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DITIRAMBOS LITERARIOS

Sobre Elvira Sastre ya nos aleccionó Benjamín Prado, vía ditirambo. A propósito de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida, que editó Chus Visor, dijo que Sastre era la poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española. Esa clase de comentario que te lleva a desconfiar profundamente de quien lo hace porque dudo mucho de su rigor y objetividad a la hora de valorar nombres en el panorama poético de nuestros días.

Pero Elvira Sastre no es solo la poeta que estaba pidiendo a gritos la literatura española, si no la novelista que estábamos también pidiendo a gritos a tenor del premio Biblioteca Breve que se le ha concedido. Leía hace unos días la reseña de Nadal Suau en El Cultural  sobre Días sin ti en la que afirmaba que la posición que la industria ha otorgado a esta novela es una derrota de la literatura tal y como algunos la entendemos. La culpa no es de Sastre, sino de todo ese aparato de propaganda alrededor de algunos fenómenos literarios y la invisibilidad que cae sobre una losa sobre otros autores a los que nadie lee y que merecerían una mayor atención.

Prado debería saber que la poesía no es un ejercicio de ditirambos. Es algo más serio y la diversidad poética es lo que nos enriquece. Lo que está en el escaparate nos invita a reflexionar sobre el tipo de poesía que hoy triunfa, la que se ubica en el mercado, pero esto no puede hacernos perder esa necesaria perspectiva crítica cuando leemos versos que nos desazonan por su baja calidad. La poesía está en Internet -dicen- a golpe de tweet ripioso de Alejandro Sanz -añado- porque lo de Sanz jugando a ser poeta es muy sintomático de esa falta de complejos y de pudor que genera las redes sociales en las que cualquiera se siente poeta sin haber leído apenas poesía, sin la más mínima formación poética.

Algunos poetas de renombre se llenan la boca hablando de másteres falsos, de la honestidad de la izquierda que representan, de la corrupción política, pero son incapaces de mirar dentro de sí mismos y del coto cerrado en el que pretenden convertir la literatura. Contribuyen a esa derrota de la literatura que vemos en los premios literarios que suelen concederse en este país donde, por lo que se ve, no debe haber ningún tipo de corrupción ni de intereses editoriales.

El último Espasa de poesía puso de acuerdo a Luis Alberto de Cuenca y a Marwan. Casi nada. Luego leemos alguna entrevista al galardonado y advertimos que sus referencias poéticas no salen del lugar común donde caben el propio Marwan -oh, casualidad- y Federico García Lorca. Más batiburrillo. De todo esto se deduce que uno escribe, en la mayoría de los casos, como lee.

Y en esa derrota de la literatura estamos, aunque nos queden arrestos para rebelarnos y para buscar joyas en los recónditos rincones de las librerías, autores que realmente entiendan el oficio sin impostaciones. Pero no un pretendido maldito que publique en Visor o que vaya de cantautor guay con todos los tópicos del género almanenados en su guitarra. Que no puede ser lo mismo Concha de Marco que Elvira Sastre porque a Concha de Marco casi nadie la lee en nuestros días y a Sastre la tenemos hasta en la sopa con aparato de propaganda incluido. Y la literatura no es estar hasta en la sopa. Es otra cosa. Al menos para el que esto escribe.

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