en El cine habitado

La vida privada de Sherlock Holmes (1970)

No tengo ni idea de dónde está el treinta por ciento de Sherlock Holmes. Porque me fui, tenía que ir a París a hacer otra película, y se encargaron ellos del montaje.

Billy Wilder a Cameron Crowe. Conversaciones con Billy Wilder.

Billy Wilder es el cine. Alguien capaz de rodar el desasosiego alcohólico en Días sin huella o de firmar una obra maestra del cine negro en Perdición o de crear con Norma Desmond uno de los grandes personajes de la historia del cine en Sunset Bulevard, aquí reconocida como El crepúsculo de los dioses. Eso sin olvidar su extraordinaria aportación a la comedia norteamericana.

Wilder soportó estoicamente cierta desconsideración por parte de los que abanderaban la política de autores. Eso no deja en muy buen lugar a los practicantes de cierta cinefilia. Porque Wilder ha sido sublime casi sin interrupción. Y como apuntaron Tavernier y Coursodon en esa biblia cinéfila que fue y es 50 años de cine norteamericano, Wilder fue inmenso hasta en su menos valorada última etapa de su obra, la que precisamente comenzaba con La vida privada de Sherlock Holmes, desmitificación del mito creado por Arthur Conan Doyle.

El Wilder de los setenta sigue en plena forma creativa. La vida privada de Sherlock Holmes pinchó en la taquilla, pese a reflejar su espíritu de manera fehaciente. Precede a las también extraordinarias, ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?, Primera plana y Fedora. Todas ellas muestran el riquísimo universo wilderiano, sus constantes temáticas, su ironía sabiamente articulada y cierta obsesión por la muerte.

La vida privada de Sherlock Holmes es una obra mayor de una complejidad sutil. Su manera de desmitificar a Holmes irradia poesía y un humor delicado, nada grueso. Nada que ver, evidentemente, con lo que perpetró en la misma década otro Wilder -Gene- con El hermano más listo de Sherlock Holmes, una película que mimetiza al Mel Brooks de El jovencito Frankenstein, pero con mucho menos ingenio.

El Sherlock Holmes de Wilder -Billy- es insólito porque se aleja del cientificismo del personaje y propone una relectura luminosa del mismo. No recurre Wilder a renombrados actores. Lo suyo es alumbrar una obra aparentemente menor, pero llena de inspiración y de imágenes memorables, algunas con gran carga surrealista.

José Luis Guarner, siempre certero, consideraba La vida privada de Sherlock Holmes como la última obra maestra del vienés. Michel Ciment supo ver en ella una ternura que no irradiaba en otras películas del maestro. Juan Carlos Rentero apuntaba que el Holmes de Wilder es un filme reposadamente sentimental, película hermosa, indescriptible e incomprendida. Wilder humaniza al tándem Holmes & Watson y aunque se aleje del original de Conan Doyle no deja de realizar el más bello homenaje del cine al mito literario, firmando además una bella e imposible historia de amor entre el detective y la espía a la que da vida Genevieve Page que venía de rodar la buñueliana Belle de jour.

Película tan hermosa como libre, con algo de testamentaria, con ese Holmes seducido por la morfina que asume cierta condición trágica como confirma el final y esa carta en la que se comunica la ejecución de la mujer- espía que engaña al detective y lo desengaña definitivamente de los asuntos del amor.  Algunos constatarán la misoginia del autor revelando su incapacidad de entender a un genio como Wilder tan lleno de matices. Otros, como José Enrique Monterde, en un número especial dedicado a Wilder en la revista Dirigido por… (nº 312, mayo de 2002), infravaloraron La vida privada de Sherlock Holmes, sin comprender la importancia que posee en la obra de Wilder.

El cineasta buscaba desentrañar con su inseparable I.A.L. Diamond el misterio Holmes, su máquina pensante, su intuición, su inadaptación, su relación con Watson, su afición a las drogas, su supuesta misoginia e incluso su posible homosexualidad. Encuentra en el actor Robert Stephens, de gran formación teatral, su Sherlock, a partir del que construir una obra polifónica, dividida en cuatro partes, y que empezó a rodarse en los estudios londinenses de Pinewood. Para hacer de Watson Wilder escoge a Colin Blakely y para el papel del hermano de Sherlock se piensa en George Sanders, que andaba renqueante de salud, y que termina cediéndole el puesto a Christopher Lee que el espectador de entonces vinculaba a las producciones terroríficas de la Hammer, especialmente a otro mito, el Conde Drácula.

No fue un rodaje fácil. El actor Robert Stephens estuvo sometido a una gran presión que tendría consecuencias en su siguiente rodaje que tuvo que abandonar tras una tentativa de suicidio. Stephens encontró en el fragilísimo Holmes de Wilder su propio reflejo. A los problemas de Stephens se añadieron dificultades técnicas derivadas del monstruo-submarino del Lago Ness que aparecía al final de la película, en el tramo decisorio.

Película no solo desmitificadora, sino que a su trama añadía una mirada al proceso mismo del enamoramiento. He aquí el insospechado romanticismo wilderiano que para la cuestión musical contó con Miklós Rózsa. Luego vino el proceloso proceso de montaje, las amputaciones sobre el desmesurado metraje, la injerencia de los estudios -The Mirish y United Artist-  a lo que siguió la mala recepción crítica, incluida la opinión de la influyente Pauline Kael que La vida privada de Sherlock Holmes le pareció aburrida.

Solo el tiempo nos permite valorar la película de otro modo, contradiciendo la frustración del propio Wilder, que dificultades al margen, logró una de sus obras más personales. No es esa la sensación que queda leyendo lo que se dice de la película en la monumental biografía sobre Wilder de Ed Sikov. Distinta es la percepción de Hellmuth Karasek en su libro sobre el cineasta. Ahí sí se habla de la rehabilitación de la cinta por parte de críticos eminentes como Andrew Sarris.

La vida privada de Sherlock Holmes debe verse como autorretrato del cineasta que debía durar casi tres horas y media y sufrió un drástico recorte en su exhibición en salas. Todo eso la mermó, pero Wilder la consideró -apunta Karasek- su obra más personal que iba mucho más allá de su trama victoriana de espionaje y submarinos. Un Sherlock indudablemente diferente y una de las mejores películas firmadas por el director vienés.

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