en Diletante

Niños sin tiempo

Hay quien decide buscar a Dios entre la niebla y quien de manera absoluta afirma que Dios existe y vela por nosotros. Hay quien escribe en una pared que Dios ha muerto y quien lo lleva en parihuela y le idolatra. En mi caso busqué muchas veces a Dios entre la niebla en tiempos de orfandad y duelo. Lo sigo haciendo con la duda razonable y el escepticismo creciente que dan los años. Admiro a quienes tienen la fe inquebrantable, absoluta, sin mácula, porque esta fe mueve montañas y respeto a quienes creen que Dios está de su parte, que un Dios arbitrario les alivia el camino escarpado, que hay un Dios que elige a quien ayudar, cosa que me parecería obscena pero que respeto si hay quien realmente se lo cree y esto le ayuda a vivir mejor.

Hay gente muy buena que no cree o duda razonablemente. Y gente muy mala y obtusa que va a misa. Cuando uno observa la infancia sufriente no hace otra cosa que rebelarse contra ese Dios omnipotente. Esa infancia que fue a nacer sencillamente en el lugar equivocado. Si lo cantaba hasta Raphael, vía Manuel Alejandro, en almibarada canción setentera, «Van a nacer dos niños».

 Debe ser horrible perder un hijo o una hija. Y no encontrar respuesta y que un hombre de Dios te susurre al oído que así lo ha querido la providencia. Recuerdo una escena de La habitación verde de François Truffaut, la que abría tan extraordinaria película. El protagonista, encarnado por el propio Truffaut, acababa de perder a su mujer. Y un sacerdote le hablaba del reino de Dios. Pero el personaje de Truffaut se rebelaba contra ese Dios que le había arrancado lo que más quería. Como cuando Antonio Machado escribió en Campos de Castilla pensando en Leonor, la amada perdida:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar», 

Pienso todo esto mientras me entero de la muerte de la hija pequeña de Luis Enrique, hombre de fútbol. Y me acordé de Mortal y rosa de Umbral, cima de la literatura española, elegía a la muerte de un hijo.

Ha venido el verano y se ha llevado al niño hacia otros soles, hacia otros veranos, arboledas de sombra en que se me pierde, tan amenazado siempre, playas desvariantes, mares que le acogen en su gran barba blanca, en su vejez clamorosa como una eternidad”.

Leí Mortal y rosa con apenas veinte años cuando no vislumbraba ni de lejos la hija que me vendría. La he leído sucesivamente y la conmoción ha sido siempre la misma. Pienso en Mortal y Rosa y pienso en cualquier padre o madre, que ha de soportar el peso de enterrar un hijo o una hija. Pienso también en Niños en el tiempo de Ricardo Menéndez Salmón, otro extraordinario libro de infancias dibujadas.

Tengo una hija con la edad de Xana, la hija de Luis Enrique. Comprenderán mi desaliento, comprenderán que la fe sea algo quebradizo, comprenderán que hay demasiadas preguntas y ninguna respuesta, comprenderán que si escribo estas líneas es porque necesitaba escribirlas.

Ser niño y morirse en verano. Ser niño sin tiempo, sin porvenir, sin mañana ni juegos, y dibujar la muerte y no la vida en los cuadernos escolares. Ser niño y desmoronarse por dentro cuando uno debiera cantar la vida por las esquinas. Benditos aquellos que tienen la fe para explicarlo todo, que creen que su Dios vela por ellos. Algunas veces dudo, humanamente, buscándolo entre la niebla, y pienso en los ángeles de la guarda de mi infancia, en las cuatro esquinitas de la cama, esos ángeles de la guarda que desamparan a tantos niños del mundo, en hospitales, en campos de batalla o en mares en busca de un mundo mejor.

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