas: brillantez poética y juventud. Representa a mi modesto entender, pero sin equívocos y titubeos la poética de esa España llena de la mejor tradición literaria.
Advierto, desde luego, en todos los poemas de este libro cierta propensión a esos temas que son caros a la poesía intemporal: la fragilidad humana, la añoranza, la muerte, la soledad, etc. Es decir, poesía esencial, contraria a la coyuntura, a la poesía artefacto, a la poesía cosa, que lejos de trascender se hunde en un páramo de espejismos. En la poesía de Luis García, hay lamentos, --que no lloriqueos a ultranza--; pero lamentos memoriosos que hacen sangrar al silencio. A veces entre el crepúsculo incendia la esperanza con las olas que levitan en esa mar interna de la memoria.
El poeta evoca calles, recorridos, muchedumbres. Sacude su caligrafía en los parques, en esas mariposas del pretérito que han ido perdiéndose inevitablemente en las mareas tumultuosas, estallantes de Cadiz. A veces, como dice Luis: "se alejaban desvalidas bandadas de pájaros… y la ciudad se dormía como un niño… dejando en el viento su huidizo temblor"…
Octavio Paz creía que la poesía tiene como finalidad última hacer reaparecer el ser de las cosas, siempre tan propenso a olvidarse y a ocultarse. Los diferentes poemas que constituyen el libro: MEMORIAS DE UNO MISMO, son elocuentes del trayecto que el poeta ha recorrido hacia esa reaparición del ser mismo, hacia la difícil conquista de la palabra o de "esa luz oculta de las infancias".
Una y otra vez la poesía de Luis García insiste en cruzar veredas abiertas, transformándose sucesivamente para recobrar tras el recuerdo esa imagen del espejo de sí mismo. El poeta está convertido en un sujeto que aspira a mirarse y encontrarse, con sus dudas en la propia fragilidad para seguir viviendo.
En este libro y en casi toda poesía lírica es palpable ese proceso de subjetivación e intersubjetivación que padece el poeta. Esto aparece evidenciado en el poema: "Era un pequeño y no sabía": "Yo sé de las sombras sobre los párpados,/ sé del verso vencido en la hoja,/ sé también del llanto verdadero,/ de aquel que estalla en medio de la noche,/ sé de esquinas amargas y de tangos/ que sacuden la memoria del aire".
Se suele decir que el poeta se asocia al místico. Y así lo expresa José Pablo Ducis Roth, en el sentido que tras su experiencia del ser, confiesa la inefabilidad de lo experimentado. Ese fue el caso de San Juan de la Cruz: "Música callada". Es el caso de Luis García cuando dice que los caminos son indescifrables, cuando el invierno cae sobre los ojos y el pálido reflejo del escombro se torna en incertidumbre, porque la vida, de momento puede ser un esperar lo que nunca llega. Por eso, la soledad y el silencio, descubren al ser y lo descifran. Esto último me ha hecho recordar al poeta Vicente Aleixandre. En la última estrofa del poema: "El más bello amor", dice:
"La verdad, la verdad, la verdad es ésta que digo,
esa inmensa pistola que yace sobre el camino,
ese silencio -el mismo-que finalmente queda
cuando con una escoba primera aparto los senderos."
En definitiva me ha gustado la lectura de este libro del poeta Luis García Gil. "Los imaginarios poéticos son viajes que nos hacen conocer lo desconocido, nos conducen de lo invisible a lo visible, de lo comunicable a la incomunicación, del grito al silencio, donde el viento habla sin hablar", se beben de un sorbo las penas y los labios besan en la nada, aunque duelan hundiéndose en la esperanza.
Finalmente, en este acontecer de presencias y ausencias del poeta, la muerte es un lugar común, los ojos ataviados de dolor, las gaviotas desfoliando la espuma y la cresta de la arena, el desamparo que huele humus herrumbroso. La existencia, tal como nos la invita a ver el poeta es solamente un tejido de instantes que eternizan la memoria, por eso la música que acude desde un ayer perdido, desde esa otra edad que fue nuestra, pero que no por ello deja de ser una epifanía.
Nuevamente, Dn. Antonio Machado decía: "El alma que no sueña,/ el enemigo espejo,/ proyecta nuestra imagen/ con su perfil grotesco". Luis García Gil ha soñado y me ha hecho cómplice de su sueño con suprema fruición por ese espejo de su yo fundamental. ¡ENHORABUENA!
Casa de la Yedra, El Salvador, 2 de julio de 2003