en Fútbol

Gustavo Biosca

30062019El cromo del gitano Gustavo Biosca -así lo apodaba Kubala- nos habla de un tiempo de posguerra, del Barça de los años 50, el de las cinco copas, el glosado por Serrat (temps era temps…). Cuentan que fue uno de los grandes centrales del fútbol español, de esos que sacaban el balón jugado, elegantes en la conducción y en el pase. Las estadísticas dicen que jugó 224 partidos de azulgrana anotando 5 goles. Tuvo un romance fugaz pero intenso con ese torbellino llamado Lola Flores que le dedicó algún que otro baile en la intimidad. Este romance se contaba en la película Lola de Miguel Hermoso que no pasó precisamente a la posteridad de nuestro cine.

Aquel mítico Barça de Kubala iba más allá de su delantera y contaba con un portero de absoluta garantía (el recordado Ramallets, el portero sin guantes) y con un centrocampista de enorme pundonor llamado Gonzalvo III que compartiría partido de despedida con Biosca una remota tarde del año 1962. Aquel encuentro enfrentó al Peñarol con el Barçá. El tanteo de tres goles a cero para los uruguayos es lo de menos.

En casa de otro personaje serratiano -Alberto Puig Palau- aconteció la ruptura de Biosca con Lola Flores en la velada que celebraba el final del rodaje de La danza de los deseos, película dirigida por Florián Rey que La Faraona rodó en la Costa Brava. El propio Biosca haría un cameo en la película Los ases buscan la paz que protagonizó Kubala, en  la cima de su popularidad. Como localización preferente se utilizó  el campo de Les Corts.

Todo eso nos evoca el cromo de Biosca a quien Lola Flores trató de dar celos con otro futbolista, el vallisoletano Gerardo Coque que fichó en el verano de 1953 por el Atlético de Madrid. Lola Flores puso patas arriba su mundo. El futbolista se descentró y llegó a irse con la tonadillera de gira por Sudamérica desatendiendo sus obligaciones futbolísticas. Este periodo le marcó y Coque como futbolista no llegó a enderezar su carrera.

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Biosca supo escapar a tiempo de una relación que le hubiera traído demasiados quebraderos de cabeza y problemas en su rendimiento deportivo. A Biosca lo quiso el Madrid pero su padre no hubiera permitido una traición semejante. Biosca no se movería del Barça salvo para jugar el último año en el Condal. Una lesión de rodilla le apartaría de los terrenos de juego. Cuando murió Kubala en 2002, su compañero de gloria deportiva  le dedicó un hermoso obituario en El País que desempolvo de las hemerotecas del olvido. Muchos eran los recuerdos que Biosca tenía de Kubala, compañero también de expediciones nocturnas de las que también formaba parte César, uno de los cinco ases de la delantera cantada por Serrat (temps era temps...) en la que faltaba Jordi Vila porque simplemente no se adecuaba a la rima de la canción del cantautor catalán. De este modo evocaba Biosca a Kubala desde el sentimiento de la reciente pérdida del amigo y compañero del alma:

Leí una vez una frase que decía: nadie muere mientras no se le olvida. Y eso me reconforta, porque sé que Kubala seguirá en mi pensamiento y en el de muchas personas a lo largo de los años. Sí, es cierto, se ha marchado. Pero morir no morirá nunca. Los recuerdos del pasado se hacen ahora más lúcidos que nunca. No olvidaré el día que le vi por primera vez en Sarrià, ni el momento en que llegó al Barcelona; sus primeros pasos en nuestro equipo, las veces que comió y durmió en mi casa y la sincera amistad que nació entre nosotros y que permaneció el resto de nuestras vidas.

Era un hombre fuerte, excesivo a veces y lleno de contradicciones. Fue un niño que se hizo mayor, que precisó de protección por su timidez, por su excesiva generosidad, por su brutalidad en ocasiones. Pero todo lo bueno de él surgía de pronto cuando alguien le ponía un balón en los pies. Entonces se le veía feliz. Parecía un niño al que le acababan de dar un caramelo. Y comenzaba a jugar, a hacer cosas que los demás no podíamos ni imaginar. A sus pies, el balón comenzaba a coger efectos especiales, pegaba por dentro y por fuera, sorprendía al portero cuando lanzaba las faltas con parábolas desconocidas hasta entonces.

Cuando estaba en el campo, a todos los jugadores nos daba la impresión de que no podíamos perder. Era un auténtico líder. Dominaba el juego y la técnica y eso le daba un ascendente sobre los demás. Creaba un ambiente de optimismo y ganador porque sabíamos que en cualquier momento podía plantarse ante el portero y marcar un gol. Era rapidísimo. Aunque pesaba 78 u 80 kilos, nadie en el club le superaba en velocidad. Sólo Manchón, pequeño y ágil, le vencía en los 25 metros. Pero a partir de ahí era intratable. Transformó e inventó el fútbol. Nos enseñó muchas cosas. Sólo con verle entrenarse y jugar ya aprendíamos.

A veces, al final del entrenamiento, me decía: ‘Gitano [así me llamaba], quédate un rato conmigo’. Él seguía entrenándose, pero a mí eso no me gustaba. Y luego proseguía por las tardes en el césped de su casa, tocando el balón tres o cuatro horas más. No sabía hacer nada más. Era su vida. Salía siempre en defensa de sus compañeros. Si alguien abusaba de Moreno, un interior zurdo de poca estatura que jugaba con nosotros, Kubala amenazaba al defensa. Pero, sin el balón de por medio, sólo una vez agredió a un rival.

Sin embargo, se convertía en una persona muy peligrosa cuando alguien le provocaba a él o a alguno de sus compañeros. Salíamos los dos muchas veces con César, un hermano para mí, y a los tres nos gustaba la vida nocturna. Éramos guerreros. Y Kubala resultaba duro y sangriento en las peleas. Había sido boxeador de pequeño, en Hungría, y lo dejó porque tenía los brazos demasiado cortos para su peso. Recuerdo que una noche estábamos con Paco Rabal y cuando él y yo nos levantamos Kubala ya había tumbado a tres personas. Daba miedo.

Se ha comentado muchas veces que bebía mucho y que jugó partidos sin haber dormido. Y es verdad, aunque lo hizo en contadas ocasiones. Bebía porque comía mucho. Pero lo quemaba todo en los entrenamientos. A veces, cuando no llegaba a una sesión, Samitier me decía: ‘¿Dónde está Olegario?’. Iba a buscarle. Sabía dónde encontrarle. Y entonces era el más sacrificado. No se le notaba nada porque físicamente era un superdotado.

Su mayor contradicción era que, pese a su fortaleza física, se convertía en un ser muy vulnerable cuando topaba con personas necesitadas o con seres desgraciados. Tal vez porque él pasó una infancia muy dura y difícil, entonces lo daba todo. A veces tuvimos que ir tras él para recuperar objetos íntimos, como algún reloj y otras joyas. Una vez se encontró a una familia durmiendo en la calle. Les llevó a una pensión y les pagó tres días de estancia completa. Sabía lo que era la miseria.

En los últimos años ya no estaba muy fino. El Alzheimer se estaba apoderando de él y agudizó su carácter infantil. Pero entonces se mostraba mucho más inofensivo. Tenía miedo de todo. La última vez que le vi fue cuando estaba ingresado ya en el hospital. Gaspart vino a buscarme y me llevó, casi a hurtadillas, a su lado. Él ni siquiera me reconoció. Le di un beso y me despedí. Recordé que en nuestras salidas nocturnas, frente a dos copas, solíamos apostar. ‘Tú te morirás primero, gitano’, me decía, ‘porque yo estoy más fuerte’.