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Paterson

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Un conductor de autobus escribe poesía en los ratos libres que le permite su trabajo. Es un hombre aparentemente corriente que ama la poesía y tiene a William Carlos Williams como referente. No es un docto profesor ni un académico ni alguien que quiera hacer de la literatura un modo de promoción. Lo suyo es amar la poesía y escribirla como un acto natural, sencillo, necesario. No pretende otra cosa. No aspira, no ambiciona. Ahí radica también la belleza de su gesto poético. Es solo un conductor de autobús que encuentra en la poesía un modo de sentirse vivo, de estar en el mundo, de cantarle casi secretamente a la mujer que ama. La poesía, en cierto modo, actúa como un deslumbramiento en medio de la rutina de sus días.

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He aquí el maravilloso ejemplo de Paterson, la película de Jim Jarmusch, su forma de expresar lo poético, el acto mismo de escribir poesía, de encontrar ese momento en el que el poeta se apodera de la hoja en blanco y la hace suya y es capaz de inmortalizar una caja de cerillas que es mucho más que una caja de cerillas. El poder de los objetos y el poder de la poesía.

En Paterson no pasa nada y pasa mucho. Es una lección de cine del maestro Jarmusch. En este país nuestro de tanta tradición poética no hay apenas cineastas que sean capaces de introducir a un poeta de un modo tan natural, tan cotidiano, en una historia, tal como hace Jim Jarmusch con William Carlos Williams y su ascendencia sobre este conductor de autobús que vive con su novia y con el perro de su novia. Al menos hay alguna que otra tentativa de cineastas sensibles. Como Pilar Miró que nos filmaba a Mercedes Sampietro leyendo a Ángel González en El pájaro de la felicidad.

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La poesía es vida. No debería ser impostura y hay que hablar de ella con pasión, situándola al margen de dimes, diretes, premios de poesía amañados, pompas y circunstancias. Por eso Paterson es una película tan necesaria y tan viva por su manera de divulgar el acto poético, la necesidad de ese acto poético. Como en esa admirable secuencia en la que el protagonista se encuentra con una niña que también escribe versos en una libreta, versos sobre la lluvia que cae, versos que se recitan y se comparten.

Ese amor a la poesía nada tiene que ver con la actitud de ciertos poetas que van de malditos que se vanaglorian de escribir en las servilletas de los bares y luego editan en Visor, la misma Visor que para ellos debiera suponer la casta de los poetas más o menos oficiales. Quieren situarse al margen del sistema pero en el fondo les encanta el sistema. La poesía entraña una cierta rebeldía que no debe ser solo una pose. Por eso queremos a este conductor de autobús que escribe porque lo necesita. Sin esperar nada a cambio, ni fama ni fortuna ni auditorios selectos. Esta es una de las verdades que encierra esta hermosa película, tan pequeña y tan grande a la vez.