en Canción

Paco Ibáñez o la poesía que se canta

En otro tiempo solía vérsele en un café de la rue Delambre de París por donde vivían su madre vasca y su hermano. En aquel entonces le cantaba a Pablo Neruda (in memoriam) o se juntaba con el Cuarteto Cedrón para sonar menos espartano. Hablo de Paco Ibáñez, el ya octogenario cantor que puso los cimientos de nuestra canción de autor con los fulgores de su poesía cantada, tan viva hoy como ayer.

Primer mandamiento: no confundir lo actual con lo moderno que nos decía Cortazar. Segundo mandamiento: respetar a nuestros cantantes populares que nos han dignificado. Tercer mandamiento: Abrir los ojos, distinguir voces de ecos, no quedarnos en la superficie de las cosas, mirar más allá, con profundidad y sapiencia. De este modo no seguirán despreciando o ignorando las nuevas generaciones a cantautores como Paco Ibáñez a quien tanto debemos.

La España del franquismo tocaba a su fin pero Paco Ibáñez seguía siendo paseante melancólico de las calles parisinas por donde el río Sena canta su propia tonada fugitiva. El Olympia o la Sorbona habían acogido recitales míticos del artista para una audiencia de españoles desterrados que hallaban en Paco Ibáñez el intérprete idóneo de un sentimiento vivo, de una España que había sido repudiada por la vileza de esa otra España inquisitiva y heladora.

Paco Ibáñez  le cantó siempre a los poetas con un rigor admirable, sin traicionar sus versos, dándoles la musicalidad requerida para hacerlos llegar a un público más amplio. El primer disco que dedicó a Góngora y Lorca es paradigma de su quehacer. Un disco con el que logró fundar una poética, una forma de canción alejada de los ruidos mediáticos y de la farándula pop.

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Pese a ello Paco Ibáñez compartió portada con Peret en un número de la revista Mundo Joven fechado en noviembre de 1969. Por un lado la nueva canción castellana -término inconcreto- y de otro la rumba festejante de Peret. Ese número incluía un póster a todo color del cantor de los poetas y una entrevista firmada por Juby Bustamante. Paco Ibáñez se abría a los medios de comunicación de la época. Vivía ya en Barcelona y preparaba un recital en Madrid donde grabó un histórico concierto en el Teatro de la Comedia. Había salido también en la TVE controlada por el franquismo, cruzándose con Atahualpa Yupanqui con quien compartía raíces vascas y un compromiso firme con el hombre y sus desvelos, con la libertad como derecho fundamental.

Paco Ibáñez citaba a Brassens como maestro. Al bardo de Séte le terminaría dedicando uno de sus mejores discos. También decía ser suma de ética y de estética, a la búsqueda siempre de la autenticidad, de esa pureza no contaminada por los intereses de unos y de otros. Entre los poetas vivos de aquel entonces citaba a Carlos Sahagún, un grandísimo poeta al que hoy pocos recuerdan. Con Carlos Sahagún no haría el disco que parecía anunciar.

En aquella entrevista de 1969 afirmaba que en España existía una indiferencia cultural alarmante. Después de tantos años hay algunas cosas que no parecen haber cambiado en esta España enquistada y venenosa. El cantor octogenario persiste aún hoy en su viaje apasionado al alma de los poetas, divulgando la esencia sonora de sus versos que forman parte de los aletargados planes de estudio de lengua y literatura española. En la obra grabada de Paco Ibáñez conversan las “Palabras para Julia” de Goytisolo con “Andaluces de Jaén” de Miguel Hernández o el Arcipreste de Hita con Quevedo y también Rafael Alberti con los proverbios y cantares de Antonio Machado.

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Paco Ibáñez vive, rezaba uno de los titulares de una  portada de la revista Ozono de 1975. El hombre que resiste y canta, que llena su equipaje de poetas, celebró su cumpleaños en Sevilla con un recital y un agasajo en La Carbonería que terminó silenciando la autoridad incompetente, como en los viejos tiempos. A la par que la ciudad fluvial -así la llamó Alfonso Grosso- despedía a la duquesa de Alba el trovador irredento hacía sonar su guitarra y su voz en el Teatro de la Maestranza.

Pese a los impedimentos de los indiferentes, de los reacios, de los que detestan la poesía sin haberla probado, los discos del cantor de los poetas siguen sonando en la memoria y merecen ser parte de los planes de estudio de los centros de enseñanza, forma idónea además de romper las barreras de los adolescentes con la poesía que se vive, se canta y se sueña. Para algunos cerriles Paco Ibáñez equivale a un somnífero, algo plúmbeo y viejo que forma parte de un tiempo ya pasado, de una atmósfera ya superada. Para otros es parte de una canción necesaria y viva que no muere, que persigue la utopía, que no pasa de moda, como aquellos poetas que temblaron en su recia garganta, tan actuales hoy 23 de noviembre de 2014 como en el Siglo de Oro o en los años 20 o 30 del pasado siglo.

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