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PRESENTACIÓN DE YUPANQUI, COPLAS DEL PAYADOR PERSEGUIDO
La presentación de esta obra de Luis García Gil tuvo lugar en el Salón Regio de la Diputación de Cádiz el 16 de mayo de 2007. El acto contó con la presencia del editor José Ramón Pardo, uno de los grandes conocedores de la historia de la canción en nuestro país. Las canciones de Yupanqui sonaron aquel día en la voz maravillosa de la cantaora Carmen de la Jara que interpretó "Los ejes de mi carreta", "Guitarra, dímelo tú", "Los hermanos" y "El arriero". A continuación recogemos el texto de Luis García Gil de dicha presentación que fue intercalada con el cante de Carmen de la Jara.

Quiero empezar esta presentación de mi libro “Yupanqui, coplas del payador perseguido” dando las gracias a la Excelentísima Diputación Provincial de Cádiz por el apoyo prestado para la misma. Siempre es un lujo presentar un libro en este bellísimo espacio. También quiero hacer extensivo este agradecimiento a mi querido amigo Juan Manuel Fernández de la librería Manuel de Falla por su dedicación y sensibilidad hacia todos mis proyectos. Ya fue pieza clave en la presentación de Serrat, canción a canción y ahora ha vuelto a serlo en la de este Yupanqui, coplas del payador perseguido . Y espero que lo siga siendo en las que vengan en un futuro. De igual modo quiero agradecer a Carmen de la Jara su participación desinteresada en este acto, prueba irrefutable de su amistad y de su generosidad. Pocas voces como la suya pueden ilustrar mejor y de un modo más original algunas creaciones de Yupanqui. Y ya entrando estrictamente en la publicación y gestación del libro he de agradecer a José Ramón Pardo la confianza depositada en mi trabajo. Ya me dio pruebas de esa confianza cuando prologó mi libro Serrat, canción a canción y ya dije entonces que no cabía mejor prologuista para una obra que indagase de un modo u de otro en el complejo universo de la canción y de sus protagonistas, porque es sabido o debiera saberse que José Ramón Pardo es una de las voces más autorizadas a la hora de hablar o de abordar la historia de la canción en nuestro país. No puedo olvidar en este capítulo de agradecimientos - que no quiero hacer demasiado extenso- la aportación que para mi acercamiento a la vida y a la obra de Atahualpa Yupanqui me han ofrecido Ricardo Ottonello desde Buenos Aires o Alicia Oschendorff desde Montevideo. Era fundamental esa conexión transoceánica de quienes han tenido la oportunidad de viajar a Cerro Colorado, patria sentimental del trovador. Ambos han sido piezas claves de todo el proceso de documentación que he realizado. Y finalmente no quiero dejar de señalar que el libro está dedicado a mi madre y a Carmen porque de ellas y de todos los que me quieren y aprecian son también cada una de estas páginas.
Escribir sobre Atahualpa Yupanqui es una alta responsabilidad ya que nos encontramos ante una figura fundamental de la canción que ha adquirido una dimensión mítica en Argentina, su país de origen, que ya se prepara para celebrar el año que viene el centenario de su nacimiento. Yupanqui forma junto a Eduardo Falú y Alfredo Zitarrosa una tríada fundamental a la hora de entender el folclore latinoamericano. Y la dimensión de su canto posee la misma honda significación que la de Violeta Parra o la de Víctor Jara, aunque las circunstancias personales de éstos fueran diferentes a la hora de articular el mito.
La aportación de Atahualpa no compete sólo al ámbito de lo que podemos conocer como folclore moderno sino que va más allá de esa catalogación para asomarse a territorios creativos mucho más amplios. Para algunos Yupanqui es como un puente entre el pasado y el futuro, entre la tradición y la modernidad, algo así como el último juglar y el primer cantautor cuya influencia ha sido decisiva en artistas de muy diversa índole. En nuestro país, sin ir más lejos, gente como Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina o Luis Eduardo Aute lo han citado como espejo en el que se han mirado. Porque Yupanqui ha sido un ejemplo poético y ético de una gran complejidad cuya obra ha estado cargada de matices, de sentimientos particulares y colectivos, de pinceladas sociales y de un afán de búsqueda personal y artística permanente. Ha sido un cantor de artes olvidadas, recuperador de unas raíces, de unos orígenes pero también ha sido en letra y música un creador de primer nivel, un poeta que le ha cantado al pueblo, que ha mojado su pluma en el corazón de las gentes y ha llenado su guitarra de caminos y espuelas glosando a los que penaban por las esquinas, a los desposeídos de la tierra, a aquellos a los que ha incorporado a su canto, a su verdad, a su esperanza hecha voz y hecha silencio. Porque Hector Roberto Chavero – que así se llamó antes de ser Yupanqui- fue hombre de hondos silencios e íntimos pensamientos, luego convertidos en coplas que parecían sacadas del perfume delicado de lo anónimo, coplas que eran, como clamaba Manuel Machado, parte ya del pueblo y no del autor que las escribió, esa gloria inmarchitable de lo anónimo.
Y en esa gloria de lo anónimo camina una canción como “Los ejes de mi carreta” cuyo protagonista es un “inspector de soledades”, al modo y manera que el propio Yupanqui se definía. “Los ejes de mi carreta” es una de las grandes canciones del trovador argentino cuya letra se debe al poeta uruguayo Romildo Risso. En España la popularizó antes que nadie Imperio Argentina que hizo de ella un cante de ida y vuelta. “Los ejes de mi carreta” trasluce esa filosofía popular del cantor, un cantor que es pueblo y es tradición, que desdeña el progreso y prefiere que siga siendo la carreta la dueña de los caminos y que a éste no lo invadan el ruido de los motores.
Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao ... Si a mí me gusta que suenen,
¿pa' qué los quiero engrasaos?
Es demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
demasiao largo el camino
sin nada que me entretenga.
Mi intención con Yupanqui ha sido una intención parecida a la que tuve con Serrat. Como poeta que soy me interesa mucho esa canción que se escribe con indudable sentido de lo lírico, esa canción que se exige, que pretende pintar en tres minutos un paisaje, un amor, un deseo o un instante de la vida. Es esa canción entendida como obra de arte, suma delicada de letra, música y voz, canción que se escucha con atención precisa, que no pacta con las modas del momento, que permanece y queda como queda la belleza y el arte revelado y profundo. Pretendo seguir aproximándome a todos estos cantautores que han hecho de sus canciones auténtica poesía vivida y derramada. Yupanqui es otro ejemplo de todo ello. Y tomemos en este itinerario musical una canción como “Guitarra, dímelo tú”. Y ahí está el trovador conversando con su compañera de viaje, la que sabe de la soledad del que camina, del que busca en la luna de todas las noches un rayo de esperanza.
Si yo le pregunto al mundo,
el mundo me ha de engañar.
Cada cual cree que no cambia,
y que cambian los demás.
Y paso las madrugadas,
buscando un rayo de luz.
porque, la noche es tan larga,
Guitarra, dimelo tu ...
La biografía de nuestro protagonista es una biografía dilatada y compleja. Había que retratar su infancia, rescatar a su padre que le inculcó el sentimiento por el gaucho y le dejó esa mirada detenida en los alazanes que galopan por la pampa o en la épica que susurran los caminos. No podía obviarse la importancia de la figura materna que era vasca y a la que dedicara una hermosa y lírica canción. Las raíces españolas de Yupanqui importan a la hora de entender al personaje. También era importante destacar su vertiente autodidacta, su pasión por la lectura, su acercamiento a los clásicos del siglo de oro español y su temprana vocación musical. Todo ello iría forjando su sensibilidad hasta que salió en busca de los caminos y de Buenos Aíres llegaría hasta París donde se encontró con Edith Piaf y donde se fraguó el éxito definitivo del cantor. Ya entonces ser argentino sería sentirse lejos y vendrían los exilios, los vetos, las persecuciones, las cárceles, las dudas y temores. Años en los que abandonaría la disciplina del partido comunista para declarar su independencia y su necesidad de expresarse sin tener la consigna ideológica de ningún partido. Porque Yupanqui fue un hombre aferrado a la entraña poderosa del pueblo que denunció con su canto las injusticias y se sintió siempre parte de todos, abrazando con su guitarra a la multitud, a la gente de a pie, a los trabajadores del salitral o de la mina, del campo o de la ciudad. Una canción que explica su compromiso con todos es “Los hermanos” que empieza diciendo:
Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar,
en el valle, la montaña,
en la pampa y en el mar.
Cada cual con sus trabajos,
con sus sueños cada cual,
con la esperanza delante,
con los recuerdos, detrás.
Yo tengo tantos hermanos,
que no los puedo contar
Una de las claves de mi libro era penetrar en los temas fundamentales que aborda Yupanqui en sus canciones. Internarme en sus odas a la infancia, en su mirada emocionada a los caballos y a la naturaleza, en sus reticencias a hacer una canción estrictamente amorosa, aunque una de sus mejores piezas fuera de amor (me estoy refiriendo a “Recuerdos del Portezuelo”). Tenía que hablar también con detalle de la mística de su guitarra que tocaba con la zurda y que era para él como un templo donde sosegarse e ir a rezar y de la mística que envolvían sus presentaciones en directo que eran como un ritual en su forma de encontrarse con su público, de plantarse en escena, colocar su guitarra y cantar. Había que analizar, por supuesto, el contenido social de sus creaciones, de su mensaje – nada dogmático, por otra parte- y su papel en la renovación del folclore, así como su choque ante las nuevas generaciones de intérpretes que surgen en los años 60 y que Yupanqui consideraba que traicionaban las fuentes musicales de su país. Había que enfrentarse también a ese Yupanqui riguroso, cortante, de lengua afilada y todo ello había que ubicarlo en su justo contexto. En todo ese proceso de análisis no podía olvidar la figura esencial de su mujer Nenette que compuso con él un número muy apreciable de canciones firmándolas con el pseudónimo de Pablo del Cerro. Y tenía que ahondar en la importancia que daba al camino que ha de tomarse, ese ir siempre hacia delante que vamos siendo, esa filosofía de horizontes en un constante itinerario de idas y venidas por paisajes y noches abismales y profundas. Y en ese vagabundear constante y meditativo asoma la figura del arriero en una copla de enorme calidad y sugerencia, una copla que fue versionada en nuestro país por el grupo Mocedades en su primer trabajo discográfico, una copla cuya primera estrofa dice:
En las arenas bailan los remolinos,
el sol juega en el brillo del pedregal,
y prendido a la magia de los caminos,
el arriero va, el arriero va.
Y dejemos perdido al arriero, prendido a la magia infinita y exacta de los caminos, hecho verdad y sentimiento en la voz maravillosa de Carmen de la Jara. Y concluyamos reafirmando que a un creador se le explica mejor desde la obra que nos ha dejado, sin inmiscuirnos demasiado en los pliegues de su intimidad. Son las canciones de Yupanqui las que nos siguen hablando de él, de sus soledades tan vastas como la pampa, de sus preocupaciones cotidianas, de los paisajes que sus ojos exaltaron y que luego fueron eternizados en la hoja en blanco o en los acordes apasionados de su guitarra. Yupanqui nos ha dejado a lo largo y ancho de su fecunda obra constantes apuntes de su biografía, aunque nunca de un modo tan rotundo como quedaron reflejados en sus espléndidas “Coplas del payador perseguido”, su obra cumbre, un magno ejercicio autobiográfico que enlaza con el Martín Fierro de José Hernández y que da título al libro. Espero sirva este “Yupanqui, coplas del payador perseguido” para acercar al público interesado el legado impresionante de Atahualpa Yupanqui, trovador de mil caminos cuya obra no cesará nunca de conmover a quién se acerque a escucharla. Muchas gracias a todos.
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