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Miscelánea
A Luis Ortega Brú
La luz que apenas entra por la ventana... Hay manos que acarician el aire, surtidoras de luz en la madera.
Hay ocasos que esculpen su lenguaje, sangre desnuda en la gubia enamorada, rostros de Cristos abrazándose al dolor...
El cuerpo enjuto, frágil, del imaginero se desborda, se encorva, se agita, y esa luz que apenas entra por la ventana...
Los párpados cansados pero firmes en la tarea, los dedos luminosos dando forma al dolor, al olvido.
El sol es un rumor. Sevilla dispara su luz inacabable y los naranjos acurrucan parejas soñolientas...
Y en el taller el rostro de Cristo cobra forma, las manos atadas o clavadas, desconyutadas o ausentes, se revelan...
Y esa luz que apenas entra por la ventana...
Hay recuerdos de muertos en los ojos, hay desgarros tallados en la penumbra, reflejos de la vida y del ayer deshabitado...
Todo es silencio terso en la madera, hay cipreses callados en la noche que llega, y la luna oculta su vieja querella en el río y la primavera tiene aroma a jazminero, a sombra enamorada del blanco de los patios.
En el taller el sueño no llega. La gubia sigue trabajando con paciencia y un hombre mínimo, tímido, alarga sus brazos hacia Dios, lo palpa en las manos quejosas, eterniza la sangre en el costado, la sed de su delirio, el filo implacable de la muerte...
La noche tiene perfil de gubia, saeta partida, tiznada en la sombra de algún callejón, el hombre vacilante, taciturno hizo gesta de la nada, hizo un rostro barroco, fértil, de dolor destellante, hondo y pleno...
Y llegó la madrugada y la luz de un nuevo día que entra por la ventana...
Las gubias quedan desamparadas, solas, hay un olor a sudor, a escofina, a oficio misterioso, y un hombre enjuto duerme, y ya sueña un nuevo rostro, un nuevo y estallante rostro venido del dolor...
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| Luis García Gil. 2005 |