en Canción

Barbara

La cantautora francesa Barbara nació el mismo año que mi padre, 1930. La profundización en el universo de Jacques Brel me condujo en su día hacia la melancólica Barbara, intérprete poderosa, de infancia no precisamente luminosa. Niña de familia judía, nariz aguileña y ojos menudos, tuvo que aprender pronto a huir del horror nazi. La canción llegó azarosa, temblándole en el labio por cabarets de mala muerte, emulando a Edith Piaf antes de alcanzar la difícil voz propia.

A mediados de los años sesenta Barbara conquistó París con un repertorio propio que alcanzaría la cima con la grabación de una joya doliente y metafórica, “L’ aigle noir”, crónica no confesada de los abusos sexuales a los que la sometió su padre, contados finalmente en sus memorias interrumpidas que editó Fayard (Il était un piano noir...). Como apuntó Serge Vincendet en Barbara, ombre et lumiere su obra está impregnada del trauma del incesto que jamás pudo olvidar. De hecho en 1972 graba un disco entero titulado Amours incestueuses con una canción de idéntico título.

Escribo y escucho a Barbara derramar su canto en el Théatre des Varietés, año 1974, el año en el que yo nací. Aquella grabación generosa terminaba precisamente con la interpretación de L’ aigle noir que en nuestro país recreó Maria del Mar Bonet en feliz adaptación de Delfí Abella. Voy al encuentro también de la interesante película que Mathieu Amalric ha dedicado a Barbara. El cineasta indaga con conocimiento de causa, con arrojo, con delicadeza en el mito en una obra que se aleja del biopic al uso. Amalric recurre al metacine. Explica a Barbara a través de la actriz que la interpreta, una estupenda Jeanne Balibar. La película avanza dentro de sí misma, de las propias dudas que genera todo proceso creativo.

Las canciones –imperecederas- van y vienen, acontecen de distintos modos, gestándose o grabándose, derramándose en directo o sonando en la radio. También discurren a lo largo del metraje los recitales, las vivencias y confesiones de la cantante, absolutamente icónica con su vestuario rigurosamente negro y su piano también negro donde cada nota portaba un fragmento de luz y memoria revivida.

Barbara poesía una personalidad indiscutible. Tenía aura y misterio, eso tan difícil de encontrar en los artistas de nuestros días. En la película de Amalric no faltan las referencias a Jacques Brel, especialmente al rodaje de Franz, película que el belga compartió con Barbara.

La película huye del relato lineal. Es como un ensayo fragmentado y escurridizo. El mismo Amalric interpreta al cineasta que está filmando la película, que está obsesionado con Barbara y persigue con la cámara su febril odisea cantada a través de Balibar que borda su personaje, que tiene el aura y misterio requeridos para encarnar a la diva. El personaje de Amalric se busca a sí mismo. Barbara es el espejo de sus años juveniles, su vida y su obsesión. La película se mueve entre el documento y la tentativa de retratar un imposible, la complejidad del mito. En esa imposibilidad consciente está paradójicamente todo su mérito.