en Diletante

Cavilaciones de agosto

El verano pasa rápido. Contemplo a mi hija jugando en la orilla de la playa. Anoto en el diario los momentos de mi hija como queriéndome apoderar de ese instante de infancia apresurada en el que me estoy contemplando a mí mismo. Leo el poema «Agosto» de Eloy Sánchez Rosillo y sus versos finales: “Sin darme cuenta llegará septiembre/ se irá con sus prodigios el verano/ y advertiré de pronto mi pobreza/ Mas será ya muy tarde para todo”. El poeta arrastra el peso de su melancolía. Se sienta a celebrar la vida de todos los veranos, pero no puede omitir la brevedad de cuánto se habita. Y se habita la hoja parisina de Balzac (La piel de zapa) y se habita el cine. Sin salir de la ciudad de la luz me entrego a la película Mes provinciales de Jean-Paul Civeyrac.

Alguien que llega a París para estudiar cine, para olvidar el amor y abrazar otros cuerpos.  De pronto se cita a Gérard de Nerval y el lugar parisino donde se quitó la vida. Y me acordé de una novela frustrada que escribí hace años y que le di a leer a Gonzalo García Pelayo. En esa novela también aparecía Nerval que imaginó en un poema el día aquel en el que el tiempo tumbaría a Notre-Dame de París, retorciendo sus nervios de hierro, royendo sus huesos de roca. Nerval, Novalis, Bach, Satie, Pasolini, Flaubert. Mes provinciales está llena de referencias literarias y cinéfilas. Hay quien se quedaría a vivir en Juego de tronos. Yo me quedaría a vivir en estas películas parisinas.

La luz de agosto y la luz del poema que imaginamos, pero nunca escribimos. Lejos del ruido de los sables, de la creciente estupidez de cuanto nos rodea, de los que siempre tienen una opinión a mano y la escupen en las redes sociales, donde cada cual vierte su sectarismo, su absolutismo y su partidismo.  Con lo hermoso que es dudar o abrazar al escepticismo, como se abraza un amor de contrabando de esos que cantaba Serrat en «Los debutantes».

Leo Las voces del mirlo de Julia Bellido. La poeta fija su mirada en los pequeños milagros de la naturaleza. El ciruelo florecido y el verano que es un fruto maduro de luz amarillenta. El agua sucede como sucede el mirlo y la calma. Julia Bellido también mira a sus hijos. Los ve reír y correr en ese paraíso eterno de la niñez.

El diarista duda. Escribe en su cuaderno un posible título para una entrada: Cavilaciones de agosto. Hace unos largos en la piscina, pero nada mal. Le duele la espalda, pero aún es capaz de cantarle a la vida y decir la palabra alegría sin que pueda advertirse el precipicio por el que se irán las cosas que amamos y los días de verano.

A la hora de la siesta cerré los ojos y me encontré con un niño. Me miraba curioso, contemplándose a sí mismo, en la futura cuarentena, con la barba encanecida y una mujer y una hija. «¿Quién eres?» -me preguntó. «Soy tú» le dije. Desperté de ser niño. Me asomé a la ventana y contemplé agosto en la hierba mojada y en el paisaje clamoroso. Y en agosto volví a encontrarme con la eternidad del mar y con la eternidad del instante que pasa, que pasará, que ya pasó.