en Diletante

Ojalá octubre

 El cuerpo que es sabio nos dice en un momento de nuestras vidas que es necesario parar, detenerse a contemplar el curso del río, huir de los espejos retadores y las incertidumbres. La ansiedad horada las tardes sosegadas de escritura donde fuimos inmortales. Atenazado por la angustia pensamos que no volveremos a reencontrarnos con nosotros mismos. Al borde mismo de la hipocondría lloramos lágrimas adultas en los arenales del tiempo. Nadie las ve. Son saladas como el mar de la niñez.

El verano se ha ido. Los hubo mejores. Se hace a veces empinada la cuesta. Pero esa es la vida y el poema urdido en el crepúsculo, en la ciénaga. Fatigó el sol de septiembre, pero octubre fue siempre un mes de luz en cuya balaustrada imaginada reposé el cuerpo y el alma para renacer de mis propias cenizas. Morir muchas veces. Nacer otras.

Cargamos culpas, experiencias, una vida entera en la cuarentena habitada. Disimulamos crisis, nervios, tensiones. El cuerpo que es sabio nos dice en un momento de nuestras vidas que es necesario parar. Lo primero debía ser huir de esa trampa que son las redes sociales donde cada cual expone su maravillosa vida rutinaria. Lo que come, lo que piensa, lo que hace, la pose con mascarilla o sin mascarilla. Ese mundo hecho de ruido y exhibición. Escritores que escriben y están todo el día conectados buscando likes, mendigando likes. ¿Cómo escriben? ¿Cómo era antes de todo esto la escritura no sometida a las incendiarias redes, al tiempo precioso que dedican algunos a opinar sobre todo como si fueran propietarios de todas las respuestas? Ahora el carpe diem está fijado a la pantallita de un móvil, a la danza fútil de los opinantes, de los que te vomitan un día y otro su ideología y su pensamiento único como si no tuvieran dudas, como si no dudasen de ellos mismos. Nuestro primer pensamiento va a Facebook y esto ya de por sí es un problema.

El hombre que somos camina a veces por el filo de una navaja. La espalda dolosa, el vértigo y la respuesta que no está en el viento sino dentro de nosotros mismos, en la noche callada del verso silente que baña el lápiz de afilada punta. Como nos dice Pierre Zaoui en La discreción o el arte de desaparecer al sueño warholiano de los quince minutos de fama divulgado por la democratización mediática respondería el sueño anónimo y vastamente extendido de los quince minutos de desaparición. A veces me tienta abrazar la discreción, desaparecer, no exponerme. Pero quien escribe se expone, inevitablemente, asumiendo la paradoja que todo ser humano lleva consigo. Pero escribir me salva y cuando no escribo muerdo el polvo. Cuando no puedo escribir esparzo notas de voz que se las llevará el viento, como las palabras que no retenemos.

Una cosa es la escritura y otra contarle al mundo todo lo que hacemos. ¿Por qué no disfrutar de ese atardecer sin que tengamos que hacer la fotito para que todo el mundo vea ese atardecer? De pronto el cuerpo dicta ese repliegue, esa búsqueda de las pequeñas cosas, del equilibrio, de la verdad del instante que no ha de exhibirse para que no pierda su magia. Volver sencillamente a lo que éramos antes de toda esta vanidad multiplicada, en donde hasta los hijos de cada cual son expuestos a la mirada de los desconocidos. Duelos, quebrantos, risas, recetas culinarias, cánticos balompédicos puestos machaconamente en los perfiles de cada cual y de cada quién. Sucede que uno se cansa del ruido ajeno.

Busco el poema que me salve, la mirada de la hija infinita, el cobijo de la mujer que amo. Tengo miedo, pero en el fondo todos lo tienen. Despertamos a la vida cuando perdemos la infancia y percibimos la fragilidad de los instantes. Derramo la inquietud en la hoja mientras suena Chopin. Respiro hondo y saco mi corazón de la intemperie. Y trato de salir del pozo de las ansiedades para andar el camino de otro modo, sin apresuramientos, recobrando la confianza perdida. Abrazo al amigo que me abraza. Busco la sombra del árbol para echarme un rato, cerrar los ojos y no pensar en nada. A veces me quiebro por dentro. Anoto lo incierto en los cuadernos inconclusos. Escondo las lágrimas y sigo, porque hay que seguir. Y sé que la vida no es una línea recta. Lo leo en el Saramago que dibuja José Luis Peixoto en su último libro. Que a veces pesa, que se empina y angosta la calle y la nube negra atraviesa el párpado y lo hiere.

El cuerpo es sabio. Tiene memoria de orfandades, pero también de los días de gloria que también los hubo y los habrá. Fluyen ríos y mareas como fluye el tiempo fugitivo. Me detengo y pienso que esto también pasará. Aunque a veces atravesar la calle sea un ejercicio de supervivencia. Pero ya voy recomponiéndome, bebiéndome la luz de este otoño recién inventado por un dios invisible y deseado citando a Juan Ramón Jiménez. Sencillamente digo octubre y decir octubre ya me salva de todo lo que pesa.

La noche gaditana de Juan Marsé

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De Lemebel a Alborán

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