en Cine

La Fontana de Anita

Heráclito nos enseñó que no se baña uno dos veces en el mismo río. Tampoco en la Fontana di Trevi que imaginara Nicola Salvi y a la que yo mismo arrojé algunas monedas en mi primer viaje a Roma. Yo surcaba la adolescencia pero ya había visto La dolce vita de Fellini y sabía que de aquella fuente había tomado posesión Anita Ekberg. Porque desde entonces ya no se mira la Fontana di Trevi con los mismos ojos. La Fontana se nos confunde con Fellini, con La dolce vita, con Anita Ekberg y Marcello Mastroianni como sombras fugitivas atravesando una y otra vez -como espectros- la noche romana.

Al morir Marcello la Fontana se enlutó con festones negros. Hoy a su modo también solloza por Anita Ekberg sin cuya arrolladora presencia La dolce vita no hubiese sido lo mismo. ¿Qué estaría haciendo mi padre a las once de la mañana del 16 de marzo de 1959? Lo imagino en un café de Cádiz alumbrando algún poema, preparando alguna conferencia, a la misma hora que comenzaba el rodaje de La dolce vita con el primer golpe de claqueta en el estudio 14 de Cinecittà en el que se había reconstruido la escalera interior de la cúpula de San Pedro. Y ahí apareció cual torbellino nórdico la ex Miss Malmoe Anita o Anitona con traje negro y sombrero de cura.

La secuencia mítica de la Fontana di Trevi culminaba la travesía nocturna que había unido al periodista Marcello y a la diva del celuloide Sylvia:

“Sabes que lo eres todo, eres la primera mujer del primer día de la creación, eres la madre, la hermana, la amante, la amiga, el ángel, el diablo, la tierra, la casa…”. 

Con estas palabras el personaje que encarnaba Marcello Mastroianni revelaba su fascinación por la inalcanzable actriz, la misma que sentía Fellini hacia Anita Ekberg que para él era la primera imagen que se le venía a la mente cuando recordaba el intenso rodaje de La dolce vita. De este modo se lo decía a Giovanni Grazzini:

“Después de veinticinco años el filme, su título, su imagen, son para mí inseparables de Anita. La primera vez la vi en una fotografía de página entera de una revista norteamericana; la gran pantera se hacía la niñita a caballo sobre la baranda de la escalera. Pensé: ¡Dios mío, que nunca me la encuentre!”

Fellini buscando el adjetivo preciso para Anitona quiso definirla como fosforeceste. La contemplaba con estupor, asombro e incredulidad, como torrente inasible. El grandísimo fresco romano que es La dolce vita nace y muere como un sueño de primavera en La fontana di Trevi. Lo entendió Ettore Scola que recreó el rodaje en una secuencia de su película Una mujer y tres hombres (C’ eravamo tanto amati, 1974), contando además para ello con la complicidad de Fellini y de Mastroianni. A su vez Fellini se había inspirado en un reportaje gráfico que realizó Pierluigi Praturlon sobre la luna de miel de Zelda Fitzgerald y su marido quien diera a luz El gran Gastby. En ese reportaje realizado en 1920 Zelda se remojó en la fuente de Union Square de Nueva York y Francis Scott en la fuente ubicada frente al Hotel Plaza. Esto seguro que lo cuenta mejor mi querido Joaquín Pérez Azaústre.

A Mastroianni la Ekberg le recordaba a un soldado alemán de la Wermacht que en una redada en el Viale delle Milizie había tratado de hacerle subir a un camión. Demasiado gélida quizá para el temperamento del actor que en sus memorias recordaba los seis meses de rodaje de La dolce vita como el periodo más hermoso de su vida.

La muerte de Anita Ekberg me ha hecho regresar al universo incomparable de Fellini, recordar también a José Luis Guarner evocando al cineasta subiendo por la Vía del Babuino de Roma, camino del Café Canova situado en la Piazza del Popolo. Y también me ha hecho volver sobre el monumental libro que le dedicara el cineasta Jordi Grau -con prólogo de Guarner- titulado Fellini desde Barcelona. En él comparece también Anitona como Virgen de Cimabue, como poderosa diosa maternal de senos protectores, como parte de la historia del cine y también azote de los moralistas y de los hipócritas, de aquellos que arremetieron contra la película por mostrar a la actriz vestida de cura en una prodigiosa secuencia casi onírica. No hemos avanzado mucho de entonces a hoy. Ahí están las hordas de Facebook y otras redes sociales para constatarlo.

Nos queda eso sí la certeza de que el cine libre de ataduras de Fellini sigue vivo e inmensamente viva La dolce vita con su poso de relato noctámbulo por Vía Veneto y viva la partitura de Nino Rota y viva también Anitona, el iceberg sueco, bañándose una y otra vez en La Fontana di Trevi, eterna, luminosa y fosforecente.

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