en Viajero que huye

Notre-Dame en llamas

 

Cuando contemplé las imágenes de Notre-Dame en llamas pensé en Julio Cortázar que amaba profundamente París y llegó a decir “Yo digo que París es una mujer y es un poco la mujer de mi vida”. Las ciudades donde fuimos felices nos pertenecen. Yo mismo he sido feliz en París varias veces. Por eso pueden derramarse lágrimas frente a los símbolos devastados, porque el arte y las ciudades recorridas nos conforman, nos explican, nos acompañan. Esto no nos hace menos humanos sino todo lo contrario. Humanizar las ciudades, sentirlas palmo a palmo, es precisamente eso, ser inmensamente más humanos. Pero hay quien acodado en la barra de su bar que es twitter vocifera y saca a los muertos ahogados en el Mediterráneo e imágenes de los niños que se mueren de hambre en África. Ellos los dignos y sensibles, los demasiados humanos, a los que habría que preguntarles qué hacen por los demás. Porque puede llorarse por las injusticias de este mundo tan poco humano y también sentir que algo en ti se rompe cuando ves Notre-Dame en llamas.

Porque hay quien solo ve piedras y hay quien ve el arte occidental, porque hemos estado ahí y hemos abrazado a quien amamos frente a Notre-Dame y alguien hizo esa foto para eternizar el instante mismo de la felicidad. Y de eso trata la vida: de acopiar instantes felices y de sentir la belleza, si es posible, los vitrales afiligranados, los rayos de luz cayendo mientras alzábamos la vista y sentíamos el vértigo de lo inexplicable. Porque hemos leído a Víctor Hugo en la lejana adolescencia -vieja edición manoseada y subrayada de Nuestra Señora de París- y estuvimos frente a ella, con la prosa absorbente de Hugo, mucho antes de extasiarnos frente al clamoroso don de la piedra y del arte.

Hay quien les parece indecentes las donaciones para reconstruirla, pero hay donaciones mucho más infames que no son tan comentadas ni tan demagógicamente cuestionadas. Cada cual se rasga las vestiduras como quiere. En este Cádiz de idiosincrasias, desde el que escribo, hay quien se rasga las vestiduras si reconstruyen lo que ha sido dañado en Notre-Dame, pero aplaudirían a los donantes si es el Teatro Falla de las esencias carnavalescas el que arde. Un monumento -iglesia, teatro, edificio civil- pudiera encerrar muchas vidas, memorias de una ciudad entera. No es baladí. Que en este mundo inhumano haya gente que sienta Notre-Dame como patrimonio a preservar a mí me consuela. Sin mezclar ahogados ni muertos por el hambre. Que eso es otra historia  y muy desgarradora.

Cuando vi las imágenes de Notre-Dame en llamas me acordé de Julio Cortázar paseando por París, de su infinita Rayuela que despliega un mapa parisino que es una permanente oda a la ciudad amada y habitada. No ardía Notre-Dame ardía la historia misma de Europa contada por el historiador Georges Duby en un libro imponente, La Europa de las catedrales que surcaba con oficio y talento el medievo.

El arte importa. Claro que importa. Como importa la mirada que se cultiva aprendiendo a mirar lo que las ciudades nos cuentan, lo que nos susurran en su mudez las piedras habitadas. Por eso importan las vidas que han ido trenzándose alrededor de Notre-Dame, testigo del acontecer parisino. Importa el organista y la beata enlutada y la niña que mira con asombro la pompa de jabón que se evapora -fugaz- y luego la gárgola -eterna- e importa el paseante huidizo que anotó en su libreta el deslumbramiento, y más allá importamos nosotros que pasamos por allí en un momento feliz de nuestras vidas. Por eso en cada guerra hay seres con luz que dieron la vida en salvar ese patrimonio que nos pertenece a todos.

Julio Cortázar hubiese sentido las llamas de Notre-Dame porque le fascinaba su arquitectura, sus vidrieras y la música de Pérotin. Escribió un poema titulado “Notre-Dame la nuit” que encontramos en Salvo el crepúsculo, su poesía reunida. En una carta dirigida a Eduardo Alberto Jonquières, y fechada un 8 de noviembre de 1951, dice: “Anoche a la una el Sena reflejaba un cielo rojo, y Notre-Dame era como un caballero medieval a caballo con todas sus armas, velando”.  Ese caballero medieval que hemos visto arder y que estaba en la cubierta de Julio Silva para Las armas secretas, año 1959, el año de la irrupción de la Nouvelle Vague, memoria del cine francés, memoria de un París mitificado que indudablemente me pertenece.

Por eso cada herida que sufre la ciudad de la luz la siento mía. Y no se metan en los sentimientos de cada cual y no mezclen de manera indecorosa los muertos de este mundo injusto con Notre-Dame en llamas.

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