PRESENTACIÓN DE AMALIA VILCHES DE LUIS GARCÍA GIL


Presentación de Amalia Vilches Dueñas, profesora de Lengua y Literatura, de Luis García Gil en el recital que el poeta gaditano ofreció en la Casa de la Cultura de Cádiz el 14 de noviembre de 2002 organizado por el Centro Andaluz de las Letras.


Luis me ha dado hace unos días sus poemas: un cuaderno titulado Los equipajes de la lluvia, algunos folios sueltos.

Los despliego y tengo ante mis ojos al niño que conocí, al adolescente al que enseñé convertido en un hombre que encara su destino abrazado con firme decisión a la poesía.

La poesía de Luis empieza cuando acaba la infancia. Aunque deja sus versos primerizos en la mano del padre, es la muerte el comienzo y la frontera entre un pasado luminoso y un presente de asombro e indigencia que su palabra cuenta en un tono que nada tiene que ver con el de sus escarceos juveniles.

"regresé del niño que a dentelladas descubrió

el fruto doliente, agonizante, de la muerte".

palabra que alborea, inocente de artificio, y que se va ir haciendo comedida, desnuda en sus últimos versos malheridos

"La soledad que cae sobre el costado, pronunciada

en los portales desvencijados, en las avenidas

solitarias, las luces del alba royendo

los edificios, en los gallos del amanecer,

en los nombres que nos duelen, que un día

nos pertenecieron y hoy sólo son

una sombra desvalida entre las manos" .

Su poesía es poesía de la existencia porque Luis se pregunta, como nos preguntamos todos, por qué vivir es renunciar a lo que pudo haber sido y no fue, aceptar el cansancio infinito del café con leche matutino y borgiano en un ciclo de eterno retorno; admitir que las hojas se duermen otoño tras otoño, la mirada indiferente del que camina a nuestro lado sin vernos, que no están los columpios rosados de una felicidad que no tuvo siquiera el resplandor de una amapola recién cortada.

Poeta de firmes raíces culturales que ahonda curioso y no se queda nunca en la superficie, pinta con sus versos la luz que estalla entre las sombras de los lienzos de Georges de la Tour, se desangra en la letanía interminable de los cuadros de El Greco, moldea con Luis Ortega Brú el rostro lacerado de un Cristo que se deja lancear otra vez el costado en el silencio terso y dormido de Sevilla.

Canta el desgarro, la noche, la milonga de Alfredo Zitarrosa, una voz trasmitida de "sur a sur" con un aire porteño que cuenta de amores naufragados, de recuerdos azules como los días machadianos de la infancia. Esa

"Voz de un cantor rasgando las cuerdas

de la guitarra plantada en medio de la vida"

...

"Y como tú quiero ser el eterno adolescente,

no pasar, no sentir que los años van dejando

en el rostro un desgaste impreciso..."

le dice a Antoine Doinel, porque el cine es fuente de emociones y de placer estético y de conocimiento y, enamorado de los clásicos, de los grandes de todos los tiempos se deja seducir por Truffaut y con su personaje, con quien se identifica; y canta a Jean Pierre Leaud, el protagonista de Les deux anglaises et le continent, esa película física sobre el amor, de sentimientos violentos, de obstáculos morales, interiores, mentales, de amores imposibles.

"porque el amor es la mudanza del sol

es el recuerdo tembloroso

de un nombre que luego nos cansa y nos quema,

un nombre que tiene condición de humo y de espada".

Y rinde su tributo íntimo a Jean Eustache, el dandy proletario que concreta, gracias a la palabra, el diálogo entre un tiempo pasado- encantado y uno presente - desencantado en su film, La maman et la putain donde los personajes se varan en la incertidumbre, en la nada del tiempo silenciado, del fin del entusiasmo.

Romy Schneider se pasea por sus versos, no la de Sissi emperatriz sino esa otra

"sola, perdida en la neblina

cada vez más ausente";

Y Woody con su clarinete en blanco y negro contra la aurora sucia de Manhattan

"Annie Hall perdida para siempre

porque los amores terminan dejando una tibia tristeza

y no hay forma de regresar a la senda perdida del deseo".

amores que apenas tienen cabida en sus poemas porque, casi, siempre, son la levedad de una caricia fugitiva, un deseo marchito, un final roto cargado de abandonos y olvidos que lo dejan desnudo:

"A la intemperie queda el descrédito

el ruido

de tu huida en la memoria rota, los despojos,

el corazón cansado que reza en la penumbra".

Pero que nadie piense que esta relación de Luis con la cultura se queda en mero goce, en el tributo estético. Hace unos días, un amigo escritor al que admiro decía que hay que existencializar nuestra relación con ella, es decir convertirla en experiencia más allá de un mero pasatiempo, una distinción académica o un erudito laberinto; que hay que servirla con rectitud y honestidad. En Luis no hay nada gratuito, no hay arte por el arte. Su poesía es impura, comprometida siempre con el hombre, su sufrimiento y su deseo.

Un poema a Julio Mariscal abre el diálogo de Luis con la literatura, con los autores admirados cuya poesía revive. Julio y la infancia, la amistad con el padre perdido, su pueblo abierto hacia el abismo, su verso eterno que no morirá nunca. Pavese suicidándose una vez más en solitario, acabados sus pasos al final de un tiempo irreversible que preocupa al poeta y afirma su posmodernidad:

"El camino que no vuelve a andarse, los senos

de la noche, el verso sollozante como un violín cansado".

Salvatore Quasimodo, el Nobel italiano con quien comparte la melancolía -"...que tristezza il mio cuore/ di carne"- de una vida que no entiende por más que busque en la poesía la salvación eterna:

"La amargura interminable de cuanto escribo,

la búsqueda incesante de la vida en el verso,

como si la poesía fuera a sacarme de dudas..."

poesía que no sirve para salvar al poeta del tiempo que cambia los perfiles y arruga las pupilas pero que quizás es la salvación y el refugio, es vida para y contra sí mismo, desnuda de artificio:

"La que desprecian los altos dignatarios, la que no vende"

la que le lleva a desear abrirse a los otros, la que madura esa voz compleja que tiende a universalizarse y derramarse en versos cada vez más intensos, hermanos de la prosa, porque él escribe como le pide Rilke:

"como si fueras

el primer hombre que ha vivido,

que ha sentido el dolor en la sangre,

escribe como si te jugaras la vida,

como si no existiera otra cosa".

 

 

 
 Luis García Gil. 2005